Capítulo 17

2033 Palabras
Caminó en el sendero del bosque. Fueron hacia un lugar apartado. Había una cabaña abandonada, aunque no estaba sola del todo, pues había una familia de lechuzas adentro. Buscó el lugar apropiado, un sitio que nadie visitara más adelante y solo él supiera que algo había allí: un secreto. Con la pala en mano, enterró el filo y empujó con el pie, Inició el proceso de excavación. El sol estival era cálido. No había suficiente viento para mover las tiesas ramas de los pinos. Cerca había un lago, los patos conversaban en su idioma animal. Un sapo se comió una mosca. Esperó, como una estatua, encima de la hoja, apareció la víctima y la lengua feroz se tragó al pobre insecto. Apenas sintió algo. Simplemente, todo se oscureció. James cavaba para enterrar la caja de herramientas. Había cumplido quince años. Su corazón latía rápido, como agitado por la presencia de un ser siniestro. Pero ese ser siniestro era la sombra de sus palabras en las cartas. Veía la caja, cuando descansaba, y escuchaba su propia voz multiplicada por cinco seres que monologaban sobre diversos temas. Su pecho se levantaba, arriba y abajo. Los músculos, marcados por el ejercicio, estaban hinchados. Hubiera querido que Jonast asistiera al funeral, pero Julián, su hermano mayor, había llegado de viaje. Las noticias no eran agradables, dado que Calvior estaba en tensión con Bianca. El gobierno no aceptaba el mandato religioso de El Líder. Por tanto, exigían la vuelta de la mandataria legítima: su majestad Drisna Miaravich Zargarov. Además, la guerra contra Celis se recrudecía cada mes. Lianca era neutral, pero no tardaría en apoyar a Celis y eso significaba una ruptura diplomática con Calvior. En consecuencia, si Lianca entraba en guerra, Calvior pediría la orden de movilización de sus tropas en territorio biancano. Bianca no iba aceptar la movilización y no quedaría remedio: guerra. Todo esto afectaba la nación. La decisión de ir a la academia militar de la aviación era irrevocable. La familia de James aceptó su decisión. Por otro lado, Janette fue la única integrante de la familia Brawford que no aceptó la decisión de Jonast. No serviría de nada llevar una caja atiborrada de cartas a la academia. ¿Quién iba cargar con voces encriptadas en letras negras sobre un papel? Con este pensamiento, James prefirió enterrar su niñez y, pronto, su adolescencia. Esmeralda esperaba en la cabaña, pues sabía que su amante necesitaba apoyo emocional. La muchacha se iba a casar el año que viene con un hombre acaudalado. Por supuesto, era un matrimonio arreglado que favorecía la economía de la familia. James recibió la noticia con tristeza, pero no podía hacer mucho. Él era un joven con un futuro incierto y ella era una chica con un futuro asegurado. Una situación similar que ocurriría años después con Verónica y Jonast. Terminó de excavar, era un hueco profundo. Agarró la caja como si fuera una reliquia de mil años. Cerró los ojos, pensó en los días que escribió cada una de ellas. Numerosos recuerdos pasaron en su mente, como si fueran pantallas pequeñas que reprodujeran escenas de los momentos más maravillosos de su vida. Cuando se agotaron los recuerdos, cayó en la cuenta que apenas tenía quince años y no había vivido suficiente. De manera que los recuerdos eran pocos y no muchos. ¿Qué tanto había escrito? Pensó que eran montones de recuerdos, pero había olvidado la cantidad de días que había escrito. Sacó la cuenta en la calculadora mental. Habían recuerdos borrados para abarcar los mejores. «Entonces, olvidamos lo innecesario para recordar lo importante. Pero hay fragmentos en los mínimos recuerdos que dan esencia a los grandes recuerdos. No sé qué ocurrió, pero la mente es compleja. Los días están registrados en estas cartas, pero hay días que no recuerdo». Encogió los hombros y tiró la caja. Procedió a echar tierra para rellenar el hueco de su alma. Una vez que finalizó la faena, se dirigió a la cabaña. Con lágrimas en los ojos, besó a la chica. Hicieron el amor frente a la chimenea. James eyaculó dentro de la muchacha. Esmeralda no podía tener hijos, dado a un aborto que había tenido hace un año. De modo que James podía acabar las veces que quisiera dentro de ella. Al fin y al cabo, tampoco se volverían a ver. El amor de su juventud tenía los días contados. El haz de luz entraba por los agujeros del techo de la cabaña. Virutas polvo bailaban en el aire. Los ladrillos de la chimenea conservaban el hollín del fuego extinto. ¿Cuánto tiempo tenía la cabaña abandonada en medio del bosque? Nadie sabía la respuesta, ni siquiera habían leyendas u especulaciones. Los adolescentes lo usaban para fornicar, era una base destinada al sexo clandestino. Por las noches no se acercaba ni un alma y era dudoso que un fantasma se adueñara de la cabaña. La madera se podría con cada lluvia, pronto la cabaña desaparecería y se convertiría en un recuerdo consumido por la lluvia y las termitas. James pensaba en el descenso de los seres vivos. «Nacemos en la cúspide de la niñez y descendemos hacia la vejez. El viaje de la vida no es una subida. Cuando pisamos tierra, nos volvemos parte de ella». Esmeralda seguía despierta, parecía reflexionar sobre algo. Sus bucles dibujaban espirales en el pecho de James, como si este fuera un lienzo y el pincel fuera el cabello. —¿Qué piensas? —preguntó James y acarició a la muchacha angustiada. —En la guerra —respondió como si le costara pronunciar la palabra: guerra. —Mientras Lianca no rompa el tratado Wildsea, preocuparse es lo de menos. —James —apoyó el mentón en el pecho derecho de su amante—, en cualquier momento puede ocurrir. La guerra es impredecible. La reina Drisna fue derrocada para sorpresa de muchos. Yo era creyente, junto a mi familia, que Drisna podía vencer. Era una niña y no entendía la importancia de la reina en Calvior. Apoyaba a la reina porqué era la propaganda que veía en la televisión nacional. Siendo una chica con edad suficiente para entender el movimiento del mundo, comprendí la tristeza de mi familia al enterarse de la fuga de la reina a Celis. —Calvior está en guerra con Celis. Nosotros no pintamos nada en sus problemas. Siempre ha sido así, ¿verdad? Vamos, en la historia de nuestro continente nunca ocurrió una guerra Bianca-Calvior. La mayoría de las disputas eran Celis-Calvior y Lianca-Calvior. Tal vez no se metan con nosotros. Pero si rompen el tratado Wildsea, establecido en la época Zorro de mar, sí nos veremos en aprietos. El gobierno no aceptará una movilización en nuestro territorio. —Intentas negar lo inevitable, James. Hay que aceptar que nuestro destino es sufrir la decadencia de la guerra. Estamos en otros tiempos. Los motivos de otrora no son iguales a los motivos del presente. El Líder persigue a los no creyentes. Desea establecer una nación unificada que alabe al señor del abismo. Además, planea traer al mundo al demonio que Celis derrotó para traer la paz a nuestro continente. —Me trae sin cuidado la inferencia que haces, Esmeralda. No pongas esa cara… —A ti todo te trae sin cuidado. —Se sentó—. ¿No puedes preocuparte un poco por el futuro? Si una guerra sucede, tú estarás en la academia militar y deberás luchar por nuestro país. ¿Entiendes? Ir al servicio militar es entregarte al nacionalismo en cuerpo y espíritu. Defenderás a millones de biancanos que pondrán su corazón en tus acciones contra el enemigo. Eso es llevar una responsabilidad en la espalda y pareciera que no entendieras. —No, no lo entiendo, soy un crio apenas y disfruto el presente —dijo, irritado por la conversación con Esmeralda—. Tú no deberías preocuparte. Hablas por ti misma… —¡¿Por mí?! —alzó la voz—. ¡Hablo por ti porqué me preocupa tu vida! Me casaré con un inepto que no vale nada. Tú eres quien amo y no quiero perderte de ninguna manera. Sé que me voy, pero en el futuro tú debes estar con vida. Deseo verte como un hombre derecho y recto, con una familia que cuidar y una mentalidad madura. Ahora eres un niño y no entiendes mis palabras, pero recordarás lo que te digo cuando estalle la guerra. James besó a Esmeralda y acabaron por hacer el amor de nuevo. Cuando James eyaculó, pasado unos veinte minutos, ella se durmió. «Falta mucho para la guerra. Aún no estamos preparados. Ni Jonast ni yo debemos pensar en una futura guerra. Vivimos en una provincia al sur de la capital. Estamos a kilómetros del centro del país. Yhanbidia queda al otro extremo del país y es una ciudad cercana a la frontera de Arcorian del este, igual que Urman. Para que el ejército de Calvior alcance la provincia Zu, deberá pasar por un pueblo dispuesto a derramar sangre». Cuando James llegó a casa, subió la escaleras. Encerrado en la habitación, escribió una última carta. Desahogó sus nervios en el papel. Abrió la ventana, busco una vela y la encendió con una cerilla. Quemó la carta. «A los dieciocho debo renunciar a mi hogar. Cuando pise la academia militar me convertiré en propiedad del Estado. Estaré bajo las órdenes del presidente y el Ministerio de Defensa Nacional. Seré esclavo de los mandatos de los superiores, que me verán como un peón. Si muero en combate, me recordarán unos pocos. El soldado pasa inadvertido en la mente del pueblo, ya que es parte de la sociedad que no tiene nombre y muere por los individuos desconocidos». Kioto tenía seis años, jugaba con las muñecas en su habitación. James se acercó, la niña frunció el entrecejo como era habitual en ella. —¿Qué haces? —preguntó James. —Juego —respondió a secas. —¡Ah! Se sentó en el borde de la cama de Kioto. Miró el cuadro de una bailarina. Luego observó la televisión compacta de juguete. Había, en la esquina, una casa familiar. Un baúl conservaba los juguetes de ella. Por un instante, James imaginó una vida sin su familia. Una bomba cae en la casa y extermina a sus seres queridos. ¿Dónde irá Kioto y sus padres? James se levantó y abrazó a su hermana. Kioto no forcejeó como acostumbraba hacer cuando James la tocaba, pues barruntó que algo andaba mal con su hermano. —¿James? —Kioto, te quiero —dijo James y besó la testa. James se marchó de la habitación. Dejó anonadada a su hermana. «¿Por qué hizo eso?», se preguntó Kioto. La vida no era igual desde que Esmeralda había abierto sus ojos. Salió de la casa con las manos en los bolsillos. Temía por su futuro en la academia militar. «Por más que niegue el miedo, un día saldrá con la lluvia. Enterré bien los recuerdos, pero no aseguré dejar en el fondo al dichoso miedo. ¿Seré capaz de llevar una gran carga en mi espalda?». Recordó el vuelo del P51. «Todos me verán en el aire y sus vidas dependerán de mis maniobras. Como yo veía al P51, un joven me verá en el aire». Con la cabeza embotada por el temor, anduvo por el caminito de piedra hasta el garaje. Pasó la mano por su cabello y sacudió la cabeza. «Me hace falta una cerveza», pensó. Duró un rato en el garaje, hasta que Kioto se acercó. Su hermana, por voluntad, abrazó la pierna de su hermano. James se agachó y abrazó a Kioto. Sus lágrimas no tardaron por descender en las mejillas. —¿Por qué lloras? —preguntó Kioto. —Porque no quiero perderlos. —No nos perderás —repuso Kioto. La bomba… La imagen de la bomba al estallar en la casa. Había visto los bombardeos en Arcorian del este. Los soldados celistianos intentaban repeler la avanzada calvarian, pero era imposible. Los bombardeos alcanzaban hogares indígenas de Arcorian. Las familias huían despavoridas, pero eran atravesadas por las balas de una ametralladora. «Kioto, nunca crezcas, quédate como una niña. La realidad es horrible», pensó James.
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