—Haz tu magia con ella —ordenó Alexander con voz firme—. Su cabello, su rostro, sus uñas… y todo su estilo. Camila lo miró como si pudiera atravesarlo con la mirada. Si no fuera porque había tantas personas observándolos en ese momento, probablemente ya le habría lanzado un puñetazo directo a la cara. La empleada inclinó ligeramente la cabeza. —Claro, señor. Luego miró a Camila. La expresión en su rostro era tensa, y Camila pudo notar de inmediato el disgusto oculto en sus ojos. ¿Acaso para ellos Alexander era la única persona que existía en la sala? ¿Nadie se daba cuenta de que ella era su esposa? Camila apretó los labios con frustración. Maldita fuera la popularidad de Alexander… Y maldijo también el hecho de no estar usando su anillo en ese momento, porque, de lo contrario, qui

