Alya fuentes La casa se sentía inmensa y extrañamente hueca. Mi madre se había ido al aeropuerto hacía apenas dos horas, llevándose consigo el torbellino de nervios, maletas y el aroma a perfume caro que siempre la precedía por primera vez en meses, las paredes de esta casa no guardaban secretos, porque el secreto más grande se había quedado aquí, conmigo. El silencio era absoluto, roto solo por el tictac del reloj de la entrada que parecía contar los segundos para mi propia destrucción. Estaba en la cocina, con una taza de café humeante entre las manos, mirando por la ventana sin ver nada realmente, cuando escuché el sonido de un motor potente deteniéndose frente a la verja. Mi corazón dio un vuelco. No esperaba a nadie, y mucho menos a él tan temprano. Escuché el sonido de la lla

