Capítulo 15

1396 Palabras
Durante las noches, James escribía cartas. No se sabía por qué lo hacía. Fingía redactar una carta para alguien, con remitente y sello. Una oportunidad introdujo una de esas cartas al correo, pero no quería que leyeran el contenido, pues creía que leían las cartas, una vez que llegaran a la oficina. Aunque no estaba del todo equivocado, dado que la seguridad nacional se encargaba de espiar la correspondencia. En fin, James tomó la carta que introdujo en el buzón y decidió guardar la correspondencia ficticia en una caja de metal. La caja era pequeña, pero tenía el suficiente espacio para guardar la cantidad de cartas que tenía. Era una especie de hobby, escribir cartas falsas. Un día decidió escribir sobre su vida, en una serie de cartas extendidas. Necesitaba una caja más grande y espaciosa. Entonces pidió la caja a su padre. Este le dio una caja de herramientas sin usar que encontró en el ático. James, todo alegre, empezó a redactar sus pensamientos y filosofía. Entrado en la adolescencia, a sus trece años, decidió escribir sobre su amistad con Jonast. Huelga decir que Jonast y él se conocían desde una edad temprana, pero comenzó a considerar a Jonast como su mejor amigo, a partir de la adolescencia. Las farolas del parque irradiaban luz. El cielo naranja se favorecía del tierno violeta, más allá cuando se escala hacia el paraíso. Graznaron unos cuantos zopilotes que deambulaban por ahí. El sonido de la fuente del tigre, relajaba hasta los músculos más tensos. James tenía un pantalón de talle alto y una camisa de botones negros. Las mangas estaban arremangadas a la altura el codo. Su cabello rubio no era del todo largo, pero sí caía un mechón ensortijado en el medio de la frente. Además, los zapatos eran de tacón bajo y orna pequeña. Por otra parte, Jonast vestía con una chaqueta de cuero confeccionada por su madre y un pantalón de jean, con la tela rasgada como si fuera un salvaje. No he hablado de los padres de Jonast. Su madre trabajaba como diseñadora de moda en una industria textil de renombre. Los miembros de la clase alta en la capital, se desvivían por las series de atuendos que exhibía la compañía en eventos de modelaje. Aunque era bien remunerada, la madre no llevaba el crédito y era la compañía la que crecía a costa de su talento. A pesar de todo, no se quejaba. ¿Quién se queja cuando puedes vivir holgada de lo que amas haces? Ahora bien, el padre de Jonast era un campesino, pero sus hectáreas hablaban por sí solas del poder económico que poseía. Thomas Brawford era el nombre conocido por todos los que trabajaban la tierra en Bianca. ¿Cómo diablos los padres de Jonast decidieron quedarse a vivir en una provincia retrasada en el tiempo? El padre le traía sin cuidado las modernidades. Su pensamiento del campo estaba asentado desde que nació y no hacía nada por cambiarlo. Para más inri, Janette, la madre de Jonast, también le importaba un comino la modernidad de la capital. Era una familia rara y cabe destacar que Jonast era el menor de tres hermano. Julián, Julia y Jonast, los hermano Jota, así les decían los vecinos del barrio. ¿Por qué vivir en un barrio si tenían tanto dinero? Era la pregunta que hasta James se hacía. Una vez preguntó a Janette sobre la posibilidad de adquirir una casa mejor, en una zona mejor de Zie-tse. Pero la señora no respondió, se quedó callada y bebió del té de jazmín. Cinco minutos de silencio incómodo después, ella contestó: «¿Quieres otra taza de jazmín, querido?». James no volvió hacer preguntas personales en sus siguientes visitas. Los padres de Jonast amaban a James. Incluso consideraban al muchacho como un cuarto hijo. Caso contrario a la familia de James, que no guardaban simpatía por Jonast. Sin embargo, la única que estaba loca por Jonast, era la hermana menor de James: Kioto. Era una niña de cuatro años, amargada y aburrida, como describe James en sus cartas. Pero con Jonast reía y jugaba. Por supuesto, el muchacho no se cohibía, pues, aunque no lo parezca, Jonast ama los niños. Quizás sea la felicidad de Kioto el motivo por el que los de James no corrieran a Jonast de la casa. —Es una espléndida noche, amigo —objetó Jonast con las manos en los bolsillos de la chaqueta—. Mira las constelaciónes. Las estrellas se movían, despacio, en el cielo. Una nebulosa luminosa se formaba derredor y formaba una espectacular mancha rosácea en el manto nocturno. —Eventos de la naturaleza que solo podemos ver en este mundo —comentó James, obnubilado. Jonast tomó una moneda que tenía en el bolsillo. Contempló el círculo de cobre como quien admira un diamante bruto. —¿Crees en los deseos? —preguntó Jonast. —No —respondió James. —Yo sí creo en los deseos, pueden cumplirse cuando menos lo esperas. —Lanzó la moneda e hizo ruido al caer en el agua dela fuente. James se acercó a la fuente y miró el reso de las monedas esparcidas en la piedra. Jonast se acercó a él. —Son cientos de deseos ahogados, todos en están en el fondo. Algunos se cumplen, otros no —dijo Jonast. Un grillo comenzó su serenata en la hierba del parque. —Los deseos no existen. No creo en ellos —dijo James. —¿No existen? Cada quién tiene un punto de vista diferente, James. ¿No crees? —Mi punto de vista es que los deseos no existen —sentenció. —¿Por qué no existen? —preguntó Jonast. —El deseo surge de la carencia de lo que queremos, y pedirlo a cualquier fuente, es tratar de rellenar la carencia con la ilusión de tener ese algo. ¿Por qué mejor no luchar por conseguirlo? —Hay cosas contra las que no se pueden luchar para obtenerlas. Más de una de estas monedas, es un deseo de algo que queremos tener, pero sabemos que no podemos tenerlo. Es imposible controlar las circunstancias a nuestro favor. Imagina al pariente de un enfermo terminal. Este pariente lanza una moneda a la fuente y pide el deseo de la pronta recuperación de su allegado. Días más tarde, muere el enfermo. James no respondió. —No se trata de luchar, sino de controlar lo incontrolable. Es diferente a la esperanza —concluyó Jonast. Una corriente de aire revoloteó el cabello de ambos chicos. —¿Qué deseo pediste? —preguntó James. —Los deseos no se dicen —respondió Jonast con una sonrisa funesta en el rostro. Esa misma noche, James se desveló con una carta. Era larga, necesitó más de catorce hojas para plasmar todo lo que quería dejar enterrado. Al finalizar la misiva, metió el compendio de hojas en un sobre grueso y ancho. Luego se dirigió a la caja, que estaba guardada en el armario, y la dejó allí como si fuera un feto abortado. Observó el feto de su mente por unos minutos más y cerró la caja. Como era de metal y tenía una cadenas a ambos costados cuando la abría, cada vez que lo cerraba, antes del clic, sonaba como si arrastraran algo por el suelo. Kioto se asomó en la puerta, pronto cumpliría cinco años y ya caminaba por la casa sin ayuda de nadie. Tenía el oso de peluche que James le había regalado en su cumpleaños número tres. Con el pulgar dentro de la boca, el ceño fruncido, miró a James como si fuera un espécimen desconocido y repulsivo. James no le prestó atención a su hermanita, tomó una revista aeronáutica, que le prestó Jonast cuando iban de regreso a casa, y se acostó en la cama a leer. —¿Jonast? —preguntó la niña. —Él está bien —contestó James. La niña asintió y se marcó. Probablemente durmió tranquila con la respuesta de James. Al rato de leer unos párrafos sobre el nuevo F-4, dejó la revista a un lado y miró al techo. El claro de la luna bañaba de plata su mano. La ventana estaba al lado de su cama. Las cortinas, cortas, estaban guardadas en el tubo de enganche. Posó las manos a la altura del estómago. Soñó con ser piloto de la aviación.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR