Con Neizan, comenzamos a estar juntos desde esa mañana. En ese momento, nunca dimensioné que estábamos cometiendo un enorme error. No le pusimos nombre a eso que teníamos, porque, al menos para mí, era innecesario. Sabía que para él no, pero no quería apresurar las cosas. Sentía que, si lo hacía, no duraríamos ni una semana juntos. Los primeros días, traté de que nadie se diera cuenta de absolutamente nada. A pesar de que él me insistía en querer, que llegáramos juntos a la oficina, yo le decía que no. —Hellena, vamos. Quiero gritarle al mundo entero que estamos juntos y de que eres solo mía ¡al fin! — me decía Neizan esa primera noche en mi casa. Yo estaba guardando los platos que habíamos ocupado en la cena, mientras él seguía mis movimientos, atento y de brazos cruzados. —Dije que no—

