Capítulo 20

2554 Palabras
La habitación blanca olía a enfermo. ¿Dónde diablos estaba? Caminé hacia un sitio, pero no había lugar adonde ir. Cuatro paredes, un aire acondicionado, el compresor transmitía era el ronroneo de la realidad.   ¿Qué es la realidad? No tengo idea, es confuso describir algo tan complejo y estúpido.   En esta parte de mi vida, no sabíamos si estábamos vivos o muerto. Llamé a Jonast, pero mi voz rebotaba en las paredes. ¿Qué mundo era este? Cuatro paredes, blancas y el ronroneo de la realidad.   Oí pasos, eran tacones. Quien venía de dónde fuera que fuese, tenía tacones puestos.   —James Anford —dijo la voz.   No pude contestar, mis labios estaban sellados. Vi mi cuerpo, me encontraba desnudo. Quizás estuviera en el purgatorio. Sabia, por mis pecados, que no merecía ascender. Jonast, tal vez, me esperaba en el infierno.   Sueno exagerado al contar esto, pero era lo que pensaba. Acostado en una camilla, en un hospital, sin despertar y atrapado en un lugar extraño. Me cuesta creer que fuera el alma y las cuatro paredes era mi mente en coma. La consciencia está en el cerebro, es obvio. Por tanto, no era descabellado pensar que el alma estuviera en una estancia de cuatro paredes, sin ventanas.   Movía los pies, corría de un lado para otro, pero chocaba con las paredes. Entonces, al comprender que no había salida, me senté. Aguardé, como un niño, la respuesta de lo que sucedía.   Recuerdos… Jonast y yo habíamos luchado contra los gemelos. Desfallecimos cuando habíamos derribado a uno. El demonio era rápido, pero su hermano era imperceptible, un hijo de puta en toda norma.   —¿Qué hacemos doctor? —preguntó la voz femenina.   —Esperar. Su amigo ya despertó.   —¿Jonast?   Él siempre fue más fuerte. No me sorprendió que fuera el primero en despertar, pues recibí la mayoría de golpes para protegerlo. Vale, quizás decir que él era más fuerte suene estúpido. Jonast no era tan fuerte, pero tenía mayor energía que yo. ¿Saben qué? Olviden la payasada que dije. Es difícil defender lo indefendible y Jonast, en aquel entonces, fue vencido primero. Yo lidié contra los hermanos en un principio, pero luego Jonast se recuperó y combatió con fiereza. No sé cuál de los dos merecía ser llamado débil, supongo que ambos lo éramos para desmayarnos por falta de energía.   La voz que escuchaba, me era familiar. Pero no lograba dar con los archivos concretos en el expediente de mis recuerdos. ¿Quién hablaba? Me recordaba a cierta persona.   —Señorita, usted está preocupada por este hombre. Me atrevo a decir que muestra mayor preocupación por él que por los demás —observó el doctor.   —Lo conozco.   Hubiera querido reírme, pero no podía. Alguien del frente de Urman me conocía. De pronto, cuando sátira había pasado por mi tráquea racional, pensé en quién podría ser. La verdad, no sabía quién. Por mucho que intentara remitir esa voz a los administradores de la memoria, no había éxito en los resultados de búsqueda. ¿Quién era esa voz femenina?   —Ni modo, señorita. Por favor, no descuide los demás pacientes.   —No, no lo haré doctor.   Una puerta se cerró, el eco hizo vibrar las paredes. Los tacones, dos o tres pasos se escucharon. Una mano tomó el borde de una silla, acercaron la silla, quizás a mi camilla. Alguien se sienta.   En la academia nos capacitaron para reconocer los sonidos. Acudieron miembros del cuerpo de operaciones especiales de Bianca para aleccionarnos. Nos metieron en un cuarto de cuatro paredes, que no eran blancas, y nos vendaron los ojos. Pasamos un mes entero, atrapados en la habitación del pánico, así le decíamos. Gritaban, lloraban, golpeaban cosas y debíamos describir los sonidos. Más de un estudiante perdió la cabeza. De hecho, uno de nosotros se suicidó al lanzarse por una ventana, al día siguiente de haber finalizado el entrenamiento de la habitación del pánico. El cuerpo cayó cerca del jardín, donde estaba el conserje. Este se quejó porqué debía limpiar un cuerpo. Fue el único que tuvo queja y, tal vez, se tomó a gracia la muerte del estudiante.   —Te recuerdo, James. Eres mi tesoro. Aún guardo nuestros momentos en el corazón —dijo la mujer en mi oído.   «¿Quién coño eres?», pensé. Miraba el techo con el ceño fruncido. Bueno, no era un techo, más bien era el espacio en blanco. Las cuatro paredes eran invisibles, para que te hagas una mejor idea.   Una mujer en la habitación, me hablaba mientras estaba en coma. ¿No sabía que ls escuchaba? Era una enfermera, quizás no sabía de estas cosas. Sin embargo, la voz sonaba madura y serie, decía sus palabras con firmeza y autoridad. Me devané los sesos para hallar una respuesta a la identidad de su voz.   ¿Quién, de mis conocidos, se fue a Urman y, además, era enfermera? Nadie. Kioto era profesora de arte y Esmeralda se había mudado a Lianca. Aunque después regresó a la capital, divorciada.   Había recibido cartas de ella, incluso algunos telegramas. Por supuesto, contesté. Mi esposa sabía sobre Esmeralda, dado que no oculto nada a mi mujer. «Iré a reunirme con una amiga de la adolescencia, ya regreso», dije. Esmeralda y yo quedamos en un restaurante de sushi. Mientras bebía vino en una copa de cristal con bordes dorados, esperaba la llegada de mi antiguo amor.   Cuando atravesó la doble puerta del restaurant, me levanté para abrazarla. Su ropa era cara y su bolso bandolera debía valer una fortuna. Conversamos durante dos horas, bebimos y contamos todo lo que necesitábamos saber el uno sobre el otro. El viejo sentimiento no estaba en los dos, así que no hubo polvo o infidelidad. Éramos amantes de la juventud que volvían a encontrarse en la adultez.   La última vez que hablé con ella, fue en la plaza central. Me dijo que migraría a Traint. Sentí un profundo pesar, ya que viajaría a otro continente. Como antes, se fue sin decir adiós. Mis recuerdos revivieron una herida. El malestar emocional duró dos semanas. Mi mujer pensaba que me había acostado con Esmeralda, pero pasado un mes de intensas charlas, aclaré que nada ocurrió.   Entonces, Esmeralda no podía ser la enfermera de turno. ¿Quién?   —Me alegro que ustedes estén con vida. Tú eres valioso… Quisiera decir lo mismo de Jonast, pero él es un caso perdido. No voy a perdonar su decisión… Nunca.   Se aclaró el panorama de la confusión, pero me quedaba la duda. Janette Brawford era periodista. Saber de ella, era imposible. Trabajaba en el canal siete, pero cabía la posibilidad de ser mandaba al frente de Urman para fungir como corresponsal de guerra. Los directores del canal estaban en contra de la decisión, pero sus empleados daban la espalda a la propuesta. Janette asumió la responsabilidad, así que decidió ir a Urman.   Nos reunimos, un día, en el parque. Después de graduarme, recibí una misiva de Janette. Explicaba que necesitaba verme y me citó en el parque. Cuando la vi, no había cambiado mucho, pero su rostro, con señales de la treintena, me pareció tierno. El sabor de sus labios había quedado marcado en mis sensaciones. En cuanto la nostalgia me invadía durante las noches, pensaba en la ambrosía carnosa de Janette.   Apenas nos saludamos. Con aire confidencial, me comentó que iba partir hacia Urman. Me pidió que hablara sobre Jonast, cómo estaba y dónde vivía, esas cosas. Encendió, incluso, un cigarrillo y dio una profunda calada como si urgiera llenar de humo sus pulmones y expelerlo por los orificios nasales. Sus ojos llorosos, a causa del ardor de la nariz, me parecieron lamentables.   Había cambiado demasiado, no era la misma Janette. Cuando el encanto se esfumó, vi una solterona de treinta años, adicta al cigarrillo y, tal vez, al alcohol. No tenía pinta de borracha, pero siempre quedaba la duda.   Luego de haber saciado su intriga sobre Jonast, me regaló dos cigarros y me dio un buen fajo de billetes. «Gracias, precioso», dijo con voz áspera y tosió como si sufriera neumonía. Me ofrecí a llevarla a su apartamento en un taxi, pero ella rechazó mi ofrecimiento con una amarga sonrisa. ¿Tanto había demacrado la decisión de Jonast la vida de su hermana mayor? No tenía sentido. Por último, antes de marcharse, me dijo que iba a cubrir las noticias en el frente de Urman. «No han llegado todavía a la ciudad, pero necesitan que esté allí cuando suceda», dijo. «Fui la única en aceptar la responsabilidad. Alguien tiene que dar la cara por la verdad. Soy protectora de la misma y como periodista, es mi deber transmitir la realidad del exterior de la capital». Le deseé suerte, después de escuchar una perorata sobre la moral del periodista, y me fui a la residencia con el discurso de Janette en el coco.   Al acostarme y mirar el ventilador de techo, sentí náuseas. En el fondo me preocupaba Janette. ¿Jonast sabía que su hermana había ido a Urman? No, quizás, no.   Recibí dos o tres epistolas con el sello de Urman. Sabía que era de Janette. Contesté y no recibí respuesta. Encogí los hombros y continué mi vida. Después de haberme casado y haber tenido una hija, di por muerta a Janette. Ni Jonast, ni su familia, ni yo, sabíamos algo de ella. Desapareció.   Jonast no se tomó a mal la desaparición de Janette. Deseó lo mejor para su hermana mayor, adónde quiera que estuviera.   —Espero abras los ojos y me veas. Creo que no me recuerdas si solo te hablo. Pero me sirve como desahogo, hablarte. Este lugar es deprimente. Desde que el ejército de Calvior invadió Urman, no hemos hecho más que preocuparnos por sobrevivir día a día. Las mujeres debemos estar recluidas en nuestros hogares y salir lo menos posible, somos objeto especial de los religiosos.   ¿Religiosos?   —Hay hombres armados que creen en la palabra de El Líder. Ellos buscan la verdad que él promete. Convertidos hacia una fe ciega y arcaica, decidieron, en grupo, combatir contra sus compatriotas. Aliados de los calvarian, disparan contra sus propios hermano e, incluso, hijos.   Atónito por la información, me costaba pensar que habían habitantes de Bianca de acuerdo con las doctrinas de El Líder.   Sí habían simpatizantes dentro del territorio, pero era gente que no representaba ningún peligro. El gobierno se dedicaba a diezmar cada creyente en la palabra de El Líder que hubiera en la nación.   Ahora que lo pienso, la censura de los partidos políticos era peligrosa. Si en Urman no tardaron en armarse y ser partidarios del bando enemigo, ¿qué detiene a los seguidores de El Líder en la capital de formar su propia organización? Temí por la seguridad de mi familia. Comprendí el motivo de partida de Verónica y Esmeralda. Ambas mujeres buscaban un lugar seguro para su bienestar humano.   Mientras estaba en coma, quizás, en las alcantarillas, se armaba un ejército partidario de la ideología de El Líder. La capital podría estar en riesgo. Sin embargo, la seguridad nacional era efectiva para detectar cada movimiento sospechoso.   Bien, si la seguridad nacional era tan buena, ¿por qué abandonaron Urman? Se suponía que debían proteger a la nación y acabaron, desde hace muchos años atrás, por abandonar la ciudad. Nosotros, Jonast y yo, éramos pilotos con altas calificaciones, pero con poca experiencia de combate. Los gobernantes mandaban la carne de cañón hacia un frente que podría acabar con sus mejores piezas del tablero.   Claro, con esto no digo que éramos los mejores. Detrás de todo número uno, existen otros números. Solo era cuestión de morir y ser reemplazados. Al final, éramos peones.   —¿Cuándo despertarás? Quisiera ver tus ojos de nuevo, querido James.   Janette y yo no sentíamos algo, que yo recuerde. Ella, al parecer, me veía con la misma ternura de cuando me besó en la noche. La impresión que me dio, fue aquella. Quizás estaba equivocado. Pero acostado en la camilla, supuestamente en coma, escuchaba aquella voz que reconcomía mi memoria.   Estaba casi seguro, luego de pensarlo, que era Jannette. Los muertos reviven.   —Jonast hubiera tomado una mejor decisión respecto a su futuro. Por mi culpa, él creció como todo un rebelde. Desobedeció mis consejos. Él, ahora, podría estar pintando un cuadro para la casa del presidente. ¿Qué hice mal?   Definitivamente era Janette. Ahogué el grito de sorpresa, pero no hacía falta si ni siquiera podía gritar. ¿Así será ser un fantasma? No podía ni hablar y la boca no se despegaba en absoluto. Podía moverme con libertad entre las cuatro paredes invisibles. Quizás así es el alma dentro del ser humano, encerrado en cuatro paredes blancas y atormentada por voces.   Cuando supe que era Janette, una pregunta llegó: ¿cómo puede estar viva? Todo estos en Urman. Su hermano mayor, Julián, no había sobrevivido en Arcorian del este. Bueno, exagero, Arcorian del este era un lugar frenético y violento. La guerra allí no era igual a la invasión de Urman.   El problema de la movilización de Calvior, era el bosque. Ni siquiera nosotros podíamos enfrentar a las criaturas desconocidas que habitaban en el camposanto de árboles. A veces me pregunto ¿qué diablos hacía unas vías de tren en medio del bosque más peligroso de Bianca? La misma pregunta debieron de haberla hechas los calvarian cuando vieron las vías férreas.   Por nuestra experiencia en el bosque y el aeropuerto, fue un milagro haberlo atravesó y, además, que nos trajeran al hospital. De por sí, era una tarea imposible que sacaran nuestros cuerpos.   ¿Qué habrá pensado Janette al vernos? Su hermano menor llegó en camilla. Han pasado tanto años que no sabría cómo reaccionar. ¿Por qué se convirtió en enfermera? ¿No era periodista? Tal vez la enfermería era más útil como rol en Urman.   Aún con pocos habitantes, Urman tenía una cuantiosa cantidad de gente preparada para defender el sitio. Me impresionó que hasta existiera uns rebelión y un grupo de simpatizantes de El Líder. El mundo, a las fueras de la capital, era distinto.   —Debo irme, lo siento, James. No quisiera dejarte solo, pero debo cuidar a otros pacientes. Incluso a Jonast.   El sonido del tacón, se puso de pie. Sus labios besaron mi mejilla.   —Sé que tienes una hija y una grandiosa esposa. Me alegra que te hayas convertido en un hombre de provecho. Regresarán pronto a la capital, ustedes no merecen estar aquí.   Dicho esto último, abrió la puerta y la cerró. La ausencia de la habitación me perturbó. Me hubiera gustado que se quedara un rato más. En fin, era su deber atender otros soldados. Yo era uno más del montón. Habíamos fracasado en la misión. Sabía que la capital no nos recibiría con vítores. Éramos los mejores aviadores y no tardaron en derribarnos. Una nación entera confiaba en nosotros. Además, Urman creía en el apoyo que el gobierno había prometido. Vaya fiasco que éramos Jonast y yo en aquel entonces.   Atrapado en las cuatro paredes, solo me quedaba esperar. Cerré los ojos para hundirme en el lago del sopor. Pensé en ni querida hija. Regresar a la capital y abrazarla, era mi propósito para estar vivo.   No sé cómo ni cuándo me quedé dormido, pero desperté a eso de las diez de la noche.
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