Deberías haberte quedado en casa, Jade. ¿No aprendiste la maldita lección?
Hago una mueca de irritación conmigo misma mientras agarro una botella de Grey Goose y empiezo a preparar un Martini, moviéndome con destreza con una sola mano. Esta noche ni siquiera me molesté en ponerme la prótesis, aunque normalmente me dan mejores propinas cuando la llevo.
Últimamente el brazo me duele más de lo habitual, con pinchazos agudos que atraviesan el m*****o fantasma, como si mi cuerpo hubiera sido recordado de golpe de lo que perdió por la repentina aparición de Cole en mi vida.
De la parte de mí que nunca recuperaré.
Agarro el frío recipiente metálico y lo agito rítmicamente, intentando sacar de mi cabeza los recuerdos de lo que pasó ayer en la biblioteca.
No sé cuánto tiempo estuve sentada en el suelo entre las estanterías de esa forma, con el clítoris todavía latiendo de vez en cuando por las réplicas del orgasmo que me atravesó. Pero fue el suficiente como para que, cuando el bibliotecario finalmente subió a reponer libros en las estanterías, me mirara con una mezcla de preocupación y sospecha al preguntarme si estaba bien.
Seguro que pensó que era una maleante colándose en una zona tranquila de la biblioteca para pincharse o algo por el estilo.
Me fui sin el libro que había ido a buscar. La verdad es que después de eso no tenía ganas de leer nada. En cambio, volví a casa, encendí la tele y la radio e intenté llenar el apartamento con suficiente ruido para acallar mis pensamientos.
Y hoy, a diferencia de ayer, no tenía el lujo de decidir si salía o no del apartamento. No si quiero seguir pagando el alquiler de dicho apartamento.
El Tomy’s se pone más animado los fines de semana, pero es miércoles por la noche, ha estado constante desde que llegué a las ocho.
Me lo tomo. Necesito el dinero de las propinas y, más que eso, necesito mantenerme distraída. Después del encuentro con Cole en la biblioteca, los sueños que tuve anoche fueron… jodidos.
Me desperté al borde de otro orgasmo, con mi propia mano apretándome el pecho tan fuerte que las uñas me dejaron cinco pequeñas marcas en forma de media luna en la piel.
En el sueño, sin embargo, no era mi mano. En el sueño…
Joder. Para.
Aprieto los dientes y respiro hondo por la nariz. Dejé de fumar la noche que me dispararon —el olor a mentol ahora me da náuseas—, pero en este preciso momento estoy deseando con todas mis fuerzas un cigarrillo.
Algo.
Cualquier cosa que me distraiga y me centre.
Sirvo el cóctel y deslizo la copa por la barra, embolsándome el dinero que el tipo deja sobre la madera brillante. Pero cuando levanto la vista para ver quién más necesita una copa, me quedo congelada con el billete apretado en la mano.
Cole está aquí. Sentado en la barra como si tuviera todo el maldito derecho a estarlo. Como si ayer no me hubiera metido la mano por dentro de los pantalones en una biblioteca. Como si fuera solo un tipo guapo y normal tomando una copa con sus colegas.
Porque no está solo.
Lo flanquean dos hombres que reconozco. Roy está a su izquierda, mirándome con el mismo nivel de animosidad que la última vez que lo vi.
El otro tipo es la otra sombra de Cole. No sé su nombre y nunca le he visto bien la cara, pero estoy segura de que es él. Como malas noticias, estos hombres siempre vienen de tres en tres.
El tercer hombre estuvo allí la noche que me dispararon. Estuvo allí la noche que le dieron una paliza al tipo que intentó robarme. Y ahora está sentado con los codos apoyados despreocupadamente en la barra, bebiendo un vaso de whisky mientras me sonríe.
Siento la mirada intensa de Cole sobre mí, el aire y la tierra de sus ojos recorriéndome como un toque físico. Combinado con la mirada abrasadora de Roy, hace que sienta que mi ropa está a punto de incinerarse y quizás también la capa superior de mi piel.
Así que ignoro a esos dos y dejo que mi mirada se pose en su amigo.
El tipo cuyo nombre no sé parece… diferente a los otros dos.
Hay algo casi alarmantemente relajado y encantador en su forma de ser. Es alarmante porque me hace querer bajar la guardia con él, y sé que sería un error de proporciones épicas.
Solo porque no parece estar hecho de fuego puro como Cole ni de piedra como Roy, no lo hace menos peligroso que sus amigos.
Vuelvo a recorrer la sala con la mirada, buscando a quien necesite una copa, pero por supuesto el ritmo ha bajado. Podría simplemente ignorar a los tres hombres que me observan desde el final de la barra, pero sé que no se irán por eso. Y su atención fija en mí hace que me tiemble la mano. Fingir que no sé qué están aquí no va a funcionar ni de broma.
Así que me sirvo un chupito de tequila, me lo bebo de un trago y camino hacia ellos mientras el ardor se extiende reconfortante por mi pecho.
Los ojos de Cole siguen cada uno de mis movimientos, el azul claro de su iris derecho reflejando las luces de neón coloridas de los carteles detrás de la barra.
Me niego a reconocerlo siquiera, apoyo la palma en la madera oscura y lisa de la barra y ladeo la cabeza hacia el hombre que no conozco.
—Entonces, ¿qué hace un tipo como tú pasando el rato con estos dos idiotas?
Señalo con la cabeza hacia su izquierda, indicando a los otros dos, y el tipo echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Tiene el pelo rubio oscuro y desordenado, echado hacia atrás, aunque algunos mechones le caen sobre la frente. Sus ojos azul verdoso brillan bajo la luz mientras me mira, con una sonrisa torcida curvándole los labios.
—Sabes, me hago esa misma pregunta todos los malditos días, Rosa.
La última palabra me hace tensarme ligeramente. Rosa.
Sabe mi nombre. Estoy segura. Dado lo de cerca que estoy empezando a darme cuenta de que Cole y Roy me han estado vigilando, es imposible que este hombre, que parece ser la tercera parte de su tríada, no sepa tanto de mí como ellos.
Pero me llamó Rosa, una referencia a los tatuajes que cubren mi brazo amputado.
Es familiar e íntimo de una forma que acelera mi corazón.
No solo es amigo de estos tipos. Es uno de ellos. Forma parte de esto, sea lo que sea esta mierda.
—Da igual. —Sacudo la cabeza, dando un paso atrás mientras se me pone la piel de gallina—. Olvídalo.
—Ey. —Su voz me detiene, la suavidad en ella me agarra por sorpresa. Frunce el ceño y me mira con lo que parece genuina confusión—. No tengas miedo. Está bien. No mordemos.
¿En serio? Díselo a tu jodido amigo.
No lo digo en voz alta, porque preferiría sacarme los ojos antes que admitir que estos hombres sí me asustan. La forma en que han invadido por completo mis pensamientos y mi vida en solo unos días me tiene completamente descolocada.
Tal vez Cole adivine lo que estoy pensando de todos modos, porque gruñe y lanza una mirada a su amigo. —Habla por ti.
El rubio pone los ojos en blanco. Luego vuelve a captar mi mirada, se inclina sobre la barra con el vaso sostenido ligeramente en una mano. —Por cierto, soy Darren.
Roy hace un ruido de asco en la garganta, como si solo por presentarse ante mí Darren hubiera cometido un error monumental.
Me molesta. Este imbécil actúa como si me odiara, como si preferiría estar en cualquier otro sitio antes que, en mi presencia, y sin embargo forma parte del mismo grupo que claramente me está acosando. Lo admitió abiertamente el otro día.
¿Y ahora actúa como si fuera culpa mía? ¿Como si yo hubiera pedido esto de alguna forma?
Me agarro el brazo superior con la mano buena, deseando poder rodearme con ambos brazos. Siento que necesito la protección, una capa extra de armadura frente a estos hombres. Los tres me desequilibran por completo, aunque por razones diferentes.
—Entonces, ¿qué hacen todos aquí? —pregunto, con la frustración dando un filo cortante a mi voz—. ¿Se han aburrido de seguirme a escondidas? ¿Han decidido dejar de ocultarse en las sombras?
—Sí. —Cole se encoge de hombros. Casi parece un desafío.
—Sabes que podría llamar a la policía —replico.
Sus cejas se mueven ligeramente. —¿Vas a hacerlo?