Los días después de la llamada de Rome pasaron con una lentitud dolorosa. Él, como siempre ocurría, pasó de llamarme diez veces al día o llamarme sólo una y cuando se dio cuenta finalmente que yo no respondería nada, se detuvo. Rome se detuvo de llamarme de la misma manera en que se detiene el corazón de una persona al morir. Y así era como me sentía. Después de querer que él dejara de insistir con sus llamados, lo único que quería era que volviera a llamarme porque sabía que iba a responderle la llamada y le iba a decir que volviéramos, que yo estaba irrevocablemente enamorada de él y que no había nada que pudiera hacer para dejar de sentir lo que sentía. No obstante, nunca lo hizo. Y está bien. Está bien porque yo no quería seguir jugando con sus sentimientos. Está bien porque el corazó

