EL OLFATO

1200 Palabras
Pasala lindo y disfrutalo, y le das un saludo de mi parte al guapazo ese. Cuidate, por favor —. —Quedate tranquila, va a estar todo bien — contestó Alicia dándole tranquilidad a su amiga. Ella prosiguió: — Deseame suerte. No sabés los deseos de estar con él que tengo. —¿Tanto lo amás? —Siempre fue el amor de mi vida y no voy a parar hasta estar definitivamente con él. Franco era dueño de un taller mecánico de autos de alta gama. Había comenzado treinta y cinco años atrás como ayudante de su padre, el cual, tenía una empresa en sociedad junto a Catalino, el abuelo de Franco. Ya era una cuestión de herencia familiar y, como buenos tanos, esas costumbres debían permanecer en el tiempo. El día de Franco empezaba muy temprano y acababa tarde en la noche, por lo que sus demandas y exigencias, debían ser cumplidas al pie de la letra, no sólo por ser el trabajo que su esposa debía realizar como parte de una sociedad, sino, como un agradecimiento a su esfuerzo, una gratitud hacia la persona que sacrificaba gran parte de su vida para que su familia siempre permanezca alimentada, con techo y educación. Alicia se había propuesto a tener una vida más pacífica o menos tormentosa, y para ello, ser de alguna forma la esclava de su marido, era una escapatoria que no podía darse el lujo de desechar. Las salidas estaban abiertas pero cerradas al mismo tiempo. Franco manejaba la situación sabedor de que su matrimonio era una falsedad atroz de parte de ella, cuestión que a él poco le importaba. Él sabía que su trabajo le demandaba casi todo el día desde hacía muchos años, y llegó a pensar que ninguna otra mujer lo soportaría con una vida semejante, un carácter desastroso y sus olores nauseabundos. Sólo ella, bajo amenazas permanentes de muerte, podía resistir al lado de Franco, y él lo sabía, conocía esa parte de Alicia y obraba en consecuencia. Ella podía — y tenía todas las herramientas para hacerlo — tomarse de cualquier acto violento de él y buscar la libertad, pero prefería arrojarse bajo las ruedas de un tren antes que ser la próxima víctima de su propio marido. Así vivió sus últimos veinticinco años y no se veían nuevos avistamientos para tratar de darle un giro final a su infierno. Franco, dentro de su mundo chato, ignorante, limitado y procaz, contaba con un olfato natural, tanto para los negocios como para diferenciar aguas turbias de manantiales cristalinos, y en los últimos tiempos, su tacto innato, le había tocado la puerta y le había dicho que le prestara un poco más de atención a Alicia y a sus comportamientos y procederes. Entre otras cosas se percató de ropa nueva que su esposa había estado comprando, de nuevas joyas y de perfumes de renombre, además de haber caído en la cuenta de que Alicia parecía estarse esmerando en no cometer errores y en no caer deliberadamente en descuidos. Observaba que, como si se tratase de una empleada con excelente remuneración, tenía todo al día de una manera obsesiva, y ese detalle le llamó poderosamente la atención, porque más allá de saber que si ella no cumplía con lo que debía cumplir, recibiría su merecido por tratarse de una mujer que obraba más con el miedo que con el sentido común. Y entre tantas cosas que su cabeza desviada podía descubrir, notó una especie de nueva hermosura en ella, como un costado rozagante, que aprovechaba y lo usaba a la hora de tener que ser su sirvienta nocturna. Por esos días, Ramiro González, el vecino de en frente que era dueño de uno de los dos frigoríficos más destacados de Tropeles, acudió al taller mecánico de Franco y le dejó su vehículo para unas reformas que necesitaba hacer. Franco sabía que ese trabajo le demandaría un poco más de un mes y Ramiro aceptó el trato debido a que contaba con otros autos y camionetas para poderse manejar. Esa misma tarde, mientras desmantelaba la parte delantera del coche, un sobre de madera se deslizó de la guantera y cayó sobre el piso del auto, dejando al desnudo unas veinte fotografías en donde Ramiro mantenía un trío s****l con un hombre y una mujer. Eran fotos muy delicadas y subidas de tono que de seguro Ramiro había olvidado sin tener la más mínima idea de saber a donde estaban. Sin perder tiempo, Franco se contactó con Ramiro y le pidió si podía pasar por el taller para definir algunos cambios en el coche. Cerca del cierre Ramiro se apersonó y Franco lo condujo hasta su oficina. —Sentate, por favor — abrió cortésmente Franco. —¿Qué ha sucedido? ¿alguna complicación? — preguntó inocentemente y lejos de olfatear lo que se le venía encima. —No, Ramiro — dijo Franco intentando escapar de la tensión que lo tenía bajo sus amarras. Él siguió: — Comencé con tu auto dos horas después de que te fuiste, y por la tarde, mientras desarmaba el frente, de la guantera cayó esto (Franco le puso el sobre delante de sus ojos) y se desparramó por todo el piso del coche — Ramiro empalideció de inmediato y no pudo intentar ningún manotazo para escapar del asombro y la posterior vergüenza. Franco continuaba: — Juro por Dios que no he estado hurgando ni me he metido a ver tus cosas, sólo que en el proceso de desarme se abrió la puerta de la guantera y ese sobre se desparramó — De a poco Ramiro fue volviendo en sí y aquel color agringado de su piel fue regresando a su semblante. —No sabés lo bien que la pasamos —dijo Ramiro mientras una mueca feliz y picaresca se le introducía en el rostro. Él prosiguió: —Sí, Franco, soy bisexual, y tengo mis recreos y mis fantasías lejos de mi casa. Te preguntarás cómo hago para manejarlo y la respuesta es muy sencilla: tengo a mi esposa y a mis hijos felices por un lado y a mi vida s****l, por otro. No mezclo nada. Esos que ves ahí son mis parejas y los amo tanto como amo a mi esposa. —No hacía falta, Ramiro, que me cuentes tu vida privada. En ese orden yo soy muy abierto y entiendo y comparto los pensamientos y deseos de los demás. La vida de cada uno es la vida de cada uno, pocos lo comprenden, pocos lo ven así. Todavía somos una sociedad que le cuesta abrirse a ciertas cosas y cuando tocan estos temas los siguen viendo como un tabú. Por mí quedate totalmente tranquilo porque mi concepto hacia vos no va a modificarse por cuestiones como estas. —Sinceramente agradezco tus palabras tan reales y que permitas que la puerta de tu vida siga abierta a mí — contestó Ramiro, pero decidió proseguir: — Ya que estamos entreverados en una situación como la que acabamos de vivir, quería comentarte algo que vengo escuchando desde hace un tiempo en el frigorífico, y me pareció pertinente decírtelo, en honor a los años que nos conocemos y en honor a nuestras familias también.
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