Alya Fuentes El aire de Hawái me recibió con una caricia húmeda y pesada, cargada con el aroma empalagoso de las orquídeas y el salitre. Al bajar del jet privado, me sentí como una impostora aterrizando en un reino de cristal. El sol brillaba con una intensidad que lastimaba los ojos, un contraste violento con la penumbra de la oficina y la intimidad sombría que había dejado atrás con Mateo. Un chofer de uniforme impecable me esperaba al pie de la pista, sosteniendo un cartel con mi nombre y un collar de flores frescas que pesaba sobre mi cuello como una cadena de oro. Durante el trayecto al resort, miraba por la ventana las palmeras perfectamente alineadas y el azul imposible del océano Al llegar a la suite presidencial, el estrépito de risas y el chocar de copas me indicaron que

