CAPÍTULO 5 — ¡Adiós, Seija!

1600 Palabras
La segunda semana, fue aún peor. Neizan estaba irritable, si no fuera, porque era hombre, cualquiera pensaría que estaba en su período menstrual. Gritaba por todo y regañaba a todos. Hasta yo salí regañada que, en muchos de los casos, no tenía nada que ver, pero aun así me llegaba el regaño. Estaba dispuesta a aguantar, solo quedaban dos semanas para completar el mes y ver qué podía pasar a futuro. Entre más y más papeles, planos, contratos, reuniones y un sinfín de etcéteras, para el viernes yo ya estaba agotadísima y con un dolor de cabeza enorme. Eran las nueve de la noche del viernes y mis hermanos no paraban de hablar en el grupo de chat que teníamos los tres. Me decían que me arrancara de la oficina, luego que irían a sacarme a rastras del lugar, luego me pedían perdón y volvían a decir que Neizan era un maldito por tenerme hasta esa hora trabajando. Para las diez de la noche, Hannu dijo que me vendría a buscar para que fuéramos a una discoteque, porque unos conocidos nos estaban esperando y que Seija ya se había ido antes. Le dije que estaba loco si creía que iba a llegar despierta a la dichosa discoteque. En ese momento Hannu me llamó a mi teléfono. —Cariño, no puedo salir aún— le dije a Hannu apenas contesté la llamada. — ¡Pero Helli! Ya son más de las diez de la noche, no puede ser que aún este idiota te tenga ahí ¡joder! —Lo sé, lo sé, pero volveré tarde, no me esperes. —Helli, si no sales de esa oficina en este mismo instante, te sacaré a rastras y no me importará que seas mujer. — ¡Ey, basta! Debes madurar luego, porque tarde o temprano tendrás que estar en esta misma posición, cuando salgas de la universidad. —Tienes razón, pero no es justo. Debiste trabajar con papá y mamá para que estuviésemos juntos más tiempo. Siento que te estoy perdiendo— eso último lo dijo con mucha pena y la voz un poco más apagada. —Lo sé, cariño, pero sabes que mi orgullo de hija mayor e independiente entre comillas, no me deja. Perdóname, te juro que estos dos días siguientes haremos muchas cosas juntos. Sabes que te amo ¿Lo sabes no? —Está bien. — ¿Lo sabes o no? — ¡Sí! Lo sé y yo te amo mucho más, eres mi Helli y no quiero perderte, no aún. —Y aquí estoy bebé, siempre pendiente de ti y de tus necesidades, pero ya es tiempo de que trabaje y no puedo estar con mis padres toda la vida, siempre lo has sabido. —Sí, perdóname. Te amo y espero que llegues bien a casa— y antes de poder decirle alguna cosa, me cortó, porque Hannu odiaba las despedidas. Lo extrañaba muchísimo y a Seija también, pero debía trabajar y demostrar que podía. La verdad, le había mentido a Neizan sobre el capital para abrir mi propia empresa. Siendo sincera, aún no sabía qué es lo que quería hacer con mi futuro. El hecho de que me cerraran las puertas de buenas a primeras bajó mis expectativas y ya no sabía qué quería hacer a ciencia cierta. Solo sabía que este trabajo me distraía y demostrar que me la podía me era imperioso. De hecho, ni siquiera iba a vivir del sueldo que me pagarían ahí. Tenía mis propias cuentas bancarias desde hace años, donde había distribuido todo el dinero que había recibido en mis veintidós años junto a las inversiones que había hecho. Era joven de edad, pero no tonta. Sabía mover mi dinero. Seguí ordenando un archivador que tenía en las manos cuando Neizan me habló y yo me asusté. Di un salto y llevé mis manos al corazón. Idiota. —No te quise asustar— me dijo riéndose el muy tarado. —No importa ¿Necesitas algo? — le pregunté. —Sí, que te vayas a casa. —No, ya te lo dije, cuando tú te vayas, yo me voy. —Te despediré si no me obedeces. —No, no lo harás, porque resulté ser más eficiente de lo que esperabas y es algo que no encontrarás en otra chica y lo sabes. —Eres una pretenciosa ¿Alguien te lo había dicho antes? —Todo el tiempo, pero me resbala. —Muy bien, vamos— me dijo caminando y deteniéndose a mi lado. — ¿Tú te vas? — le pregunté —Sí. Vamos— me dijo. —Perfecto, si tú te vas, yo me voy, si te devuelves, me devuelvo. Si quieres la oficina para ti solo porque quieres traer a tus chicas, pues te jodes, porque no me iré hasta que te vayas. — ¿Qué? Quién puede ser tan asqueroso para traer chicas a la oficina y tener sexo en el escritorio, donde dejo mi café cada mañana. —No lo sé, dime tú. —No lo sé, dime tú y no seas tonta, por favor. Vamos ya, que tengo sueño. —Está bien— me encogí de hombros y tomé mis cosas para salir del edificio. Cuando llegamos al estacionamiento, no pude evitar bostezar. Tenía demasiado sueño y menos mal, el viaje hasta casa era corto. En ese momento pensé, que debí dejar que Hannu me fuera a buscar para que manejara hasta casa. Cuando iba a abrir la puerta de la camioneta, Neizan me quitó las llaves de las manos. — ¡Pero qué mierda! — me asusté mucho, porque dentro de mi somnolencia no había visto a Neizan de pie a mi lado. —Yo manejo, súbete por el lado contrario. — ¡No! Es mí auto, yo manejo. —En ese estado, ni por si acaso— la verdad no estaba en condiciones de manejar, tenía mucho sueño, así que, calladita me di la vuelta, rodeé la camioneta y me subí en el otro asiento. Cuando llegamos a mi casa, le dije a Neizan que se llevara mi camioneta y que la fuera a dejar al otro día en cualquier horario, y que no lo quería escuchar diciendo que él podía caminar o tomar un taxi, así que solo me bajé y cerré la puerta. Caminé hacia el portón de entrada y abrí la parte que tenía una pequeña puerta peatonal. Cuando llegué a la habitación, tiré mi cartera en el suelo, me coloqué el pijama como mejor pude y me acosté. Hannu llegó a los minutos después y se acostó detrás de mí, como siempre lo hacía desde que él tenía cinco años. Besó mi cabeza y me dijo en el oído que me amaba mucho. Me quedé dormida al instante, sintiendo los masajes que Hannu me daba en la cabeza. Desperté a la mañana siguiente, con un calor desesperante y era porque Hannu me estaba abrazando por la espalda aún. Traté de levantarme, pero me dolía la cabeza horrible. Me quejé por el dolor y mi hermano se despertó inmediatamente. — ¿Estás bien, Helli? — me miró preocupado y se asustó. —Sí, cariño, me duele la cabeza solamente. —Este fin de semana no iremos al gimnasio, te quedarás a dormir todo el día, le diré a Nina. —No es necesario, Hannu, estoy bien. Es solo dolor por tanto trabajar y tanto computador. —No me importa, no vamos a salir, le avisaré a Seija— Hannu salió de mi habitación y escuché cómo se reía afuera. Me levanté por la curiosidad y al abrir la puerta, vi a Seija recién llegando a casa, con los zapatos en la mano y una cara de borracha que no se la podía. —Maldita zorra, de dónde vienes— le dije riéndome de ella. —Shhh papá los escuchará, cállense— seguimos a Seija hasta su habitación y nos encerramos ahí. — ¿De dónde vienes y con esa cara? ¡Vienes de un puterío! — le dije para que le diera vergüenza. Nos reímos los tres juntos. —Vengo de una fiesta, fuimos a la discoteque anoche, luego nos fuimos al departamento de alguien, ni siquiera recuerdo el nombre del tipo. Y bebí hasta vomitar, literalmente. Es mi último fin de semana en casa, así que, fue como mi despedida, de aquí ya no vuelvo en un mes— Recordé el viaje de Seija y me sentí culpable por no haber ido a la fiesta con ella. Seija notó mi cara — ¡Ey! No pasa nada, tranquila, te amo igual y te extrañaré, te llamaré todos los días, bueno a los dos— me dijo sujetando mi cara, porque yo ya me había puesto triste con su partida y por no haberla acompañado anoche. —Te voy a extrañar, maldita borracha— la abracé fuerte y besé sus dos mejillas. Estábamos los tres sentados en la cama de Seija con los pies cruzados. Algo que siempre hacíamos cuando conversábamos de nuestras cosas. —Vuelve pronto y no te enamores de ningún extranjero, por favor— le dijo Hannu abrazándola también cuando yo la solté. Ese fin de semana nos dedicamos a pasarlo en casa, viendo películas en pijama todo el día en la sala de cine que teníamos, sentados los tres en uno de los sillones enormes y comiendo todas las porquerías que se nos ocurrieron. Mis padres salieron todo el fin de semana con sus amigos y no los vimos hasta el domingo en la noche, para la cena. Era la última cena con Seija hasta que volviera al mes siguiente.
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