Esa noche, dormí como un bebé que ya había pasado al sueño normal después de unos meses de nacido. El domingo en la mañana desperté renovada. Me levanté y me vestí con un conjunto deportivo, unas calzas negras, el corpiño deportivo que hacía juego del mismo color y me coloqué unos tenis blancos para hacer la combinación de colores. A las nueve de la mañana, mis hermanos y yo, íbamos corriendo por la calle como el día anterior, hasta llegar al gimnasio nuevamente. A las doce del día ya estábamos entrando por la puerta de la casa, listos para ir a cambiarnos de ropa. Ese día, habíamos decidido salir a almorzar a un restaurante y luego irnos de compras, para dejar a nuestros padres un par de horas solos, aprovechando que el resto del personal de la casa tenía el día libre. Nos subimos al todoterreno de Seija y nos fuimos a la ciudad.
Paramos en un restaurante italiano que nos encantaba. Podría jurar, que, en aquel lugar, preparaban las mejores pastas de todo Madrid. Pero quizás era exagero, porque era bien sabido, que ninguna pasta superaba a las que se hacían en vivo y en directo en Italia. Estábamos esperando nuestro pedido, riéndonos de cosas chistosas para nosotros a todo pulmón, cuando se nos acercó alguien a nuestra mesa. Miramos hacia arriba y ¿quién era? Neizan.
—Hola— nos dijo mientras nos miraba atento a nuestra reacción.
—Hola— contestamos al mismo tiempo los tres con cara de “qué haces acá, idiota”.
—Este… yo…— Neizan miraba para todos lados nervioso — ¿Me puedo sentar con ustedes?
—Eehh… ¿No? — le dijo Seija, yo solo reí bajito.
—Si no fuera una emergencia no se los pediría— respondió mirando nuevamente para todos lados y luego mirándome a mí. Ok, el tipo me había dado trabajo cuando se lo había rogado, así que, se lo debía. Quizás realmente era una emergencia.
—Ok— le dije indicándole que se sentara al lado de Seija, quedando frente a mí — ¿Cuál es la emergencia se supone? — le pregunté con cara de pocos amigos.
—Esa chica de ahí…— él miró hacia un costado tratando de disimular. Cuando miramos, lo hicimos los tres al mismo tiempo, que poco disimulados éramos. La chica era una bonita asiática, blanca como la leche y de cabello n***o.
— ¿Te arrancas de una chica? Qué gilipollas— le dijo Hannu, mientras estaba sentado con el brazo extendido sobre el respaldo de mi silla.
—No me arranco… bueno sí, me ha seguido cuatro cuadras y ha entrado a las tres tiendas en las que yo entré. Iba pasando por afuera y los vi sentados, me devolví lo más rápido que pude para entrar acá y vi de reojo que la chica hizo lo mismo.
—Qué chica más psicópata. ¿Quieres ayuda? — le dije mirándolo con una ceja levantada.
— ¿Ayuda? ¿Qué harás? ¿Espantarla? — me miró con los ojos entrecerrados.
—Puede ser— dije levantando mis hombros. Me levanté de la silla y escuché cómo Hannu se reía muy bajo.
Caminé hacia la chica y me paré frente a ella. Traté de hablar bajo y con calma, para que nadie más escuchara.
—Hola ¿Qué tal? Soy Hellena— le dije estirando mi mano para saludarla. Me miró con los ojos bien abiertos unos segundos y tomó mi mano.
—Hola, soy Kimi— me dijo, con voz tímida.
—Mucho gusto ¿Me puedo sentar? — le pregunté, con una leve sonrisa en mi rostro.
—Eehh… mmm… claro, pero estoy ocupada esperando a alguien.
—Oh no, no, no chica, tranquila, solo quiero saber ¿Por qué estás siguiendo a mi novio? ¿Te gusta? ¿Lo encuentras atractivo? — le dije con una amplia sonrisa y moviendo mis cejas repetidas veces.
— ¡No! No cómo se te ocurre, es tu novio, yo solo entré en este restaurante porque estoy esperando a una amiga.
—Entonces la esperaremos juntas ¿Te parece? — le dije. Para ese entonces, mi cara ya había cambiado. Estaba seria.
—Está bien ¿Qué quieres? — me dijo, cambiando completamente el tono de voz de tierna y tímida a una voz arrogante y enojada. Y, así como así, la chica mostró su verdadera personalidad. Era una acosadora.
—Eres lo que pensé. No te vuelvas a acercar a mi novio, no sabes con quiénes te estás metiendo pequeña y dudo que seas de su gusto, porque ni siquiera te ha mirado en todo este rato— me paré con el rostro serio y me erguí para mostrarle mi altura —Si te vuelvo a ver cerca de él, te lo advierto, no soy de las que golpean, yo tomo… mmm… otras acciones más efectivas— le dije y me fui de su mesa sin mirar atrás.
Cuando llegué devuelta a nuestra mesa, Hannu me extendió su puño para que lo chocáramos. Le devolví el gesto y me acomodé bien en la silla.
— ¿Qué le dijiste? — me preguntó Neizan.
—Cosas— le respondí restándole importancia al asunto.
—Cosas malas de seguro, porque se fue enojadísima la chica— me dijo Seija mientras tomaba su vaso de gaseosa.
—Puede ser, pero tranquilo chaval, que ya no te molestará nunca más— le dije a Neizan guiñándole un ojo.
— ¿Bueno y qué harás? ¿Te quedarás a almorzar con nosotros? ¿O te irás? Cualquiera de las dos opciones nos da igual, te lo advierto— le dijo Seija sin mirarlo, porque estaba pendiente de su teléfono.
—Me iré, gracias por la ayuda, odiosos— nos dijo Neizan y los tres lo quedamos mirando con el ceño fruncido.
—Qué Drama Queen ¡por dios! — dijo Hannu volviendo la vista a su teléfono. Yo no lo miré, qué idiota era Neizan cuando se lo proponía.
Pasamos el resto de la tarde conversando, comiendo cuanta cosa vimos en los puestos de la calle, de tienda en tienda y comprándonos ropa. Hannu amaba ir de compras y vestirse bien. Decía que era su principal encanto con las mujeres. Que primero, todo entraba por la vista y después uno debía jugársela para conseguir algo más. Caminábamos tomados de la mano entre los tres, las personas nos miraban raro, quizás pensaban que Hannu tenía dos novias. Fue muy gracioso. Entre las risas a todo pulmón que íbamos dejando por cada rincón del centro de Madrid y los saludos de jóvenes extraños, que de seguro formaban parte de nuestras andanzas de adolescentes, terminamos comprando todo lo que nos gustó y llenamos el maletero del todoterreno de Seija con demasiadas bolsas. Nos encantaba pasar tiempo juntos y los aprovechábamos al máximo, porque sabíamos en el fondo, que algún día nos separaríamos para formar nuestras propias familias. Mientras tanto, solo disfrutábamos.