46 —¿Cómo demonios llamas a estas horas? —dijo Kay, con voz de cansancio y enfado al mismo tiempo—. ¿No podías esperar hasta la mañana, Slim? Slim miró su reloj, pero no estaba, tal vez olvidado en su habitación. Estaba oscuro, pero un cielo despejado y una luna casi llena iluminaban el montículo de Bodmin Moor, un mar espectral que aparecía en el horizonte, las desiguales cumbres perdidas y los barcos abandonados levantados por la marea. No recordaba cómo se había hecho de noche. No importaba. —Kay se trata de ese vídeo que te envié. Necesito aclarar unas cosas. —¿Ahora? Estoy haciendo algo. —Mira, lo siento. No te llevará ni un minuto. Solo tengo que saber por qué te pareció aterrador. Es un vídeo familiar, ¿no? Una chica, un hombre viejo, una madre en silla de ruedas, una hija. ¿C

