—¿Por qué no te quieres marchar? Contesta por favor—Beatriz interrogaba a Amanda al tiempo que intentaba consolarla.
La niña muerta permanecía con los pies cruzados y sentada sobre el río, en tanto a su alrededor los espíritus se disipabam. El lugar desprendía un intenso olor a azufre que le provocaba vómitos a Beatriz.
Alberto descendió de la colina y se juntó a Beatriz y la niña. Él encontraba resistencia, por parte de la muchacha judía, de entrar al cielo.
—Hazme el grandísimo favor de llevártela al cielo, ella ha sufrido en demasía—Le dijo Beatriz, de manera suplicante, a Alberto, este preguntó a Amanda:
—¿Que te sucede criatura, dime qué te ata a la Tierra?¹
La niña se despojó de su uniforme de rayas grises y azules, el uniforme estaba marcado con un distintivo que indicaba la categoría del recluso y un número de registro que sustituía el nombre de la persona. Amanda era el número 14430. Sobre este número se hallaba un triángulo amarillo invertido, correspondiente a aquellas personas internadas por ser judías.
Su piel estaba marcada por los constantes maltratos recibidos en vida, su piel parecía corrompida por las torturas.
—¿Por que no quieres ir al cielo?—Le preguntó Beatriz.
—No todos tenemos la misma facilidad para perdonar, ella ha sufrido un impacto psicológico tan severo, que le afecta su capacidad para funcionar y requiere pasar más tiempo en el purgatorio para su total purificación—Expuso Alberto.
—No deseo que se quede en el purgatorio, ten compasión Alberto, te lo imploro, libérala del mal que la ata.
—Veré que puedo hacer—Dijo Alberto, sujetó a la niña de la mano y la hizo caminar junto a su lado. La niña no alzaba la vista, se la veía bastante deprimida y apática.
Alberto le expuso a Beatriz que Amanda traía disfraces (o personalidades falsas) y que era necesario destruir esos disfraces. La niña no quería ir al cielo ni a infierno, era lo que en la Biblia se les llama "tibios".
—Veo que se te dificulta volar—Dijo Alberto, desde el plano metafísico era captado por Beatriz como un guía espiritual que conducía a la adolescente hacia Dios. Subieron por unas escaleras dado que, por las constantes decepciones de la vida, Amanda nunca aprendió a volar.
—Para volar y entrar al paraíso tienes que ser como ángel o como niño—Le dijo Alberto, estaba haciendo las transiciones necesarias hasta lograr que ella entre al cielo.
Cuando todo se calmó, Beatriz volvió en si, consideraba que todo el espectáculo metafísico había sido un sueño profundo, semejante a haber dormido un milenio, como si el tiempo se hubiese dilatado y, en los breves minutos transcurridos, hubiese pasado una eternidad.
Beatriz no supo el lapso de tiempo que le tomó a Alberto liberar a Amanda. Al despertar, su cuerpo estaba sumergido en las profundidades del río Demmin, que ahora había ascendido hasta los diez pies de altura.
Al emerger de las profundidades, avistó el cuerpo erguido de su educador, tenía el rostro reflexivo, semejante a un filósofo.
Beatriz se atragantaba por el exceso de agua ingerida, en el transcurso del tiempo que se mantuvo sumergida. Le reclamó a Alberto así:
—¿¡Que demonios pasa contigo!? Estuve a punto de ahogarme ¿Qué te costaba hacer el mínimo esfuerzo para socorrerme?—Alberto apenas oía estás palabras, estaba estupefacto.
—Calma Beatriz, en este bendito día de tal cantidad almas liberadas, hubiese sido una bendición que hubieras muerto.
Beatriz estaba poséida por intensas emociones de supervivencia y queja constante hacia Alberto.
Cuando se calmó, subieron juntos a la colina. Al otro lado de la colina se ubicaba el colegio, Beatriz había estado todo el tiempo a poca distancia de su colegio, cuando se bajó del bote.
Durante la caminata hacia Bedford, ella sintió gran aprecio por el elevado desarrollo espiritual de Alberto, caminaba y se sentía en total resguardo.
Le echo un último vistazo al río y ahora parecía haberse incrementado aún más su volumen. Agradeció a Dios que las circunstancias se alinearan, ya que Alberto emergió en un momento muy crucial.
El río, antes de haber aumentado tanto su volumen, se encontraba rodeado de abundante humo y fragmentos de fuego, por la desintegración de los seres que provocó Alberto.
Ni bien llegaron al aula adjunta al teatro musical, a Beatriz se le durmieron las piernas y cayó rendida en la entrada de dicha aula. Alberto la cargó en sus brazos, Beatriz rememoró la visión del único ser de luz que había percibido un día antes, y estimo que la identidad de dicho ser correspondía con la de su profesor.
Alberto trató las heridas de la chica con insumos médicos almacenados en el colegio. El, adicionalmente, saco provecho del uso de hierbas medicinales, recolectadas en las cercanías del río Demmin, para obtener una completa curación.
Mientras permaneció en Bedford, Beatriz tuvo sueños terribles. Por la noche, cuando Alberto retorno al aula donde se recuperaba su alumna, esta le dijo:
—¿Quién eres tú? ¿Como puedes morar en un lugar espiritualmente tan denso?—Beatriz había observado toda clase de espectros al recorrer -a altas horas de la noche- su colegio.
—Soy el único ser de luz aquí—Dijo Alberto con una voz muy apacible—Pero residir en Bedford no me resta luz.
Beatriz estaba muy admirada de que únicamente Alberto estuviera en aquel lugar, y le dijo:
—Joven profesor, usted es como una vela en la oscuridad.