Capítulo 5

1343 Palabras
Ethan Zack se puso de pie, y Alexander lo imitó de inmediato. —Te dejaré trabajar ahora —dijo Ethan con calma. —Está bien, presidente —respondió Alexander con respeto. Ethan lo observó unos segundos más y suavizó la expresión. Una leve sonrisa apareció en su rostro. —Las conversaciones de negocios ya han terminado —añadió—. Puedes llamarme abuelo. Alexander lo miró con atención y asintió. —Pasaré de nuevo. Ethan caminó hacia la puerta con paso tranquilo, y Alexander lo siguió. Justo antes de salir, Ethan se detuvo y se giró para mirarlo de frente. —Ven pronto —le dijo con afecto—. Tu abuela te extraña. —Lo haré —respondió Alexander sin dudar. Ethan salió de la oficina. El ambiente volvió a quedar en silencio. Alexander regresó a su escritorio y se sentó, comenzando a revisar algunos documentos con concentración. Apenas habían pasado unos minutos cuando Philip llamó a la puerta. —Adelante. Philip entró con un expediente en las manos. —Señor, aquí está el currículum que solicitó. —Déjalo en el escritorio —ordenó Alexander sin levantar la vista. Philip obedeció y dio un paso atrás. —Puede retirarse. —Señor... —Philip dudó. Alexander alzó la mirada, indicándole que continuara. —Hubo una avería en el sitio de construcción. La expresión de Alexander se endureció de inmediato. —Dos personas resultaron heridas —añadió Philip, con voz tensa. Alexander se puso de pie al instante y tomó la chaqueta de su traje. —¿Fueron hospitalizados? —preguntó mientras se la colocaba. —Sí, señor —respondió Philip sin demora. —Debiste informarme antes —dijo Alexander con frialdad, ajustándose los puños de la chaqueta. —Usted estaba con el presidente... no quise interrumpir la reunión —se explicó Philip. Alexander salió de la oficina con paso firme, y Philip lo siguió de cerca. —Además de esos dos, ¿hay más personal lesionado? —preguntó mientras entraban al ascensor y este comenzaba a descender. —No, señor —respondió Philip—. Hicimos que los demás trabajadores evacuaran el sitio. Actualmente está bajo control y vigilado por seguridad. Alexander apretó la mandíbula, con la mirada fija al frente. La calma del despacho había terminado; el trabajo real acababa de comenzar. —Está bien —ordenó Alexander con voz firme—. Iré de inmediato al sitio de construcción, luego pasaré por el hospital. Reprograma todas mis reuniones y asegúrate de que esto no llegue a los medios. —Sí, señor —respondió Philip sin dudar. Cuando el ascensor estaba a punto de cerrarse, Alexander añadió sin volverse: —El currículum que dejé en mi escritorio... elige al candidato con mayor capacidad para manejar el puesto. Dile que se presente mañana. —Entendido, señor. Alexander salió del edificio con paso decidido. Su figura alta y elegante avanzó hacia el auto, el pantalón n***o del traje marcando cada zancada con autoridad. Shanne Cole, su conductor, abrió la puerta trasera de inmediato. Alexander subió sin decir una palabra, y el coche arrancó al instante. Camila y Clara regresaban del parque entre risas, aún comentando el programa tan divertido que acababan de ver. El ambiente era ligero, casi despreocupado, cuando Clara miró hacia adelante y señaló con la barbilla. —Camila, ¿qué tal trabajar allí? —preguntó—. Hay un puesto vacante. Camila siguió la dirección de su dedo y vio un pequeño restaurante. Su expresión cambió de inmediato; frunció el ceño y negó con la cabeza. —¿Hola, Clara? —dijo con incredulidad—. ¿Olvidas que soy graduada? ¿Cómo esperas que trabaje en un restaurante? Dame una opción mejor. Clara guardó silencio, sabiendo que insistir no serviría de nada. Camila siguió caminando, hasta que algo llamó su atención. Sus ojos se desviaron hacia un poste cerca de la carretera. —Clara —dijo de pronto, dándole una palmada en el hombro. —¿Qué pasa? —preguntó ella, girándose. —Creo que veo algo... Camila corrió hasta el poste, arrancó el papel pegado con cinta y comenzó a leerlo. De inmediato, una sonrisa enorme iluminó su rostro; sus ojos brillaron con una esperanza que hacía días no sentía. —"Entrevista para modelos" —leyó en voz alta—. Clara... encontré mi tarjeta de lotería. Agitó el papel en el aire con entusiasmo para que su amiga lo viera. En ese preciso instante, un coche pasó a toda velocidad por la carretera. Una ola de agua sucia y barro cayó sobre Camila. El papel que tenía en la mano quedó empapado y manchado, al igual que su ropa y su cabello. —¡OWO...! —exclamó, completamente sorprendida. Clara corrió hacia ella de inmediato. —¡CamiIa! ¿Estás bien? —preguntó angustiada. El coche frenó unos metros más adelante. La risa y la ilusión se evaporaron en un segundo. Algo acababa de romperse... y Camila aún no sabía que ese accidente cambiaría su vida para siempre. Ella miró a Clara con incredulidad, todavía empapada de barro de pies a cabeza. —¿Te parece que estoy bien? —espetó con sarcasmo—. Estoy cubierta de agua sucia y me preguntas si estoy bien... Bajó la mirada hacia el papel destrozado que aún apretaba entre los dedos. El barro lo había arruinado por completo. —Mi tarjeta de lotería... —murmuró con amargura—. Ya es un desastre. La rabia le subió como un incendio al pecho. Sin pensarlo dos veces, se giró y caminó decidida hacia el coche que se había detenido unos metros más adelante. Shanne ya había salido del vehículo. —Lo siento mucho —se disculpó de inmediato, inclinando ligeramente la cabeza. Camila lo fulminó con la mirada. —¿Crees que pedir perdón revierte las cosas? ¿Eh? —replicó con voz encendida—. ¿O es porque yo tampoco tengo un coche llamativo como el tuyo? Dentro del auto, Alexander revisó la hora con impaciencia. No tenía todo el día para perderlo ahí. Alzó la vista y miró por la ventanilla, observando a la joven discutir, claramente alterada. —Ustedes, los ricos, nunca miran a las personas —continuó Camila, alzando la voz mientras señalaba el coche—. ¿Por qué no prestan atención por dónde van antes de acelerar? La puerta del auto se abrió. Alexander Zack descendió con calma, pero con una presencia que imponía silencio. Clara lo miró sorprendida; era demasiado guapo, elegante y dominante. Su sola presencia la hizo estremecerse. Alexander sacó dinero de su bolsillo sin decir una palabra y se lo tendió a Camila. —Con esto se soluciona —dijo con voz profunda e indiferente. —Shanne, vámonos. Se dio la vuelta para regresar al coche. Camila reaccionó de inmediato. Le arrojó el dinero con fuerza; los billetes se esparcieron por el suelo. Clara se llevó la mano a la boca, completamente conmocionada. Alexander se giró, visiblemente molesto. Camila lo enfrentó sin un ápice de miedo, con los ojos encendidos de rabia. —¿Te parezco lamentable? ¿O te parezco pobre? ¿Eh? —le lanzó sin titubear. —Ustedes los ricos creen que todo se arregla con dinero —continuó—. ¿Yo pedí dinero? ¿Tu dinero puede limpiar esto? —levantó el papel destrozado—. ¿Puede devolverme mi oportunidad? Su voz temblaba, pero no retrocedió. —Tú viajas en un coche lujoso y yo camino a pie... ¿eso te da derecho a tratarme así? Camila estaba fuera de sí. —Estoy cubierta de tierra, humillada... y lo único que se te ocurre es lanzarme dinero y decir que todo está arreglado. Los ojos de Alexander se oscurecieron peligrosamente. Nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a hablarle de esa manera. —¡Oye...! —gruñó, dando un paso al frente. El aire entre ambos se volvió denso, cargado de tensión. Ninguno estaba dispuesto a retroceder... y el destino acababa de unirlos de la peor —o quizá de la única— manera posible.
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