Mi cuerpo se lanza hacia adelante por instinto y doy un paso hacia la boca del callejón como si fuera a seguir al hombre que ha desaparecido en sus profundidades.
Entonces me quedo paralizada.
No. ¿Por qué coño iba a hacer eso?
Bajo la mirada al asfalto sucio donde cayó el atracador y el estómago se me revuelve al ver la sangre fresca que salpica el suelo, brillando casi negra bajo la luz tenue.
La adrenalina latente y el miedo me recorren el cuerpo al darme cuenta de lo fácil que podría haber sido mi sangre la que estuviera allí. Recuerdo los sonidos brutales de los hombres atacando al maleante. Ninguno hizo ruido. No hubo gritos, ni burlas, ni provocaciones.
Solo una eficiencia despiadada y una violencia fría.
Un escalofrío me sacude y me giro de golpe, alejándome del callejón a la carrera hacia una calle más transitada unas manzanas más allá. Necesito salir de aquí. Necesito llegar a casa.
Al llegar a Adams Street, veo un taxi girando hacia la carretera y prácticamente me lanzo delante de él, desesperada por hacer que pare. El conductor frena en seco y saca la cabeza por la ventanilla gritando:
— ¿Qué coño le pasa, señora?
No contesto. Solo abro la puerta trasera de un tirón y me meto dentro, soltando mi dirección de carrerilla.
Me lanza una mirada sospechosa, como si estuviera pensando en echarme a patadas. Luego murmura algo por lo bajo y arranca del bordillo.
Es un trayecto corto. Estaba más de medio camino a casa cuando el maleante me sacó el cuchillo. Pero mi mente zumba como si intentara captar una señal de radio llena de interferencias, y mis dedos tamborilean un ritmo errático sobre el asiento de imitación cuero a mi lado.
Esos ojos.
Uno de un marrón puro e intenso, el otro una combinación impactante de azul veraniego y el mismo marrón chocolate.
Era el hombre de pelo oscuro del Club. Y los mismos dos hombres que estaban con él aquella noche. Los tres emergiendo de la oscuridad como fantasmas salidos de una puta tumba.
El hombre al que salvé. Sé que es él. Estoy jodidamente segura.
Han pasado más de dos años desde la última vez que lo vi, pero sería imposible olvidar su cara.
¿Él olvidó la mía?
¿Sabe a quién acaba de salvar la vida?
El trayecto termina de golpe cuando el conductor se detiene frente a mi edificio. Cojo varios billetes de las propinas de la noche y se los doy con la mano temblorosa. En cuanto se aleja, subo corriendo las escaleras del complejo y entro en mi apartamento. Nada más cerrar, echo el pestillo superior, bajo las luces y me asomo a la ventana para mirar la calle de abajo, respirando con dificultad.
Un escalofrío me recorre la espalda mientras espero en silencio, preguntándome si esta noche me seguía algo más que el maleante.
Preguntándome si me han seguido hasta casa.
El dolor me late en el costado mientras yace en el pavimento frío, incapaz de moverme.
Cada respiración que sale de mis labios se vuelve más y más superficial mientras me desangro lentamente por la herida.
Mis párpados se cierran y vuelven a abrirse ante la cálida sensación de alguien tocándome. Levanto la vista y veo a un hombre inclinado sobre mí, comprobando con cuidado mis heridas. Sus caderas se acomodan entre las mías mientras extiende su cuerpo sobre el mío, acunándome la cara mientras su peso se presiona contra mis caderas.
Lo conozco.
Lo reconozco.
Dos ojos impactantes me miran con una intensidad cruda que nunca he olvidado. Que nunca podré olvidar.
Sus dedos apartan mechones oscuros de mi pecho mientras evalúa el desastre ante él: mi cuerpo cubierto de sangre, roto y destruido.
El corazón se me encoge cuando una expresión de decepción cruza su rostro. Bajo las luces ásperas del callejón, su pelo castaño brilla en los bordes como una corona angélical digna de un rey. Dos hombres están detrás de él. Sus centinelas. Las otras piezas de él.
Sus ojos impactantes buscan respuestas en los míos a preguntas que nunca conoceré. Se inclina y me susurra al oído, y como siempre, me esfuerzo por entender sus palabras.
¿Qué está diciendo? ¿Qué quiere con tanta desesperación que sepa?
Pero los sonidos entran en mi mente sin echar raíces. Solo soy consciente de la sensación de él hablando: el ronroneo profundo de su voz y la forma en que su aliento mueve mi pelo.
Se aparta un poco y su expresión cambia, un atisbo de vulnerabilidad aflora a la superficie, transformando todo en su apariencia.
Cuando baja la cabeza y reclama un beso, todo mi cuerpo se estremece ante la cálida sensación de sus labios ásperos sobre los míos.
El beso empieza lento, como un vals, pero rápidamente se convierte en una carrera desesperada por algo más profundo. Más duro.
El sabor metálico me llena la boca cuando desliza dos dedos por mis labios magullados. En vano, intento mover las caderas, necesitando algo que ni siquiera puedo nombrar. Cada roce de sus yemas es como una descarga eléctrica, dolorosa y dulce al mismo tiempo.
Gime mientras su mano baja por mi cuerpo, trazando cada curva hasta reclamarme por completo.
Y mientras la sangre sigue brotando de mis heridas al ritmo del aleteo de mi corazón, él se hunde dentro de mí, abriéndome el canal.
Despierto de golpe, incorporándome tan rápido que me mareo. El sudor frío me recorre la espalda mientras asimilo el entorno. La habitación está poco iluminada, pero familiar. Estoy de vuelta en mi cama, en mi apartamento, en el cutre complejo del lado oeste de Las Vegas.
Lejos de aquella noche horrible hace tanto tiempo.
Entonces, ¿por qué coño no lo parece?
¿Por qué parece que el pasado está en esta puta habitación conmigo, respirándome en la nuca?
La piel se me enfría y aprieto las sábanas contra el pecho, envolviéndome con ellas usando mi brazo bueno. Me muerdo el labio inferior, medio esperando que mis labios se sientan magullados e hinchados por besos que ni siquiera son reales.
Joder.
No es la primera vez que sueño con la noche en que me dispararon. Sucede todo el puto tiempo, aunque a veces los sueños son tan efímeros que apenas los recuerdo. Pero anoche fue más vívido que en meses. Juro que podía sentir el peso del desconocido acomodándose en la cuna de mi cuerpo. Podía sentir sus manos en mi piel. Casi podía respirar su olor, y me llenó de un extraño dolor.
Atracción y repulsión.
Placer y dolor.
Deseo y miedo.
Mis sueños de aquella noche siempre son una mezcla confusa de opuestos polares, como si de alguna forma anhelara precisamente aquello de lo que intento huir.
Ignorando la piel de gallina que se me pone, aparto las sábanas y camino al baño. La tinta oscura de mi tatuaje destaca brutalmente contra mi piel pálida, captando mi mirada en el espejo mientras espero a que el agua de la ducha se caliente. Me lo hice hace casi un año, un mes después de empezar en el Tomy’s. La imagen se me apareció completa en la mente, pero soy una mierda dibujando, así que se la describí al tipo de la tienda de tatuajes y él la dibujó por mí.
Pero capturó exactamente lo que tenía en la cabeza. La tinta cubre todo mi brazo derecho o lo que queda de él, vaya. Rosas rojas intensas y brillantes florecen en mi piel, con pétalos lustrosos y suaves. Sus tallos se curvan delicada y grácilmente, como si una brisa los moviera, y un fondo de tinta gris-azulada oscura se aclara hacia el hombro.
El tatuador dijo que era una de las mejores piezas que había hecho nunca, pero cuando me preguntó por qué lo elegí y de dónde saqué la idea, no pude decírselo.
Solo que lo necesitaba.
Solo que sentía que era necesario.
El vapor empieza a empañar los bordes del espejo y me meto en la ducha, dejando que el agua caliente me golpee la piel.
Una cara destella en mi mente mientras me enjabono el cuerpo y empiezo a lavarme el pelo. No puede ser la primera vez que el hombre de ojos hipnóticos y yo nos cruzamos.