—¡AL FIN! —gritó la fantasma, como si celebrara el 15 de septiembre—. Un asunto menos de qué preocuparme. ¿Nos vamos? —le preguntó a Fernanda mientras se acomodaba la capa.
—Aguarda —dijo Fernanda con una mirada seria. Se limpió los mocos con las mangas del suéter de su uniforme y los sorbió—. Ella... —volvió a sorber—. No quiero que pienses que soy injusta. Te ofrezco un lugar donde puedas vivir tranquila.
Fernanda claramente tenía un plan; sin embargo, fuera adonde fuera, yo terminaría provocando algún desastre.
—¿De qué sirve? Por lo que me dices, a donde vaya, terminaré llenando el lugar de fantasmas —comenté mientras intentaba pensar qué podía hacer. No sabía que mi presencia causara problemas, e incapaz de solucionarlos sola... (Nunca debí dejar el Mictlán).
—Se me ocurre —dijo la chica, tomando su mochila— que si te llevo a un lugar donde los fantasmas te sigan, podrías ser como carnada.
—¿Carnada? —pregunté, sin entender del todo.
—Conozco un cementerio antiguo donde los fantasmas que entran terminan yéndose. Es un panteón con las puertas abiertas al cielo —dijo emocionada.
Esa revelación me pareció interesante. Nunca había oído algo así. Parecía una solución real, una oportunidad de ayudar a las almas atormentadas. Tal vez... ese era mi propósito.
Fernanda intentó cargarme, pero me negué y decidí ir en su mochila. Sus manos estaban llenas de vómito y mocos. Bajó la mochila y, con algo de esfuerzo, entré.
—De acuerdo, niña, llévame a ese lugar maravilloso del que hablas, y lo pensaré —le dije desde dentro.
Ella no la cerró por completo, dejó espacio suficiente para que asomara la cabeza. Abrazó la mochila, y yo quedé de espaldas a ella.
—Entonces, vamos —dijo Fernanda con entusiasmo.
Maribel se interpuso en nuestro camino.
—¿No se te olvida algo? —dijo molesta—. ¿Lo de nadar?
—No creo que pase nada si falto un día —respondió Fernanda.
—¿Quieres llorar? —dijo Maribel, pero no como amenaza. Más bien, sonó a recordatorio.
El ambiente se volvió tenso. Quise preguntar, pero el momento no lo permitió. De hecho, la pelea entre Maribel y yo fue menos estresante que ese instante.
Fernanda reflexionó un segundo.
—Bien, Adelita nos acompañará.
—O podemos dejarla aquí. Este baño es perfecto: asqueroso baño para una asquerosa muñeca —volvió a provocarme.
Esta vez no iba a ceder, así que decidí ser comprensiva con la situación.
—La muerta tiene razón. Puedo quedarme aquí hasta mañana, oculta. Dudo que venga alguien.
—Decidido —dijo Maribel y se dirigió a una pared para atravesarla.
Fernanda no respondió. Simplemente caminó hacia la salida, ignorándola. Maribel lo notó, pero no dijo nada. Yo seguía en la mochila. Nadie más comentó nada, y siendo sincera, tampoco quería quedarme más tiempo en ese baño ni soportar la asquerosa actitud de Maribel. Después de todo, ambas sabían algo sobre mí... y sobre los problemas que puedo causar.
Fue curioso lo poco que sabía de mi condición. Sabía que era un imán de fantasmas, lo supe cada noche durante cinco años. Pero no imaginé que incluso de día los atraía; siempre creí que la luz del sol los molestaba.
Y fue más impactante conocer un fantasma consciente, capaz de razonar. La mayoría no puede pensar ni aprender, porque el espíritu necesita un cerebro para formar recuerdos. El cuerpo es un generador de energía espiritual.
Es difícil de explicar. Primero, necesitamos las células de mamá y papá. Esas células pueden —o no— contener energía espiritual, aunque nadie lo ha investigado a fondo. Cuando se unen, el cuerpo se forma y, al llegar a la etapa fetal, con el primer latido del corazón, el alma entra. ¿De dónde viene? Nadie lo sabe.
Una vez nacemos, el cerebro y el corazón alimentan el alma, transformando experiencias en recuerdos. De eso se nutre el alma. Las conexiones neuronales generan energía espiritual, pero esta es volátil: se aferra a cosas muy emocionales o pasionales, creando adicciones.
Eso, curiosamente, define nuestra personalidad. Pero al morir, casi toda la personalidad queda en el cuerpo. Solo las "adicciones" persisten en el alma: los llamados "asuntos pendientes".
Por eso los fantasmas suelen vagar en lugares que conocen o a las personas que aman, repitiendo nombres, susurrando penas, sin darse cuenta de que están muertos, condenados a deambular sin razón.
(Y sin embargo, ¿por qué me siguen a mí...?).
Yo misma soy como los demás fantasmas. Aunque tengo un cuerpo, mi alma no está conectada al cerebro. Este cuerpo funciona gracias a la energía espiritual de Quetzalcóatl, o de su hijo. Pero, perdida entre dimensiones y tiempos, solo me queda mi reserva espiritual. Cuando la uso, no se regenera. Si se agota, terminaré como los otros: vagando.
Ya me ha pasado. No es agradable. Con cuerpo y deambulando en la calle, te toman por una persona con trastornos mentales.
Mi energía está mezclada con la de Quetzalcóatl. Gracias a eso, puedo crear recuerdos y razonar. Algunos lugares, con alta actividad espiritual —como los cementerios— permiten eso. He visto fantasmas hablar entre ellos, recordar sus vidas... pero no están del todo conscientes. Creen que sueñan. Viven felices, en las nubes.
Fernanda llegó a una esquina y se detuvo.
—Que te vaya bien en el nado —dijo Maribel, flotando. Desde la mochila, vi cómo se marchaba. Se dio la vuelta para mirarme y luego desapareció a través de la pared.
—¿Qué sucede? —pregunté, confundida.
—Ella es así. Le gusta desaparecer al atardecer. Me sorprende que se haya quedado tanto tiempo conmigo. Usualmente prefiere estar sola —respondió Fernanda.
En ese momento, una combi se detuvo. Fernanda se quitó la mochila y la colocó al frente.
—Buenas tardes —dijo Fernanda. Los pocos pasajeros respondieron.
Era interesante la relación entre Fernanda y esa super-espíritu. Aunque tarde, entendí que Fernanda también era excepcional. Poder ver fantasmas no es común. Pero yo venía de un lugar donde eso era normal, así que al principio no lo valoré.
No cualquiera ve fantasmas. Hay que ser especial o haber vivido algo extremo. Los mellizos hijos de Quetzalcóatl los ven por su linaje. Yo, por mi trágica historia. La chica mitad fantasma... murió. El tata Ehécatl es un brujo azteca con su propio titinetl. Eco también. Tim Dexter, mi alumna, ella fue la que casi se inmola por culpa del feo. Eso le cambió la vida.
Todos especiales a su modo. ¿Y Fernanda? ¿Cuál era su historia? ¿Acaso era su familia la responsable? Me mataba la curiosidad.
La combi nos dejó frente a un estacionamiento. Fernanda caminó hacia un edificio con una pared que decía: “Deportiva de natación”.
Entramos por una puerta de cristal. En recepción, nos recibió una chica con una gran sonrisa. Tenía el cabello mojado y una playera blanca que decía “INSTRUCTOR”.
—Hola, Fer. ¿Cómo vas? —preguntó con amabilidad, pasándole una lista. Fernanda bajó la mochila y escribió.
—Bien —contestó con voz baja.
—Te recomiendo que vayas a cambiarte, ya casi empieza la clase, ¿ok?
La chica era muy amable, me cayó basta bien, Fernanda agarró la mochila y sin más, siguió un pasillo donde había ventanas enormes, se podía ver la piscina desde ahí, era una alberca semi olímpica, pude ver a las personas nadando de un lado a otro, algunos saltando desde unos enormes trampolines y niños pequeños bien resguardados con flotadores y chalecos, seguidos con sus padres. Del otro la se podían ver unas gradas y algunas personas sentadas, talvez familiares de los nadadores. De igual forma había instructores en las orillas yendo de un lado a otro con silbatos dando órdenes a los nadadores.