OTTO

1690 Palabras
La noche en Port Prince en la época de verano era una de las más hermosas visiones para quienes amaban el campo, pero esa ocasión, se sentía demasiado fría y pesada. Maia le dio la bienvenida a Hadriel, que le extendió un ramo de tulipanes amarillos, un mensaje de disculpas y el anhelo de la reconciliación que el hombre esperaba obtener de esa velada, sin más preámbulo, le pidió fueran al comedor. Una vez servida la cena, el sonido de los cubiertos fue lo único que se escuchó en la estancia, llevaban veinte años de casados, y en ese instante parecían dos desconocidos. El aroma del pollo y la salsa de champiñones llenaba la habitación, pero no lograba disipar la tensión. Maia clavó su tenedor en el ave y miró a Hadriel llevarse el pedazo de espárragos a la boca. —¿Por qué nunca me dijiste que mantienes a tu exnovia y a su hijo? Envers se removió en la silla, nervioso. —No es lo que piensas. Es complicado. —¿Complicado? —repitió Maia con desdén—. Te diré lo que es complicado, aguantar por años las burlas y desaires de tus dos mejores amigos, escuchar como tú única hija te dice que te odia, llegar a casa confiada en que tu marido está trabajando, y luego enterarse que en cada viaje va a revolcarse con la “supuesta” hermana con la que tiene un hijo. El tenedor hacía rato abandonó la mano de Maia, quien se levantó en medio del reclamo furiosa por como Hadriel sostenía la mentira que ya se había descubierto. —Quieres arreglar esto, pero sigues mintiendo —dijo un poco más calmada—, sé todo, de su ruptura, de la noche en que concibieron a Jared y como te lo dijo Román en nuestra maldita boda, sé de los años que la buscaste, de tus encuentros con ella y de que desde hace seis años la tienes como tu amante oficial en la casa de Vila, donde lo único que hace es drogarse y acostarse con otros hombres, mientras le guardas fidelidad evitando tocarme. Lo último fue dicho con un grito quebrado por los sollozos que Maia prometió no tener. Hadriel colocó el cubierto en el plato que retiró para colocar sus manos cruzadas sobre el fino mantel. —Cuando me enteré del embarazo le prometí a Vila que no la iba a desamparar, era mi primogénito y no quería que el bebé sufriera por nuestra ruptura. Así que, sí, he estado ayudándola financieramente. Maia apretó los puños, esperaba un poco más de lealtad por parte de Hadriel, lo mínimo que merecía era saber lo que ocurría con los Pozo, empero, como siempre que se trataba de ellos, su marido prefirió callar y complacerlos en sus peticiones. —Al menos ahora sé porque las sumas desorbitadas de dinero que enviabas a la viuda Pozo, la mujer es experta en malbaratar las fortunas. —¿Lo dice la hija del estafador Abraham Bazma? Y ahí estaba de nuevo la puñalada, decir algo malo de los Pozo equivalía ser atacada con el pasado de su familia. Maia caminó hasta el mueble que se hallaba en el comedor, abrió uno de los cajones y sacó una carpeta que arrojó frente a Hadriel. El hombre la recogió examinando su contenido, documentos de Abraham y Nereida Bazma donde se veía su relación con los Pozo, los pagarés firmados por Alexandro, los recibos de condonación de las deudas, así como la declaración firmada del patriarca Pozo que acusaba a Bazma de peculado y malversación de fondos del Estado. Un sobre de Manila con el nombre Maia era lo último en la carpeta, Hadriel vació su contenido en la mesa. —Cuando supe del uso de la tarjeta que me robó Leila, pedí un seguimiento a las compras y a quien la usaba, ahí tienes la información de Milena Reyes, como se hacía llamar tu querida amante Galia Pozo. La reacción de Hadriel fue la esperada, tiró todo al piso para dirigirse a donde Maia estaba de pie en una posición que hacía muchos años no le veía, tan fría y digna como cuando la conoció y enfrentaba las burlas e insultos por lo que hizo Abraham. Cegado por la rabia, Envers levantó el brazo para abofetearla, ella no se movió ni un milímetro, incluso, podría asegurar que lo retaba a hacerlo. —Te aconsejo bajes esa mano si no deseas un problema conmigo. Hadriel se volteó hacia el intruso que interrumpió en el comedor, Jared avanzó para tomar la muñeca de Maia para colocarla detrás de él—. Cuando uno se acostumbra a verdades a medias, la realidad duele, Galia es eso y mucho más, que no hayas querido verlo es otra cosa. —¿Qué haces aquí? —Lo invité a quedarse, tal como debió ser hace veinte años, es tu hijo y, por ende, merece estar aquí. Hadriel bajó la mirada, el comedor quedó en silencio por unos minutos, un suspiro que más pareció como la exhalación de quién ha soltado una gran carga, surgió del azabache mayor. —Lo siento, por todo, jamás serás víctima de una agresión física de mi parte —la desesperación en el rostro del hombre que tanto amaba quebró la frialdad de Maia, liberándose del agarre de Jared fue hasta donde Hadriel, que al verla cerca, la abrazó pidiendo perdón. —Eres mi presente, mi familia. Pero no puedo abandonar a Galia en este momento. Es mi responsabilidad. Las lágrimas asomaron en los ojos de Maia, más preguntas surgieron en su mente incapaz de pronunciarse. ¿Y qué había de ella? ¿Qué pasa con la familia que habían formado?, aunque si lo pensaba bien, ya no existía, no con Leila gritando que no la quería y su esposo pendiente de la amante que tuvo por años. Hadriel la soltó y tomó sus manos. —Por más difícil que sea de creer, te amo, y aceptaré lo que decidas sobre nuestra relación. Dándole un beso en la mejilla, se despidió de Jared y salió de Port Prince sin darse cuenta que en el comedor Maia se derrumbaba en sostenida por Jared, que a duras penas tuvo tiempo de evitar que tocará el suelo. Dos días después de esa cena, Jared cedió a encontrarse con Vila al no soportar más mensajes de voz y escritos, así como las llamadas de parte de Araceli, Román y Leila. La adolescente pedía conocerlo y poder compartir con él ahora que su padre pasaba por el dolor de ver a Galia inmovilizada en una cama y con la posibilidad de nunca despertar. La reunión previa a verse con Leila fue en uno de los restaurantes que más le gustaba a Vila, los recuerdos de ella y Alexandro dieron inicio a la conversación. A medida que el brunch avanzaba, la mujer le comentó la complicada relación que Leila llevaba con Maia, y como la había echado de la casa que pertenecía legalmente a Hadriel. —La niña llora cuando cree que nadie la ve o escucha, merece más que una tarjeta de crédito con un cupo miserable, y vivir de arrimada en la casa de sus tíos. —Ni Araceli, ni Román son sus tíos, ni tú, su abuela —Vila quiso alegar siendo silenciada por la siguiente frase de Jared—. Hurtó una tarjeta de crédito porque Galia se lo pidió, le gritó a Maia que la odiaba y quería vivir con Araceli y asumió por las historias de esta, que Hadriel se separaría de su esposa. En resumen, obtuvo lo que quiso. Vila observó el cinismo con que Jared recitaba los errores de la muchachita, que a decir verdad, no era nada de ella. Sonrió dándole la razón a su nieto, sin embargo, no le permitiría evadir la responsabilidad que tenía desde que supo la verdad de la relación de Hadriel y Galia. El joven hizo una mueca que le recordó a Jonas Envers, la soberbia reflejada en sus modales no eran propios de la crianza que recibió, bien se decía que la herencia de los hijos negados no se podía esconder porque venía en la sangre y el carácter. Una vez finalizó el jugo, Jared solicitó la cuenta y la miró dándole su respuesta. —Bien, te ayudaré a cumplir el cometido que te has trazado, y hablaré con Leila, pero a cambio, no quiero más presión, ni tuya ni del idiota de Román y su esposa. Al llegar la camarera, Jared extendió la tarjeta de crédito platino de Jp Morgan Reserve, fijándose en el gesto de Vila. Ese era uno de los beneficios que Maia le dio por ser el publicista de la Fundación y de Envers Co., además de recordarle, con total franqueza, que «el hijo del dueño debe tener una tarjeta de crédito acordé a su estatus». —¿Dónde te estás quedando?¿Dónde conseguiste esa tarjeta, la ropa, la motocicleta en que llegaste? Jared firmó el pagaré y recogió plástico, dejando un billete de una buena denominación al camarero que agradeció por el detalle y se marchó dándoles privacidad. —Vila, esa moto la compré con los salarios que ahorré desde que tenía quince años, más el dinero que Hadriel me daba a escondidas de Galia, para que ella no me lo quitara. ¡haz cuentas! —la mujer apretó la mandíbula hasta traquear los dientes, escuchar como su propio nieto hablaba mal de la persona que le dio la vida, le hacía hervir la sangre—. No me pidas que respete a esa mujer, y para saciar por completo tu curiosidad, la ropa y la tarjeta es parte de la imagen que debo mantener para la empresa en la que actualmente laboro. Vila recibió el beso de despedida en la frente como si fuese más una sentencia que un acto amoroso, cuando Jared salió rumbo al hospital para encontrarse con Leila, llamó a Araceli. Su nuera era la única que podía averiguar qué estaba haciendo ese muchacho, y sobre todo, regresarlo a su control. No volvería a perder otro Envers.
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