Capítulo 16

1960 Palabras
Los rayos del alba producían una pantalla de luz en la neblina de los valles. Apuntando con el índice hacia el cielo, Jonast esperaba una mariposa. Su hermana Julia, también esperaba el momento. Sostenía la cámara, acostada en la hierba. —¿Cuánto tiempo debo estar así? —preguntó Jonast, hastiado. —Unos minutos más —dijo ella con el dedo en el disparador. —¡Me has dicho lo mismo cada media hora! —se quejó Jonast. —¡Ay, por favor! ¿Puedes callarte? Julia tenía dieciocho años. Era una estudiante de periodismo de la escuela mediática de Xanchié, ciudad cercana a Zie-tse. Desde niña le gustaba hacer fotografías con su hermano Julián. Quiso ser reportera cuando cumplió los quince años y tuvo su primera cámara gracias a su hermano mayor. Desde el día en que empezó a hacer fotografías, Jonast era atormentado. Todos los fin de semana, salían a los prados Osmoe para capturar alguna escena. ¿Valía la pena molestar a Jonast? Julia amaba molestar a su hermano menor. La cantidad de bromas ligeras eran agobiantes para Jonast. El muchacho, sin embargo, estimaba, en el fondo, a su hermana. Su cariño nació desde que Julia se encargó de él. Thomas y Janette no tenían tiempo para educar a Jonast. Entonces, Julia tomó las riendas para criar a su hermanito. A veces solían discutir, pero los motivos eran tontos. Las nimiedades que hacía Jonast no eran tan graves para afectar la hermandad. Cuando Julián visitaba a la familia, Jonast y Julia aprovechaban para divertirse con él. Julián era un hombre carismático, caía bien a la mayoría de las personas que lo conocían. Trabajaba para el canal siete, exclusivo de la televisión nacional, como presentador. Su porte y sonrisa causaban una favorable impresión en los espectadores. «¡Buenos días damas, caballeros, no binarios y extraterrestres! Hoy iniciamos con la cobertura del festival aéreo», decía en la pantalla monocroma. Janette y Jonast veían a su hermano mayor sentados en la alfombra de la sala. —¡Me aburro! —se quejó Jonast. —¡Cállate! ¡Oh! ¡Allí viene una! —¿Dónde… —¡No levantes la cabeza, imbécil! Estarás media hora más así… Allí viene, se acerca… ¡No te muevas! Espera… Aguarda… —La mariposa se posó en el dedo de Jonast—. Ahora. —Accionó el obturador y suena. —¿Listo? —susurró Jonast. —Sí. La instantánea salió de la abertura rectangular de la cámara. La imagen era espectacular: una mariposa envuelta en niebla con los rayos del alba de fondo. Jonast silbó de la impresión que causó tal imagen. —Es increíble —masculló—. Valió la pena estar media hora como un zopenco en la hierba. Un lobo de electricidad, hambriento, se acercaba por detrás de un seto. Janette percibió la energía del lobo. Jonast estaba encantado con la fotografía, no advirtió el semblante adusto de su hermana. De pronto, el lobo comenzó a gruñir. Por suerte, Janette tenía un vestido con flores estampados. La movilidad en combate era primordial para defenderse de los lobos eléctricos. La clase de defensa contra la vida silvestre de Bianca, era materia obligatoria en la primaria. Por tanto, Janette podía defender a su hermano del ataque de una criatura. No era la primera vez que sucedía. En una ocasión los atacó una araña de fuego. Janette defendió a su hermano con valentía. La hermana era una maga experta, la mejor de su clase. Julián no era bueno con la ejecución de conjuros. Jonast apenas aprendía a conjurar los elementos básicos. —Agáchate —ordenó su hermana con tono tranquilizador. Jonast no sabía qué ocurría, ni siquiera había aprendido a percibir la frecuencia que emitían las criaturas mágicas. Sin embargo, el rostro de su hermana hablaba por sí solo, no hacía falta juzgar lo que decía ella. De modo que se agachó y no dijo nada, la sonrisa se había esfumado del rostro. —¡Explo! —conjuró al voltearse en dirección al lobo. El lobo saltó del seto y evadió la explosión. En el aire, el animal se convirtió en un rayo. Janette debía actuar rápido. —¡Magnotem! —Chocó las palmas en un abrir y cerrar de ojos. El campo magnético afectó la transformación del lobo. Como consecuencia, el can cayó hacia la hierba, aturdido y materializado. Janette corrió hacia el lobo, posó la mano derecha en la cabeza del animal y conjuró: «Absorga». Emitió un gemido, como si una avispa lo hubiera picado. Luego cerró los ojos, lento, como si estuviera muriéndose por dentro. El lobo desfalleció en la hierba. —¿Lo mataste? —preguntó Jonast, horrorizado, pues los lobos eléctricos eran sus favoritos. —No, está neutralizado. Absorbí su energía, seguro despertará mañana. La cámara se había estropeado, pero la fotografía no. Janette chistó con la cámara en mano. —Vaya, ahora debo arreglar la cámara. En fin, ¿vamos a comer pizza? —¿Me lo preguntas? —inquirió Jonast con una sonrisa. Janette manejaba un escarabajo rojo. Era su primer auto. Trabajó como asistente de cocina en un restaurante de bajo fondo durante tres meses. Cuando adquirió el automóvil, nuevo y con aroma a pino, viajó a las ciudades cercanas, que eran tres: Xanchié, Zurich y Biang-dāo. Ella aparcó en el estacionamiento de una pizzería famosa de la ciudad: Cactus pizza. Un enorme cactus, con bigote y lentes de sol, sostenía el cartel publicitario de una marca de autos. Además, había una pizarra en la entrada del local que explicaba el menú del día. Una vez que enteraron a la pizzería, se sentaron en las sillas. Los ventiladores giraban y se tambaleaban. Jonast tenía miedo que cayera encima de un cliente. Eso nunca había ocurrido y desde que tenía memoria, los ventiladores siempre eran así de defectuosos en Cactus pizza. En el fondo del local, encima de una tarima, cantaban unos mariachis. Janette movía la cabeza al son de la música. Conversaron banalidades, nada importante que mencionar. Pidieron una pizza cuatro estaciones: pepperoni, maíz, jamón y chorizo. Además, pidieron unas gaseosas. Hermano y hermana compartían risas, chistes y algún que otro chisme. Jonast amaba pasar los días con su hermana mayor, pese al tormento que a veces lo sometía. Janette no era tanto una hermana para él, sino una madre. Jannette no era chica de tener el cabello suelto. Dos coletas bajaban por sus hombros como dos enredaderas. De complexión atlética, le gustaba hacer gimnasia. En su habitación habían medallas de viejas competencias. Cuando era niña, había ganado un torneo nacional. Continuando con la descripción de su apariencia, el rostro mantenía un aire risueño, era ovalado pero a veces parecía triangular. Sus líneas eran delicadas y suaves. Además, sus cachetes pecosos eran rellenos. La piel resaltaba con el cabello moreno. —¿Qué harás hoy? —preguntó Jannette cuando faltaban dos pedazos de pizza. —Nada especial, supongo —contestó Jonast, encogiendo los hombros. —¿Te apetece ir al cine? —Toma un trocito de maíz y se lo come. —No sería mala idea. —Pensaba que ibas a salir con tu guapo amigo —dijo Janette, ruborizada. —¿Qué? —¡Nada, nada! No escuchaste nada… ¡Bien! —puso las manos en la mesa—, vámonos. En secreto, Jannette quería a James. Dado que doblaba en edad al adolescente, no podía hacer nada más que observarlo como un objeto imposible de alcanzar. Una noche estrellada, James se quedó a dormir en casa de Jonast. Primero se durmió Jonast, pero, luego, James bajó las escaleras. Jonast no prestó atención a su amigo, de modo que volvió a dormirse. «¡Cualquiera tiene ganas de ir al baño a estas horas!», pensó. James no estaba en el baño, sino en la alcoba de Janette. Ambos se encontraron en el pasillo. Luego de años, Jannette sintió que podía lograr su cometido, así que metió a James a su alcoba y cerró la puerta con llave. El joven Anford, atónito por la actitud de Janette, se quedó paralizado en la puerta. «¿Quieres ayudarme a organizar mis muñecas de trapo?», preguntó con voz calmada. Al cabo de unos minutos, de haber empezado a ordenar las muñecas, Janette besó a James en los labios. Fue un beso apasionado, pero no pasó más allá. Janette tenía diecisiete años, apenas iba a cumplir los dieciocho. «¡No digas nada de esto o te vuelo la cabeza!», amenazó a James. Desde que Janette conoció a James y supo que era amigo de su hermano, aprovechó de hacerle bromas también. No obstante, sus hormonas suspiraban por el niño rubio de ojos encantadores. Aquella noche, sucumbió a su deseo, pero no podía excederse, pues James debía juntarse con las chicas de su edad. Janette y Jonast vieron una película de acción. Se rieron de las escenas de comedia, que abundaban, y comieron palomitas de maíz. Al finalizar el día, fueron al parque para disfrutar de un algodón de azúcar. Se sentaron en los bancos de hierro y contemplaron las palomas. —¿Qué quieres ser cuando seas adulto? —preguntó Janette, mordiendo el algodón de azúcar—. Veo que tienes don de artista. —¡Traga antes de hablar, mujer! —¡Cállate! Unos trocitos de algodón, con saliva, se adhirieron a la piel de Jonast. Ella se rio de la expresión de asco que hizo su hermano. —Habla —insistió Janette. Jonast terminó de retirar el algodón de azúcar de su rostro. —He soñado con volar. El dibujo me gusta, pero no quiero ser artista —confesó Jonast. —¿Volar? Seguro son las revistas esas que trae Julián que te meten ideas en la cabeza sobre el vuelo. —A mí me gustan las aves mecanizadas… —Son instrumentos de guerra, Jonast… —¿Y? ¿Eso me tiene que importar? Tú no sabes nada del F-4. —No me hace falta conocer sobre esas máquinas que trae el gobierno. Son peligrosas. La verdad, no quisiera que manejaras esas cosas. —La decisión es mía, Janette… —Aún te queda tiempo para decidir, vas a cambiar de opinión. —¿Y sí quiero ser aviador? No me vas a detener, hagas lo que hagas —desafió Jonast, irritado por la conversación. —¡Ja! Le diré a Julián que traiga pinturas, lápices y materiales de dibujo. Tú serás artista. Lo militar no te queda ni por asomo. Eres muy rebelde. Para ser militar, necesitas, incluso, paciencia y oído. —¡Yo seré un gran aviador! Además, hermano no te hará caso. Él sabe que me gustan los pájaros de hierro. —¡Vaya, qué insistente eres! Veamos cuánto dura esa decisión —su rostro se oscureció— estúpida de ser aviador. Eres cobarde, no sirves para estar en la guerra. —¿Qué te hace pensar que habrá una guerra? ¿Ves qué eres exagerada? Nadie habla de guerra, tú solita eres la desquiciada que habla de guerra. Quiero entrar en la academia militar de la aviación para pilotar un F-4. Surcaré los cielos y me reiré de ti. —Si tan solo dejaras de leer revistas y leyeras periódicos… Pero no estás preparado para conocer la realidad internacional. Tú serás artista, no me equivocaré. —Los ojos de Janette expresaban tristeza y preocupación. Años más tarde, Janette lloró cuando se enteró que su hermano menor aprobó los exámenes de ingreso en la academia militar de la aviación. Desde día, Janette cortó toda comunicación con su hermano. Sin embargo, sabía de él gracias a James. Pero James, un día, dejó de escribir, en secreto, a Janette. De manera que la hermana mayor de Jonast, no volvió a saber nada de él.
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