Clara se puso de pie de inmediato, animada.
—Iré a cambiarme de vestido y salgo enseguida —anunció antes de dirigirse a su habitación. Camila se quedó sola unos segundos y caminó lentamente hasta el espejo. Se observó con detenimiento, recorriendo su reflejo como si buscara algo que el mundo parecía negarse a ver.
Giró un poco el rostro, acomodó su cabello y esbozó una sonrisa satisfecha.
—Soy muy bonita... —murmuró, admirándose a sí misma.
No importaba lo que dijeran los demás. Ella lo sabía. No necesitaba halagos ni validación externa para reconocerlo.
—¡Gol! —gritó Nick de repente desde la sala.
Camila lo miró por encima del hombro y suspiró.
—Baja la voz, por favor.
—¡Marqué un gol, Camila! ¡Gané el partido! —dijo con entusiasmo, levantando los brazos. —Eso mismo dijiste hace dos segundos —respondió ella, negando con la cabeza mientras recogía su cabello con una liga.
Nick se volvió hacia ella. Ahora que había terminado el partido, por fin tenía tiempo para observarla con atención.
—Oye... —dijo con curiosidad—. ¿Qué estabas diciendo hace un momento sobre ser bonita? Había escuchado algo entre gritos y botones, pero en ese instante estaba demasiado concentrado en el juego.
Camila sonrió y lo miró con confianza.
—¿No crees que soy apta para ser modelo? —preguntó. Pensándolo bien, con lo hermosa que era, no le parecía una idea tan descabellada.
Nick la observó de arriba abajo, deteniéndose especialmente en su vestido, y luego negó con la cabeza. —Si soy sincero... no.
—¿Por qué? —preguntó Camila, dejando escapar un suspiro de decepción.
—Porque no tienes ningún sentido de la moda ni del estilo —respondió él con total honestidad. Camila se burló suavemente. Para ella, Nick solo estaba diciendo tonterías. Giró el rostro con desdén.
—Concéntrate en tu juego —le dijo, restándole importancia.
En ese momento, Clara regresó ya arreglada.
—He terminado —anunció con una sonrisa.
Camila tomó su bolso y ambas se dispusieron a salir.
—¡Adiós, chicas! —gritó Nick—. No se alejen demasiado... y Camila.
Ella se giró de inmediato.
—¿Qué?
Nick la miró con seriedad, como si fuera a decir algo importante, dejando la frase flotando en el aire.
—No hables de tus problemas con la gente —le dijo Nick con seriedad—. No todos necesitan saber por lo que estás pasando.
Camila ya estaba cansada de escucharlo. Soltó un suspiro largo, claramente irritada.
—Aish... solo juega tu juego —respondió, restándole importancia—. No lo haré.
Se volvió hacia Clara de inmediato.
—Dejemos a este chico del juego.
Ambas salieron de la casa sin mirar atrás.
Una vez en la calle, Clara rompió el silencio.
—¿Y ahora qué, Camila? ¿A dónde vamos?
Camila caminó unos pasos antes de responder, pensativa.
—Primero vayamos a la playa —dijo finalmente—. Necesito aire.
Clara la miró con seriedad.
—¿Tienes para el autobús?
Camila se detuvo en seco y revisó su bolso. Su expresión cambió.
—Lo olvidé... —admitió—. Caminemos a donde nos lleven las piernas.
Dicho eso, empezó a avanzar sin esperar respuesta.
Clara negó con la cabeza y soltó un suspiro.
—Ese es el problema contigo...
Aceleró el paso para alcanzarla.
—Oye... ¿estás bien?
Tuvo que preguntarlo. Camila no parecía ella misma.
—No —respondió sin rodeos—. Pero creo que se me está ocurriendo una pequeña idea.
Clara la miró con atención.
—¿Qué idea?
—Aplicar como modelo.
Clara se quedó en silencio un segundo.
—Camila... ¿tienes dinero para postularte a eso?
Camila sonrió, como si acabara de descubrir la solución a todos sus problemas.
—Voy a vender todas mis cosas.
Clara la observó como si estuviera escuchando una locura.
—Te he perdido —murmuró, resignada.
…
Finca Glommaly
Alexander Zack llegó a la empresa y avanzó por el largo pasillo de mármol hasta su oficina privada. Su abuelo ya lo estaba esperando.
Mientras entraban al ascensor, Philip, su asistente principal, le entregó un archivo grueso. —Señor, aquí está la lista completa de las personas que enviaron su solicitud —informó con profesionalismo.
Alexander hojeó el expediente con rapidez.
—¿Y qué hay de quienes postularon para el puesto de secretaria? —preguntó con voz tranquila.
—Aquí —respondió Philip, entregándole otro expediente.
Alexander lo tomó sin decir nada, mientras el ascensor continuaba su ascenso silencioso, ajeno a que esas decisiones pronto cambiarían más de una vida.
Alexander bajó la mirada hacia el expediente y lo revisó con rapidez.
—Cuatro personas —dijo finalmente, con voz neutra.
—Sí, señor —respondió Philip de inmediato.
—¿Ya enviaste los correos electrónicos de descalificación? —preguntó Alexander con su tono profundo y autoritario.
—Sí, señor.
Alexander cerró el expediente con un leve golpe.
—Tráeme sus currículums. Quiero revisarlos personalmente.
—De acuerdo, señor. Me encargaré de eso —respondió Philip sin dudar.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Ambos salieron y caminaron por el pasillo.
Philip se detuvo frente a la puerta de la oficina presidencial.
Alexander entró y encontró a su padre de pie frente a la gran ventana francesa, observando la ciudad desde lo alto.
—Presidente Zack —saludó con respeto.
Ethan Zack se volvió al escucharlo y esbozó una sonrisa tranquila.
—Hijo.
Ambos tomaron asiento frente al escritorio.
—¿Qué te trae hoy a la oficina? —preguntó Ethan con serenidad.
Luego, su expresión se volvió seria.
—Escuché sobre el negocio en Nueva Zelanda. ¿Va completaste los planes de producción?
—Sí —respondió Alexander—. Los dividí cuidadosamente, tomando en cuenta lo que les gustaría y lo que esperan de nosotros.
Ethan asintió, satisfecho.
—Eso es bueno. El presidente de Nueva Zelanda es un hombre de negocios muy estricto, y su equipo es igual de exigente. Este acuerdo será beneficioso para nuestra empresa.
—Lo sé —dijo Alexander con firmeza—. Ya he comenzado a mover las piezas necesarias. Todo está calculado.
Ethan lo observó con atención. Sabía que podía confiar en él; siempre había estado orgulloso de su capacidad estratégica y su visión empresarial.
—Bien —concluyó—. ¿Y qué hay del desarrollo?
—Sigue avanzando sin problemas —respondió Alexander—. Todo marcha según lo previsto.
—Te confió esa parte —dijo Ethan con seriedad.
—No te defraudaré —aseguró Alexander con convicción. Sabía cuánto significaba la empresa para su abuelo... y no pensaba fallarle.