Diciassette

783 Palabras
La habitación pareció llenarse de una atmósfera cálida y dispuesta a brindarle a la pareja el espacio que ambos estaban necesitando desde hacía tanto tiempo. Jared tomó la mano de Maia atrayéndola hacia él, permitiendo que la mujer se apoyará en su pecho, los labios del joven rodearon con veneración el rostro de la ceniza, quien levantó la cabeza y entreabrió la boca como si el aire no fuese suficiente para poder respirar. Cada roce era una sensación nueva para Maia, tal vez conocida hace mucho, cuando Hadriel la amaba y le decía que era su mundo, pero perdida en la rutina de la convivencia y el trabajo desde el nacimiento de Leila. —Te he esperado tanto… —susurró Jared, su voz quebrándose apenas—. Desde la primera vez que te vi en esa presentación, mi mente y mi corazón te fijaron como mi único amor. —Jared…no… El beso que evitó la excusa fue suave, exploratorio, pero pronto la ansiedad de los años acumulada por el joven amante, se transformó en uno urgente y posesivo. Los labios de Maia se movieron con intensidad contra los suyos, con pasión contenida y demostraron una timidez que sorprendió a Jared, quien deslizó una mano por la espalda de la ojigris apretando el agarre y haciéndole sentir el bulto en su entrepierna. Maia dejó escapar un suspiro y rodeó su cuello con los brazos, acercándose aún más, como si quisiera fundirse con él. Cada beso subía de intensidad, cada caricia dejaba una marca invisible, dejó de pensar en quién era la persona que, con maestría, se dedicó a desabotonar la ropa y pasar sus dedos sobre su piel desnuda. —Jared… —murmuró Maia, jadeante—. Por favor, hazlo antes de que me arrepienta… El azabache la levantó ligeramente, recostandose en la cama, y sus manos comenzaron a recorrer el fino cuerpo con delicadeza, descubriendo cada una de las curvas y formas de la piel de porcelana que inventaba en sus fantasías y que, ahora estaba bajo de él gimiendo por las sensaciones que le provocaba su tacto y los besos que comenzó a depositar desde cuello hasta los senos que lamió con codicia. Bazma se arqueó hacia él, respondiendo a cada movimiento con igual necesidad, como si cada roce borrara la distancia y el tiempo que los había separado. La respiración se volvió más pesada, sus cuerpos más cercanos. Cada beso, cada caricia, cada suspiro era un intercambio de años de amor contenido por parte de Jared, y de miedo y deseo reprimido de Maia. —Nunca dejaré que esto termine —susurró Jared, su voz profunda y llena de promesa. Maia guardó silencio, odiaba las promesas, desconfiaba de las palabras dichas en el calor de la emoción. Lo único que salió de su boca fue un gemido cuando Jared se irguió y bajo con cuidado sus bragas, la visión del chico se nubló aprovechando a inclinarse sin quitar los ojos avellana de los grises. La sensación húmeda recorriendo su intimidad, hizo que Maia apretase las sábanas con fuerza, no quería venirse, menos en la boca de Jared, pero era difícil no hacerlo cuando el azabache parecía quererlo. Jared se incorporó viendo su obra, el rosado de la piel antes pálida, la pupila en los ojos grises dilatada, y el labio que, el borde los dientes mordía para evitar que se le escapara algún sonido. No le dio tiempo de normalizar su respiración, de una sola estocada entró por completo en ella, esa tarde la marcaría como suya, y por un orgullo tonto quería que ella lo aceptará como su verdadera y única pareja. Las uñas de Maia se clavaron en los hombros del muchacho que le mordió sobre la clavícula mientras iniciaba un ritmo enloquecedor para ella y que demostraba la ansiedad de su amante; quien la agarró con firmeza, permitiendo que la ojigris simplemente respondiera con jadeos y susurros cargados de lujuria. Finalmente, el orgasmo pleno y sincero compartido. Jared se recostó para atraer a Maia invitándole a un abrazo que reflejaba el calor y la intimidad que compartían. Jared sostuvo a Maia cerca, su respiración mezclada, sus corazones latiendo al unísono. Maia se sintió como la mujer que hace años no recordaba que existía, aquella que se perdió en los roles de madre y esposa, y que dio paso al sexo por obligación una vez cada quince días o cuando se pudiera. En ese instante, ese reconocimiento de ser mujer, la embargó, y más cuando la mano de Jared seguía deslizándose por su cuerpo y murmuraba palabras cursis. El cansancio post-intimidad la invadió, cayendo poco a poco en un sueño profundo y en su rostro una sonrisa de satisfacción.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR