Atendió a unos cuantos soldados postrados en cama. Sus ojos se habían acostumbrado a la c********a. Miembros destripados de acá para allá, lamentos, aullidos y quejas. Los insultos de los familiares que insultaban su trabajo, endurecieron su piel, nada le importaba.
Caminó con la bandeja de inyectadoras. Procedió a colocar inyecciones a cada soldado herido de gravedad. Eran calmantes, se dormían en el acto. Luego procedía a cambiar el vendaje, retirar la piel quemada con una pinza, lavar al c*****r en vida y dejarlo como nuevo. El día siguiente debía repetir el proceso.
Janette había dejado de sentir dolor por las personas que ingresaban en el hospital. Era indiferente a la cantidad de heridos que desfilaban por el pasillo. «Una nueva caravana, genial», pensaba mientras fumaba en la azotea.
Los colores del atardecer resplandecían en el irrisorio telón de la humanidad. Sentada en el borde del tanque de agua oxidada, fumaba hasta que sus cerebro sintiera el somnífero de la nicotina. Amodorrada, respiraba hondo el aire de la guerra. Los edificios de Urman, en ruinas, era el escenario que se vislumbraba a ojos vistas hacia el horizonte. Un mundo caótico, sepultado por los recuerdos de la paz. Habían cimientos sostenidos por la insistencia de una humanidad cansada. Oyó las risas de la nueva generación. «Ellos crecen sin tener consciencia del futuro. Mejor así, porque morirán tarde o temprano», reflexionó Janette.
Cuando acabó de fumar, tomó la cofia de enfermera y se la colocó en la testa. «Otra maldita noche de turno. No sé por qué se empeñan en tener días libres, si la libertad es un sueño durante la guerra. Como la esperanza se apaga, el cielo y sus colores se desploman hacia la noche incolora», caviló Janette. «El color depende de la luz. Nosotros dejamos de emitir luz cuando el gobierno nos dio la espalda».
Una ráfaga sonó en la distancia. Dos morteros, tres estallidos. «¿Quién habrá muerto esta vez?». Escuchó el disparo de un francotirador aliado. El retumbar de una bala que viajaba hacia la cabeza del enemigo, hizo volar los cuervos. La bandada desplegó alas hacia el etéreo. «Aves de tinta negra, cubren los sueños. ¿No entendías esto, querido hermano?».
Descendió las escaleras con premura. Asumió su rol de enfermera al ver los nuevos heridos que entraban. Tres hombres, vestidos de blanco, se llevaban los c*******s a la morgue. «Padres de familia sin familias que mantener. Madres con hijos sin nacer. Hijos sin padres en quienes confiar. Así es la guerra». Preparó las inyecciones y atravesó el pasillo con garbo andar. Dejó la bandeja con las inyecciones en una mesita de noche. Midió las pulsaciones de algunos heridos. Reajustó los goteros y cambió unas bolsas que estaban vacías. Se sentó en el taburete, frente una plataforma sostenida por cadenas. Con el dorso de la mano, secó el sudor de la frente.
Un herido pidió ayuda y se lanzó de la camilla. No tenía piernas, de modo que caminar era un chiste para él. Era un joven de dieciocho años que tenía una vida por delante. La guerra trastocó su estabilidad mental. Servía en la unidad seiscientos doce y era artillero. Pisó una mina plantada por el enemigo y tuvo suerte de vivir. Su novia, sus padres y amigos, sin excepción, estaban muertos. Había quedado solo en el mundo. Una vez rogó a Janette que lo durmiera para siempre. Eso haría ella aquella noche.
Cuando se tiró de la camilla, ella se puso de pie y tomó dos jeringas. Levantó al inválido y lo calmó con un sereno canto. Su espíritu maternal seguía intacto. Con la mirada fría, como una piedra en el ártico, escrutaba las heridas del sin piernas. Entonces, suspiró, sonrió para sus adentros. «Buenas noches». Alzó la inyectadora y la enterró en el cuello del chico. Él vio a su ángel de la muerte y mientras convulsionaba, dado que la aguja había tocado un nervio, sonreía. Después de drenar la dosis, procedió a inyectar la segunda. Así mató al muchacho y terminó con sus días de sufrimiento.
En la puerta estaba el médico de guardia. Observaba con desaprobación a Janette. Ella miró al gordo y encendió un cigarrillo al frente de la cara grasienta del señor. Debía ser un médico respetado antes de la guerra. Todos los puestos sociales se fueron a la mierda cuando la sangre se volvió el color primario de la vida en Urman. Los c*******s no entienden de escalas sociales. ¿De qué servía?
Expelió el humo en la jeta del médico. Dio la espalda, continuó el descanso. El médico procedió a hablar con los pacientes y se retiró.
No era la primera vez que Janette mataba a un hombre. La primera vez fue un niño con la cara afectada por una bomba napalm. Los médicos intentaban todo por salvarlo, pero no había remedio. Entonces, los padres del niño pagaron a Janette para que acabara con su sufrimiento. Aún no había finalizado el curso de enfermería, pero el dinero no venía mal. Estuvo dos horas reflexionando sobre su acción. «¿Es correcto?», se preguntaba. Cuando se acercó al niño por enésima vez, había tomado una decisión: matar.
El pan de cada día de Janette era la muerte. Se había convertido en una Santa Muerte con disfraz de enfermera. Inyectar e inyectar, matar y matar, hacer feliz a los vivos antes de morir, ese era su trabajo.
Por supuesto, los soldados que llegaban en las últimas, no podían prestar servicio jamás. Además de inútiles, seguir en Urman, sin posibilidad de ir a la capital, era una pesadilla. Muchos perdieron lo que más amaban por querer defenderlo. En Urman no se luchaba por un ideal, sino por defender un hogar, una familia, una amistad.
Janette lloró una noche cuando tuvo que matar un perro. Era la mascota de un oficial destacado en la escuadra de fusileros de la compañía T. Quedó horrorizada cuando se vio en el espejo, tanto que rompió de un puñetazo su reflejo. No quería volver a ver su cara.
El perro era un pastor alemán conocido por la comunidad. Había sido criado desde cachorro para servir en combate. Había salvado múltiples vidas gracias a su innato olfato. Rastreaba explosivos, minas y hasta salvaba niños en edificios a punto de derrumbarse. Era todo un héroe canino y, claro está, el único que había.
La fama de Terry y Marcos, nombre del perro y su dueño, transcendió en el ejército rebelde. Aclamados por los refugiados, amados por los superiores y temidos por el enemigo. Lamentablemente, Terry no era aprueba de balas y un francotirador voló la mandíbula del perro. El pobre no podía comer, tragar ni beber agua. Además, durante el traslado al hospital, se ahogaba con su propia sangre.
Marcos, con lágrimas cargadas de la sangre de su compañero peludo, imploró a Janette que sacrificara a Terry. No podía hacerlo con su pistola y nadie tenía el valor. La fama de Janette, y su sangre fría, había pasado de boca en boca. Ella asintió y procedió a dormir a Terry para siempre.
Janette recordaba la historia de Terry y Marcos, sentada frente la camilla de Jonast. Su hermano menor se había dormido, aunque fue ella quien inyectó a Jonast para que descansara. Ella sacó un cigarrillo de la pitillera y abrió la mano de su hermano.
—Para ti —dijo Janette.
La mano de Jonast apretó el pitillo y abrió débilmente los ojos.
—Gracias —masculló.
—¿Cómo puedes estar…
—En la academia nos enseñan a soportar somníferos —dijo a duras penas, ya que combatía contra la modorra.
—Debería aumentar la dosis. Así podrás dormir y quedarte conmigo.
—Estás loca.
—No, no lo estoy. Tú no ves lo que mis ojos ven todos los días. Si supieras las calamidades que he visto…
—El gobierno vendrá por nosotros.
—Pero no por nosotros.
—Tú estás viva, maldita zorra…
—Y tú estás aquí gracias a mí, imbécil.
Hubo un largo silencio.
—¿Enciendes el cigarrillo, por favor? —preguntó Jonast.
—Claro.
Sacó el encendedor y prendió el cigarrillo. Jonast sentía como recobraba fuerzas, cuando el humo llenaba sus pulmones.
—Rico sabor. ¿Es producto extranjero? —preguntó con el cigarrillo en los labios.
—Tomamos las provisiones de un campamento calvarian, ¿tú qué crees?
—Estás algo odiosa… ¿Te hace falta pene?
La cachetada estalló en la mejilla de Jonast. Janette estaba de pie, con la mano trémula en el aire. Su cara estaba roja de ira y su labio inferior experimentaba un tic nervioso.
El cigarrillo seguía en el labio de Jonast.
—He recibido peores…
—¡Cállate!
—Extrañaba tus asquerosos «cállate…
—¡Tú no sabes nada de la guerra!
—Estás trastornada, niña…
Otra cachetada más en la mejilla del piloto.
—No soy una niña, respeta a tu hermana mayor.
Jonast tomó el cigarrillo con sus dedos.
—¡Desapareces durante años!, ¿y vienes a decirme que eres mi hermana mayor? ¡Vaya hipócrita de mierda te has vuelto!
—¡Nos une la misma sangre! —Se dio palmadas en el brazo—. Tú no puedes negar que soy tu hermana. Podré haber estado lejos, herida por tu traición…
Jonats se colocó el cigarrillo en los labios.
—¿Qué traición, histérica?
Janette se montó encima de la camilla y golpeó a su hermano en la cara. Dos puñetazos bastaron para callar a Jonast y desbaratar el cigarrillo. En el dedo anular de Janette, un circulo n***o quedó marcado, pues se había quemado con el cigarrillo. Ella acercó el rostro hasta dejarlo a centímetros de la cara de Jonast. Entonces desgañitó:
—¡Cállate de una buena vez!
—¡Todo lo que sé lo aprendí de ti! —gritó Jonast.
—Eres el maldito monstruo que yo creé, pero estoy a tiempo de emendar mi error. Puedes luchar todo lo que quieras, pero te quedarás aquí, conmigo, donde te pueda proteger. Nada te va a pasar…
—Mi corazón está con la nación…
—La nación nos dio la espalda hace años y tú crees en ella con fe ciega. Estás en un hospital, herido de gravedad por insuficiencia de energía en tu cuerpo. El presidente debe estar fumando un puro en su habitación. Además, seguro estará follando con su secretaria de trasero inmenso. Dos bolas de básquetbol que rebotan en un pene político. Tú podrías ser uno de esos ciudadanos despreocupados por las vidas que caminan en la miseria de la guerra. ¿Qué te parece mi nueva visión del mundo? ¿Ah? No te oigo hermanito.
»Aquí han muerto miles de personas durante estos años. Tú estabas con James y James hacía su vida. Ninguno conocía las penurias de Urman. Apenas se vienen enterando de lo que vivimos aquí, cuando son mandados como apoyo hacia el frente. Dos peones que desconocen sobre la guerra y parecen soldaditos de juguete. ¡Vaya basura!
El médico gordo entró y se horrorizó cuando vio a Janette encima de Jonast.
—¡Puedo permitir muchas cosas, pero esto es intolerable señorita Brawford! —reprendió.
Janette, como una pantera, saltó de la camilla, tomó un inyectadora y antes de que el médico pudiera decir algo más, quedó dormido. Apenas sintió un piquete en el cuello.
—Es mi hermano, gordo de mierda —dijo Jannette entre dientes y acostó al gordo en el suelo.
Espantado por la actitud salvaje de su hermana, Jonast tragó saliva y sus ojos estaban desorbitados. Su hermana mayor había cambiado.
—Disculpa —dijo Janette—. No estoy tan loca como piensas.
«Hermana, ¿qué tanto has vivido?», se preguntó Jonast.
—James puede marcharse, pero tú te quedarás conmigo…
—Puedes venir con nosotros —sugirió Jonast—. Esta no eres tú y este no es tu hogar, Janette.
—Me he convertido en un monstruo, pero no es malo cuando te adaptas. Aprendes a vivir con ello.
—¿Has matado alguna vez?
—Cientos de veces. No sabes la cantidad de personas que he matado.
—¿Por qué?
—Ellos me lo piden. —Encogió lo hombros y encendió un cigarrillo, pero en lugar de fumarlo, abrió el ojo del médico y fundió el pitillo en la retina. Jonast cerró los ojos—. ¿No soportas mirar la crueldad de tu hermana? Este gordo no merecía eso, pero, de pronto, me provocó hacerlo. Que se quede ciego no evitará su pronta muerte. Todos moriremos algún día, tarde o temprano.
—Él pudo haber venido con nosotros…
—¡Al gobierno solo le importa sus peones, maldición! Pero tú no te irás, te quedarás en el infierno conmigo.
—No, no me quedaré, así tenga que luchar contigo.
—¡Ja! ¿Luchar conmigo? Yo te defendía en los prados. Te orinabas cuando te asustaba en las noches. Eres un cobarde en toda regla.
—Si fuera un cobarde, no hubiera sobrevivido.
—Quisiera creerte, pero siempre fuiste la sombra de James.
—¿Qué?
—Lo que has escuchado, hermano. Él es superior a ti. Nunca vas a superar a tu propio amigo.
—No se trata de superar, se trata de apoyarnos. Eso lo aprendimos en la academia militar. Somos una unidad, no dos hombres separados. Tú podrás haber vivido en la miseria, pero desconoces el significado de «unión».
—Me importa un carajo tu creencia…
—Debería importarte, porque somos hermanos.
—Careces de argumentos para convencerme. Tal unicidad no existe. —Se acerca a la bandeja y da unos golpecitos a la jeringa—. Sola, abandonada, violada, maltratada… ¿Y crees que alguien me ayudó? Tú hacías tu vida mientras yo sufría. —Levantó la jeringa.
—¿Qué haces con eso? —preguntó, Jonast, asustado.
—Sssh… —Se llevó un dedo a los labios—. Dormirás tranquilo. Esta dosis es más fuerte. Tú dices aguantar, ¿no? Espero sobrevivas. Si te mueres, mejor.
Jonast intentó conjurar un ataque, pero no pudo.
—No puedes usar magia hasta recuperarte. Además, me aseguré de drenar tu energía con los golpes en tu rostro. Sí, aprendí a drenar sin necesidad de conjurar. Soy una experta en magia. Una maga asesina o como quieras llamarme. Me da igual, hermanito. Es hora de dormir.
Caminando con una vil sonrisa, el destello de sus ojos mostraba el deleite del horror que su hermano manifestaba en el rostro.
—¡James, auxilio!
—Él está durmiendo, aún no ha despertado. De hecho, está en coma.
Dio un saltito de emoción. Sacó un cigarrillo de la pitillera, que cayó al suelo, y aceleró el paso hacia su hermano.
—¡Ayuda!
—Nadie te escuchará, esto es el infierno.
Luego de dormir a Jonast, subió las escaleras. Una vez en la azotea, subió las escaleras verticales del tanque de agua. Encendió un cigarrillo y comenzó a fumar como si no hubiera un mañana. Gastó todos los pitillos en cuestión de minutos. «El tiempo es subjetivo… ¿Qué mierda? El tiempo nada tiene que ver aquí. ¡Bah! Estoy delirando, quizás… Hermano, perdóname».
Bajó las escaleras y fue hacia el comedor. En la nevera industrial había una botella de vodka, entera. Acto seguido, la destapó y bebió como una adicta al alcohol. Buscó más cigarrillos en su casillero y regresó a la azotea con botella en mano y los pitillos recargados. Fumaba y bebía, nada parecía calmarla. «Quiero morir y quizás esta sea la mejor manera de hacerlo… Pero si muero, no podré proteger a mi hermano… Él merece una hermana que lo proteja y no que de miedo… Soy un monstruo, eso es lo que soy». Vomitó tres veces. Estaba borracha. Se acostó en la base del tanque y tiró la botella. Gritó al cielo con las manos extendidas.
«Julián soy una decepción para nuestra familia».