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LA TENTACIÓN DE MI ENEMIGO

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venganza
oscuro
prohibido
HE
los opuestos se atraen
mafia
drama
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villain
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Descripción

Madeleine Le Roy fue criada para odiar a la familia Lacroix. Inteligente, hermosa y letal, su destino siempre fue convertirse en el arma perfecta contra sus enemigos.

Fabien Lacroix es el hombre más temido de la mafia corsa: frío, dominante y peligroso. Amar nunca fue una opción. Para él, las mujeres siempre fueron solamente una diversión... hasta que la conoció a ella y se convirtió en su obsesión, su tentación.

Un matrimonio impuesto. Dos enemigos que deberían odiarse. Un deseo prohibido que amenaza con romper todas las reglas.

En un mundo donde la traición se paga con sangre, el amor puede ser el crimen más mortal de todos.

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PRELUDIO
Madeleine estaba sentada frente al tocador cuando la puerta de su habitación se abrió sin previo aviso. Apenas dio un respingo por la intromisión. Estaba acostumbrada a que en esa casa algunas personas se sintieran con el derecho de no tocar antes de entrar. Y esa persona era uno de ellos. Romain, su hermano, cruzó el umbral con paso firme y ese porte arrogante que tanto lo caracterizaba, llevando en el brazo un vestido blanco. El vestido era sencillo. Sin encajes llamativos, sin bordados excesivos. Blanco puro. Silencioso. Definitivo. Lo dejó sobre la cama. —Alístate. Ponte bella. Tienes una hora para hacerlo. Madeleine giró lentamente la cabeza hacia él. —¿Para qué? Él no respondió de inmediato. Su mirada fue dura, inflexible. —Debes estar lista en una hora. —¿A dónde vamos? Silencio. —Obedece y no hagas preguntas estúpidas que bien sabes me fastidian la paciencia. Ella se levantó despacio, observando el vestido como si fuera un objeto extraño. —¿Por qué has escogido tú el vestido y por qué tiene que ser blanco? Su hermano la miró con una mezcla de frialdad y exasperación que no necesitaba explicación. —Haz lo que se te pide, Madeleine. Nada más. No hubo discusión. No hubo explicaciones. En su familia no se pedían razones; se cumplían órdenes. Madeleine había nacido en esa disciplina. Había crecido entendiendo que cuestionar era una forma de debilidad. Así que asintió apenas, cuando él ya estaba saliendo, y se quedó sola con el vestido sobre la cama. Lo tomó entre sus manos. La tela era suave. Ligera. Impecable. Un vestido blanco nunca era casual y no recordaba que tuviera que asistir a algún evento. Se desvistió y se duchó sin prisa, aunque el desconcierto comenzaba a instalarse como una sombra incómoda bajo su piel. Cada movimiento fue mecánico, aprendido. Se colocó el vestido con precisión. Ajustó la caída de la tela. Recogió su cabello con la elegancia que le enseñaron desde niña. Cuando terminó, se observó un instante en el espejo. Se veía preciosa a pesar de que había sido Romain quien había escogido el vestido. Se colocó algunas joyas acordes, se maquilló y se perfumó. Exactamente una hora después, tal y como su hermano se lo había ordenado, abrió la puerta y salió de la habitación. Bajó las escaleras con pasos medidos. En el vestíbulo la esperaban su hermano, su madre y Victoire, su cuñada. Los tres estaban vestidos como si asistieran a la celebración más importante del año. Él con un traje impecable. Su madre con un traje elegante que no usaba para cenas comunes y su cuñada... bueno, estaba segura de que Romain también le había escogido la ropa. Madeleine miró a su hermano y luego a su madre, una pregunta contenida en los ojos. —¿Qué es todo esto? Su madre avanzó un paso, tranquila, serena. Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con un gesto casi afectuoso. Y entonces dijo, con absoluta calma: —Vamos a tu boda. Madeleine no reaccionó de inmediato. Las palabras de su madre quedaron suspendidas en el aire como algo irreal, imposible de asimilar. De repente, una risa baja brotó de sus labios, pues pensó que se trataba de una mala broma. —¿Mi… boda? —repitió, apenas. Su madre sostuvo su mirada con serenidad. —Sí, Madeleine. Tu boda. Miró fijamente a su madre buscando una grieta, un gesto, algo, cualquier cosa que le hiciera ver que estaba actuando. No encontró nada de eso. La sangre comenzó a martillearle en las sienes. Miró a su hermano. Romain permanecía erguido, impecable, con esa expresión que no admitía oposición. —Esto es una horrible broma —dijo ella, la voz tensándose. —Nunca bromeamos con asuntos de familia —respondió él con frialdad. Madeleine dio un paso atrás. —¿Con quién? Romain no titubeó. —Eso no es relevante. —Lo es para mí. Él se acercó apenas, lo suficiente para imponer su presencia. —Lo único que necesitas saber es que esta unión es importante. Y necesaria. Cada palabra cayó como una orden. —¿Necesaria para qué? —exigió ella. —Para asegurar nuestra posición. Para restaurar lo que nos arrebataron. Para proteger a nuestra familia. Madeleine negó con la cabeza, incredulidad mezclándose con furia. —No pueden decidir esto sin mí. Romain la observó como si acabara de escuchar algo infantil. —Somos Le Roy —dijo, firme—. Y como m*****o de esta familia, tu deber es cumplir con lo que se te pide. Lo has sabido siempre. Sabías que algún día tendrías que aceptar casarte con alguien que escogiéramos por el bien de esta familia. La frase fue un golpe seco. Obligación. Apellido. Deber. Cadenas invisibles que la habían acompañado toda su vida. —Lo sé y estoy más que dispuesta a hacerlo—manifestó—. Pero pensé que al menos tendría la oportunidad de conocer a mi esposo antes. —Madeleine, eres parte de algo más grande que tú —replicó Romain—. Y harás lo que sea necesario. Su madre intervino con voz suave, casi conciliadora. —Es por el bien de todos, Madeleine. Pero no explicó nada más. No hubo más discusión. No hubo alternativa. Minutos después, ya en el vehículo que los conducía al lugar de la ceremonia, Madeleine permaneció en silencio, la espalda recta, las manos entrelazadas sobre la falda blanca. Algo no encajaba. Demasiada urgencia. Demasiado secretismo. Cuando finalmente llegaron, el edificio estaba custodiado con discreción estratégica. Hombres vestidos con trajes oscuros vigilaban sin llamar la atención. Todo estaba preparado. Demasiado preparado. Madeleine descendió del vehículo con la dignidad intacta. Su mirada recorrió el lugar, buscando respuestas que nadie le daba. Y entonces lo vio. Oh, mierda. Claro que conocía al hombre con el que se iba a casar. Al fondo, de pie, vestido de n***o impecable. Alto. Imperturbable. Con esa quietud peligrosa que solo tienen los hombres acostumbrados a que el mundo se aparte a su paso. Lo reconoció antes de que alguien pronunciara su nombre. Fabien Lacroix. El aire abandonó sus pulmones. Los Lacroix. La familia que había masacrado a su abuelo y a su tío. La familia que los había arrastrado al escarnio público. La familia que convirtió su apellido en motivo de burla y ruina durante años. El enemigo. Retrocedió un paso. —No —murmuró, casi sin voz. Romain la sostuvo del brazo antes de que pudiera apartarse. —Compórtate. —No pueden pedirme esto —susurró ella, la furia comenzando a temblar bajo la piel—. ¿Casarme con él? ¿Unirme a esa familia? Fabien levantó la mirada en ese instante, como si hubiera sentido su resistencia desde la distancia. Sus ojos se encontraron. No hubo saludo. No hubo sonrisa. Solo reconocimiento. —No puedo hacer esto —dijo Madeleine con firmeza, soltándose del agarre de su hermano—. ¿Cómo esperan que me case con un Lacroix? Después de lo que hicieron. Después de lo que nos hicieron. Claudine, su madre, dio un paso hacia ella, sin perder la calma. —Precisamente por eso. Madeleine la miró, confundida. —¿Qué? —Es la oportunidad que hemos estado esperando —continuó su madre con serenidad calculada—. La forma de entrar donde antes no podíamos. De recuperar lo perdido. De hacerlos pagar. La comprensión comenzó a abrirse paso lentamente. —¿Venganza? —susurró Madeleine. —Justicia —corrigió su madre. El corazón le golpeaba con fuerza. —Esto es una locura. —Es estrategia —intervino Romain, endureciendo el tono—. Una vez estés dentro, tendremos acceso. Información. Movimientos. Debilidades. Madeleine lo miró, horrorizada. —¿Y si me niego a hacerlo? Romain se inclinó ligeramente hacia ella. Su voz fue baja, firme, inapelable. —No te niegas. Ella sostuvo su mirada con firmeza. —No voy a casarme con él. La expresión de Romain no cambió. —Lo harás —dijo—. Lo quieras o no. —Romain, por favor... —suplicó. —Y cuando seas su esposa —continuó él, ignorando la interrupción—, encontrarás la manera de conseguir tu verdadero propósito... es para el que nos hemos preparado toda la vida. Un segundo de silencio. —¿Propósito? —murmuró— ¿Qué propósito? Los ojos de su hermano no vacilaron. —Matar a Fabien Lacroix y al resto de los integrantes de su maldita familia. --------- ~ADVERTENCIA~ Recuerden que es una historia de mafia y que si son sensibles y no les gustan los personajes con moralidad cuestionable, esta es su oportunidad de ir a buscar otra historia que leer. Si siguen adelante, lo hacen bajo su propio riesgo y repito lo que siempre digo, si a usted le desagrada algo, no me lo vaya a decir en comentarios porque a mí me vale. Yo ya fui clara y advertí con anticipación. A las que les gustan los chicos malos, tatuados y perversos... Bienvenidas sean 🖤

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