Capitulo 11

1509 Palabras
Joder. No, claro que no voy a hacerlo. En primer lugar, sé lo suficiente de cómo funciona la mierda como para darme cuenta de que probablemente no serviría de nada. Y, en segundo lugar, no tengo precisamente un historial impecable con la policía, así que lo último que quiero es llamar la atención sobre mí de cualquier forma cuando se trata de ellos. Cole hace esa cosa jodidamente irritante de parecer oír todas las palabras que me niego a decir, aunque nunca las pronuncie, y asiente satisfecho. —Eso pensaba. —Estás más segura con nosotros vigilándote de lo que estarías nunca con la policía —añade Darren, con la misma expresión sincera todavía en la cara. Como si intentara convencerme de que en realidad es algo bueno tener tres acosadores. — La policía no habría podido salvarte la otra noche. Y aunque hubieras denunciado después, creo que todos sabemos que no habrían hecho una mierda. No se equivoca en eso. Si hubiera estado viva para denunciar el incidente a la policía después, lo habrían metido en un cajón lleno de casos iguales para que muriera lentamente de desinterés y abandono. —¿Es eso lo que quieren? —pregunto, entrecerrando los ojos—. ¿Quieren que les de las gracias? Mi voz suena fina. Tensa. Alargo la mano detrás de la barra, cojo una botella de Tres Agaves, la destapo y me sirvo otro chupito. Tengo los nervios tan a flor de piel que parecen cables vivos, y aunque odio admitirlo, casi puedo entender el tono intenso y exigente de la voz de Cole cuando ayer no paraba de preguntarme por qué. Es la misma pregunta que ahora me carcome. ¿Por qué? Le salvé la vida. Vale, de acuerdo. Pero ¿por qué todo esto? ¿Por qué todo el esconderse, el vigilarme en secreto? ¿Por qué esta obsesión conmigo? ¿Qué quiere de mí? —¿Quieren que diga gracias? —pregunto de nuevo, recorriendo con la mirada a los tres. —No. Eso no es lo que quiero. Los ojos de Cole se clavan en los míos mientras sacude la cabeza, y aparto la atención rápidamente para tragarme el chupito de golpe. Esta vez el ardor llega hasta el estómago y deshace un poco la tensión que tengo ahí. Suelto una risa sarcástica y dejo el vaso vacío sobre la barra con un golpe. —Bien. Entonces no les daré las gracias. —Mi mirada se desvía un segundo hacia Roy y vuelve a Cole—. Pero si piensan perder el tiempo siguiéndome, tengo malas noticias para ustedes. —Extiendo el brazo, abarcando la barra y a todos los que están dentro—. Esto es todo. Esto es lo más jodidamente emocionante que llega a ser mi vida, así que, si van a continuar siguiéndome, igual les conviene traer un buen libro. Darren suelta una risita, esa sonrisa contagiosa extendiéndose de nuevo por su cara. Cole sonríe, pero hay algo depredador en la expresión, algo hambriento. Mis pezones se endurecen mientras se me eriza la piel, mis terminaciones nerviosas encendiéndose contra mi voluntad. Maldita sea. ¿Por qué me afecta así? Mi cuerpo reacciona a él como si estuviera sintonizado con cada pequeño cambio en su postura, cada mínimo movimiento que hace. Bajo la mirada, intentando recuperar la compostura, y mis ojos caen en las manos de Cole. Están apoyadas en la barra, las yemas de los dedos tamborileando ligeramente contra la madera pulida y brillante. Es la primera vez que las veo con claridad, y me doy cuenta con un sobresalto de que tiene tatuajes en los dedos. Ocho piezas de tinta estampadas en cada dedo entre el primer y segundo nudillo, de forma que forman una fila ordenada cuando cierra los puños. Ladeo un poco la cabeza, recorriendo cada una. Entonces mi mirada sube de golpe a la cara de Cole, con los ojos muy abiertos. Me está observando de cerca, habiéndose dado cuenta de que examinaba sus tatuajes. Trago saliva, una oleada de emociones demasiado poderosas y desconocidas para nombrarlas recorriéndome. Joder. No sé ni qué hacer con esto. Las marcas en sus dedos no son símbolos aleatorios. No dicen «amor» y «odio» ni ninguna mierda por el estilo. Son números. El mes, el día y el año de la noche en que me dispararon. —¡Ey, Jade! —El grito de Tom casi me hace saltar de la piel—. ¿Te importa echarme una mano por aquí? Seguro que tus novios pueden esperar. Un rubor me sube por las mejillas mientras me giro hacia el hombre fornido, con la mano apretada contra el corazón que me late a mil. Joder. Ni siquiera me había fijado en el grupo de chicas ruidosas que se han apiñado en su extremo de la barra, probablemente una despedida de soltera o algo así. Sin molestarme siquiera en decir nada a los tres hombres sentados frente a mí, me doy la vuelta y corro por la longitud de la barra para unirme a Tom, poniéndome a preparar Manhattans y spritzers de vino. Varias de las chicas miran descaradamente mi brazo tatuado, acercándose para observar el muñón. Oigo a algunas susurrar sobre él, pero apenas les doy atención. Porque no son sus miradas las que siento. Solo tres pares de ojos queman mi piel, y pertenecen a los tres hombres que siguen sentados al otro extremo de la barra. Una vez atendida la despedida de soltera, entra otra oleada de gente y me pierdo en la monotonía rítmica de agitar, servir y enjuagar vasos. La sensación de cosquilleo en la piel va disminuyendo poco a poco y, un rato después, miro de reojo a los tres hombres a través de las pestañas bajas. Están enfrascados en una conversación entre ellos, hablando con la naturalidad de viejos amigos. Se ven diferentes así. La cara de Cole está más relajada y, aunque las facciones de Roy siguen siendo tan duras como siempre, hay un brillo de diversión en sus ojos mientras escucha algo que dice Darren. Algo en mi pecho se aprieta y aparto la mirada rápidamente, volviendo a centrarme en la copa que estoy preparando. Nunca he tenido eso, lo que veo tan claramente en estos tres hombres. Amistad. Familia. Nunca he tenido personas en las que confiar con todo lo que soy, personas por las que haría cualquier cosa. Joder, nunca he tenido realmente gente con la que sentarme a tomar una puta copa. Supongo que nunca lo he querido de verdad. Las experiencias de mi infancia temprana me enseñaron que estaba mejor como una isla, un continente autosuficiente en un vasto mar de personas. Es más difícil que la gente te haga daño cuando no les entregas voluntariamente pedazos de tu corazón. Me aclaro la garganta y obligo a mis pensamientos a volver al presente. Lanzo una sonrisa de atención al cliente al tipo que tengo enfrente y deslizo su copa por la barra. —Aquí tienes. Levanta la barbilla en señal de gracias, su mirada bajando por mi brazo hasta el muñón expuesto que asoma por la manga de mi camiseta ajustada. Sus cejas se alzan ligeramente e igual que los universitarios la otra noche, abre la boca como si fuera a preguntarme qué me pasó. Pero me doy la vuelta antes de que pueda decir nada. Esa es una pregunta que nunca tengo ganas de responder, y menos esta noche. Durante el resto de la velada hago todo lo posible por quedarme en este lado de la barra, manteniendo la mayor distancia posible entre mí y los tres hombres que parecen empeñados en invadir mi vida. Tom definitivamente nota que estoy actuando raro, pero por suerte no hace un drama con ello. Miro una última vez alrededor de medianoche cuando un movimiento en ese lado de la sala me llama la atención. Cole y sus dos sombras por fin se van. Darren apura lo que le queda de copa rápidamente mientras los tres se levantan. Mi mirada se demora una fracción de segundo de más y Cole levanta la vista, captando mis ojos. Ladea ligeramente una ceja, como retándome otra vez a acercarme y hablar con ellos. Pero no me muevo ni un centímetro. Una pequeña sonrisa curva sus labios, provocada por algún pensamiento interno. Saca la cartera del bolsillo trasero, extrae unos billetes y los deja sobre la barra. Luego se inclina sobre la barra, coge un bolígrafo de los que tenemos para que la gente firme con tarjeta y garabatea algo en una servilleta de cóctel. Luego los tres se dirigen a la puerta y desaparecen por ella. Tardo diez minutos después de que se vayan en acercarme finalmente al sitio que ocupaban en la barra, como si temiera que lo hubieran minado con explosivos o algo por el estilo. Pero no hay ninguna bomba esperándome. Solo hay dos billetes de cien dólares bien planchados y una nota escrita en una servilleta con una caligrafía inclinada y segura. Cole. Y debajo, un número de teléfono.
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