Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí un dolor agudo en la sien. La referencia a Dante y Elena siempre era un dardo envenenado. Dante había preferido la sombra a la humillación de su mujer, y yo estaba aquí, a punto de hacer lo contrario por una cuestión de supervivencia dinástica.
—Asegúrate de que tus “colegas” mantengan la boca cerrada y los ojos abiertos, Oscar —le espeté, dándole la espalda—. No querría que alguien olvidara quién es el hombre que está dentro de esa habitación y quiénes son los que se quedan afuera, mirando como voyeristas de poca monta.
Regresé a la habitación. El cerrojo hizo un clic definitivo, aislándonos de nuevo.
Clara no se había movido. Seguía bajo la luz de las velas, pero algo en su postura había cambiado. Se había quitado el velo y lo sostenía en su mano como si fuera una bandera de rendición que se negaba a izar. Me miró, y en la profundidad de sus ojos vi la pregunta que no se atrevía a formular.
—Es hermoso. ¿Verdad? —preguntó. Sus labios temblaron apenas un milímetro.
Caminé hacia ella, mis botas hundiéndose en la alfombra espesa. Me detuve a centímetros de su rostro, dejando que el calor de mi cuerpo la envolviera. El aroma a cera quemada y rosas era embriagador, pero la tensión que nos unía era lo único que se sentía real.
—Sí —respondí, bajando la voz hasta que fue un susurro que solo ella y los micrófonos ocultos captarían—. Todos los que mañana inclinarán la cabeza ante ti están detrás de esos cristales.
—¿Y ahora qué, Viktor? —Su voz fue un desafío, una mezcla de miedo y una dignidad feroz que me hizo querer protegerla y destruirla al mismo tiempo—. ¿Vas a darles lo que vinieron a buscar? ¿Vas a tratarme como la propiedad que dicen que soy?
La rodeé con mis brazos, atrayéndola hacia mi pecho. La seda de su vestido resbalaba bajo mis manos, y por un momento, el mundo exterior desapareció. El sarcasmo se evaporó, dejando paso a una verdad cruda.
—Voy a hacer que te respeten, Clara. Pero para eso, tengo que poseerte. No como ellos creen, no como una transacción fría... sino como el hombre que ha decidido que tú eres la única parte de este mundo que vale la pena salvar.
Me incliné y la besé, esta vez con una lentitud tortuosa. No era el beso de un actor, era el beso de un hombre que estaba a punto de cruzar un punto de no retorno. Sabía que los pilares estaban mirando, analizando cada gesto, buscando una debilidad. Pero mientras mis labios recorrían los suyos, me di cuenta de que el mayor peligro no eran ellos, sino el hecho de que empezaba a importarme más la mujer en mis brazos que la corona sobre mi cabeza.
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Me separé de ella con una lentitud que rozaba el suplicio, manteniendo mis dedos rozando la curva de su mandíbula hasta el último segundo. Mis pulmones ardían y el pulso me martilleaba en las sienes, no solo por el contacto, sino por la furia contenida de saber que cada centímetro de esa intimidad estaba siendo devorado por ojos ajenos. Pero si querían una función, les daría la mejor de sus vidas. Una que los dejara tan confundidos como excitados, tan intimidados como convencidos.
—Vamos a tomar un poco, Pajarilla —dije, mi voz recuperando ese matiz de mando aterciopelado que tanto la descolocaba—. Hay que celebrar nuestro matrimonio como Dios manda. O como el diablo exige.
Caminé hacia la mesa de mármol, sintiendo el peso de mi esmoquin y la mirada invisible de Oscar y los suyos clavada en mi espalda. Tomé la botella de cristal empañada; el frío del vidrio fue un alivio contra la fiebre que empezaba a recorrerme la sangre. El descorche resonó en la suite como un disparo amortiguado. Serví dos copas, observando cómo las burbujas subían con una efervescencia hipócrita, y me giré para ofrecérsela.
Clara se acercó. Sus pasos eran cautelosos, haciendo que su vestido susurrara contra la alfombra. Al tomar la copa, sus dedos rozaron los míos. Estaban helados.
—Bebe —le insté, mis ojos fijos en los suyos, dándole una orden silenciosa: no te quiebres ahora.
Ella asintió, llevándose el cristal a los labios con una elegancia que me hizo dudar, por un instante, de si realmente venía de la pobreza o si siempre había sido una reina esperando su trono de espinas. El champán bajó por su garganta y vi cómo un rastro de humedad quedaba en la comisura de su boca. Antes de que pudiera evitarlo, mi pulgar se movió por instinto, borrando la gota con una caricia que fue más real de lo que el guion permitía.
Dejé mi copa a medio llenar sobre la mesa y, sin romper el contacto visual, extendí mi mano hacia ella.
—Baila conmigo, Clara Varonelli.
—No hay música, amor —susurró ella, aunque su mano ya buscaba la mía, encajando como la pieza de un rompecabezas sangriento.
—La música está en las paredes —respondí con un sarcasmo amargo.
La atraje hacia mi cuerpo, rodeando su cintura con una firmeza que no admitía réplica. Empezamos a movernos en un vals improvisado, una coreografía de sombras bajo la luz vacilante de las velas. El espacio entre nosotros desapareció. Sentía el calor de su vientre contra el mío, el roce de sus pechos bajo el encaje del corpiño y ese aroma a gardenias que se estaba convirtiendo en mi droga personal.
De repente, Clara soltó una risita. No fue una risa de alegría, sino un sonido seco, cargado de una ironía tan afilada que podría haber cortado el cristal de los espejos. Se echó hacia atrás, apoyando la cabeza en mi hombro, y me miró con una malicia que me cortó el aliento.
—¿Te das cuenta de lo ridículo que es esto? —dijo, y su risa se volvió un poco más sonora, más vibrante—. El gran Viktor, el hombre que hace temblar Marsella, bailando en una habitación de espejos para que un grupo de hombres en traje decidan si soy lo suficientemente digna de llevar su apellido. Es casi... poético.
Le seguí el juego. Me permití reír con ella, una carcajada ronca que retumbó en la habitación, enviando un mensaje claro a los que escuchaban: Estamos cómodos. Este es mi dominio. Ella es mi cómplice.
—La poesía siempre ha sido violenta, nena —repliqué, haciéndola girar sobre sí misma para que su vestido se expandiera como una corola blanca sobre el suelo oscuro—. Y si esto te parece ridículo, espera a que veas cómo terminó el último que intentó juzgar lo que es mío.
La atraje de nuevo con un tirón seco, dejándola pegada a mí. El ambiente se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Sus ojos buscaron los míos.
No pude contenerme más. Olvidé a los pilares, olvidé a Oscar, olvidé incluso a Elena por un segundo que pareció una eternidad. Me incliné y la besé con una ferocidad que me hizo perder el equilibrio. No fue un beso de protocolo; fue una declaración de guerra. Mis labios buscaron los suyos con una urgencia salvaje, devorando su risa, su miedo y su resistencia.
Clara respondió. Sus manos se hundieron en mi cabello, tirando de mí con una fuerza que me sorprendió, obligándome a profundizar el beso hasta que el aire se volvió un lujo que no podíamos permitirnos. Gemí contra su boca, un sonido gutural que fue captado por cada micrófono oculto, pero no me importó. En ese instante, solo existía la textura de su lengua contra la mía y la certeza de que, aunque el mundo entero estuviera mirando, ella me pertenecía más de lo que cualquier contrato podría expresar.
La empujé suavemente hacia atrás hasta que sus muslos chocaron con el borde de la cama imperial. La luz de las velas bañaba su piel de un tono dorado, y por primera vez, me di cuenta de que no estaba tomando a una prisionera. Estaba entregándome a la única mujer capaz de mirarme a los ojos sin parpadear mientras el mundo se quemaba a nuestro alrededor.