Al zambullirse, las armas y herramientas que les lanzaba la muchedumbre, disminuían drásticamente su velocidad y p*********n, debido a la densidad del agua.
Uriel temía que su compañera -desfallecida- se ahogara, dado que no pudo llenar sus pulmones antes de zambullirse.
Por ciencia adquirida en el plantel y -en parte- a causa de la curiosidad, Uriel sabía que el agua del pozo procedía de un acuífero, pero no conocía su nivel freático o, hasta que punto les correspondía nadar -en dirección descendente- para ser arrastrados por el río del colegio que, con toda certeza, se interconectaba con el agua subterránea. Era una decisión de vida o muerte.
Al proseguir nadando verticalmente, usando únicamente sus piernas y estrechando el cuerpo de su amiga, captó que el agua comenzaba a hundirlos hacia las profundidades por inercia. La túnica blanca de Teresa le hizo creer que viajaba al lado de un ángel, pero hacia el abismo de la tierra.
Independientemente de la profundidad a la que se hallaban, al lugar lo envolvía una tenue luz. Al trasladarse a una caverna subterránea, corrieron con la ventura de no lastimarse con las paredes porosas de la misma (conformada por rocas permeables y cristalinas). Sus cuerpos hicieron fricción únicamente con zonas de arena blanda. Uriel igualmente cayó inconsciente por la falta de oxígeno.
En una visión, Uriel percibía las ánimas de los niños que sucumbieron aquel día en el río. Casi todos se regocijaban de atesorar un alma limpia. Algunos guardaban algo de culpa. Uriel le preguntó:
—Siendo almas tan limpias ¿Cómo pudo el demonio apropiarse de sus cuerpos?
—Hijo mío, son compromisos adquiridos en tiempos pretéritos—El niño conversaba con autoridad, como un alma vieja—Anteriormente cometí delitos de lesa humanidad y, debido a ello, en mi vida reciente fuí proclive a ataques del maligno. Todo esto se debe a mi karma lleno de pecados.
—No me lo creo. Yo ahora percibo tu alma muy pura.
—Yo y mis colegas te causamos mucho perjuicio, tanto durante como después de nuestro asalto; con la intervención de Fenicio, claro está, pero aspiro compensarte.
Uriel llenó su mente de excesivo resentimiento y enojo contra el pueblo que, de un modo tan bestial e inhumano, había perjudicado a su amiga y a su persona. El niño captó de inmediato sus pensamientos y emociones y le dijo:
—No te atormentes más, que todo se paga. Fui m*****o del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, resulté herido de muerte el 9 de noviembre de 1945. Fuí un criminal de guerra austroalemán, uno de los principales organizadores del h********o y responsable directo de la solución final.
Dios, en mi última encarnación, retribuyó mis males otorgándome unos padres con los que era preferible estar huérfano. Me torturaban y abusaban de mí. Solo después de mucho autoconocimiento comprendí que ellos eran los mismos prisioneros de guerra soviéticos que ordené torturar en aquella Alemania de La Segunda Guerra Mundial.
Mis padres son almas muy pecadoras y me acongoja todo el sufrimiento que continúan causando en la tierra, por favor perdónalos. Así como yo los he perdonado
—Eso no depende de mí. Este sentimiento de haber sido dañado, herido y destruido se irá cuando esté listo, más ahora no lo estoy.
Y ahora ustedes ¿Dónde se encuentran?—Preguntó Uriel con tono inquisitivo.
—Mis acompañantes y yo permanecimos por un tiempo en el limbo, dada la gran purga que requerían nuestros componentes espirituales. Por un tiempo vagamos por la institución como almas en pena. Apreciamos toda la iniquidad que se avivó en la institución. Los demonios alborotadores son responsables de la mayoría del siniestro. Influenciaban a las personas de manera directa, viéndose evidenciadas por la actitud vengativa desmedida hacia tu camarada. Ahora bien, si lograras descifrar las energías invisibles, intuirías que aquellos pecadores eran los mismos soldados soviéticos procurando vengarce del pueblo alemán. O viceversa.
En el mundo hay demasiada energía oscura, y la historia se repite.
Uriel estaba perplejo por el grado de revelación que recibía del alma, y por la forma tan humilde y sencilla de expresarse, pensó que tenía que convertirse en el chiquillo para entrar al cielo¹.
Al habitar el plano de las ideas sutiles, su mente velozmente reproducía imágenes de La Segunda Guerra Mundial, junto con el calvario vivido por Teresa, aunado a la manera angustiante en la que los niños perecieron. Su estructura no resistió el nivel emocional que se requería para contemplar todo ello.
Al sentirse perdido y desear salir de ese estado, Uriel suplicó.
— Enséñame, oh ángel, el camino. Y guíame por la senda correcta.²
—Voy a bajar para allá y tienes que venir conmigo—Dijo el niño a modo de órden.
Uriel no contestó, pero sus ojos expresaron un ánimo jubiloso. Vió que una parte del alma bajaba hacia el mar.
El niño sé acercó a Uriel y lo abrazó, poniendo sus bracitos alrededor de su cuello, trató de despertarlo. Al volver en sí, experimentó un dolor insoportable en el pecho debido a los efectos del ahogamiento. Posteriormente sintió alivio al considerar la visión como un mero sueño.
Se recostó sobre la arena y recordó a su amiga, estaba muy angustiado por ella y resolvió ubicar su paradero. Divisó que residía en una enorme cueva.
Una sombra se acercaba lentamente, Uriel aún se encontraba recostado y no tenía fuerzas para levantarse o huir.
—¿Quien se acerca? ¡Conteste!—Apenas podía hablar