Después de ese día con Onni, mi mente estuvo muy intranquila. Escribía en mi teléfono, pero no obtenía respuestas. La mañana del martes, de esa siguiente semana, me encontré con Cassandra en la cocina de la oficina. Me estaba preparando un té, cuando apareció ella. —Hola, Hellena— me saludó sonriente. — ¿Cómo estás? — le pregunté de la misma forma. —Un poco cansada, pero estoy bien— me contestó. Se preparó un café mientras yo me sentaba en la pequeña mesa que había en la cocina. De repente, de reojo, la noté extraña. La miré y supe que algo me quería decir. — ¿Sucede algo? — le pregunté curiosa mientras soplaba mi té para enfriarlo de a poco. —Hellena— me dijo nerviosa. Caminó hacia mí y se sentó en la silla de enfrente —No quiero que pienses mal de mí. Sabes que jamás he opinado nada

