Tradiciones

1511 Palabras
La tomé por la nuca, hundiendo mis dedos en su peinado perfecto, ignorando el crujido de las horquillas. La atraje hacia mí con una brusquedad que la obligó a soltar un pequeño jadeo de sorpresa. Mis labios colisionaron con los suyos en un beso que no tuvo nada de tierno. Fue una colisión de rabia, posesión y una desesperación que me quemaba las entrañas. Fue un beso apasionado, devorador. La mordí suavemente, reclamando cada rincón de su boca como si quisiera borrar cualquier rastro de su pasado. Al principio, ella se quedó rígida, pero luego, quizá por instinto de supervivencia o por la adrenalina del momento, sus manos subieron a mis solapas, apretando el esmoquin. Me separé apenas unos milímetros, manteniendo mi rostro a una distancia peligrosa del suyo. Sus labios estaban hinchados y rojos, su maquillaje ligeramente corrido, dándole un aire pecaminoso que me hizo apretar la mandíbula. —Respira, maldita sea —le susurré contra la boca, mi voz era un gruñido bajo—. Nos ven, Clara. En este auto hay cámaras infrarrojas. En la carretera hay escoltas. Hay ojos en todos lados, incluso en la oscuridad. Ella parpadeó, sus pestañas rozando mi piel. El terror en sus ojos empezó a transformarse en una furia fría, la clase de furia que yo podía moldear. —¿Incluso aquí? —preguntó ella, su voz apenas un hilo—. ¿Ni siquiera el camino es nuestro? Mierda, me siento terrible, había olvidado todo esto. Sé que el hubiese no existe, pero si lo hubiese recordado, claro que hubiese preparado a Clara. ¡No existe el hubiera! —Nada es nuestro hoy —respondí, soltándola pero manteniendo mi mano posesivamente sobre su cuello, sintiendo el pulso acelerado de su carótida—. Escúchame bien. Esos hombres, los Pilares... no son viejos decrépitos que puedes ignorar. Son hombres jóvenes, ambiciosos, tipos que han matado por el lugar que ocupan. No quieren ver una boda, quieren ver una conquista. Quieren asegurarse de que el nuevo Don tiene el control absoluto sobre su territorio y sobre su mujer. Me eché hacia atrás, observándola con una mezcla de crueldad y protección que me estaba volviendo loco. El sarcasmo, mi viejo amigo, acudió al rescate. —Así que guarda ese papel de “doncella asustada” para tu confesionario, si es que todavía crees en Dios. Ahora mismo necesito que seas la mujer que me retó. Necesito que los mires a través de esos espejos con el mismo desprecio con el que me miras a mí. Si te ven pequeña, te pisarán. Si te ven como mi igual en el pecado, te temerán. —¿Cómo puedes pedirme esto, Viktor? —dijo ella, arreglándose el velo con dedos temblorosos—. Me pides que actúe como si disfrutara de ser observada por asesinos. —Te pido que sobrevivas —la corregí con dureza—. Porque si esta noche no los convencemos, Dante no podrá proteger a tus hermanos para siempre. ¿Entiendes el peso de lo que hay en juego? Ella se quedó en silencio mientras el coche tomaba una curva cerrada, adentrándose en el bosque que rodeaba la casa de campo. Las sombras de los árboles pasaban sobre nosotros como fantasmas negros. —¿Y tú? —preguntó de repente, clavando sus ojos en los míos con una lucidez que me desarmó—. ¿Tú también vas a actuar, o vas a disfrutar de que tus amigos te vean tomar lo que compraste? La pregunta me golpeó como un disparo a quemarropa. El sarcasmo murió en mi garganta. La miré, realmente la miré, envuelta en ese vestido blanco. —No hay nada de “actuación” en lo que siento cuando te toco, Clara. Y eso es lo que más debería asustarte. El auto empezó a aminorar la marcha. A lo lejos, las luces de la casa de campo, una construcción moderna de piedra y cristal que parecía un búnker de lujo, empezaron a brillar. El convoy de seguridad se desplegó, las luces estroboscópicas de las motos de escolta reflejándose en los espejos retrovisores. —Llegamos —anuncié, enderezándome y ajustándome el alfiler de diamante de la corbata—. Recuerda: cabeza alta, sonrisa de reina y los ojos llenos de fuego. A partir de ahora, cada suspiro que des tiene que decirles que este es mi reino, y tú eres la única que tiene permiso para habitarlo. El auto se detuvo. El chófer bajó para abrir la puerta. Me bajé primero, ofreciendo mi mano a Clara con una elegancia que ocultaba la tormenta que llevaba por dentro. Al salir, ella me miró con una determinación renovada. Había aceptado el desafío. Caminamos hacia la entrada de la casa de campo, donde los Pilares, hombres de mi edad, con ojos hambrientos de poder y trajes italianos, ya nos esperaban en las sombras de la planta superior. Las puertas se abrieron con un chirrido sordo, dándonos la bienvenida a una atmósfera que apestaba a protocolo y a una violencia contenida bajo capas de lujo. El vestíbulo era amplio, minimalista, con suelos de piedra volcánica que devolvían el reflejo de las luces LED ocultas. En el centro, una joven de uniforme oscuro y guantes blancos nos esperaba con una reverencia que rozaba el servilismo. Sus ojos no se atrevieron a subir de mi barbilla. —Don Varonelli, Doña... bienvenidos. Los preparativos están listos. Por favor, síganme. Caminamos tras ella. Sentía a Clara a mi lado, un haz de nervios. Su mano, aunque firme sobre mi brazo, transmitía una vibración sutil, una frecuencia de radio que solo yo podía sintonizar. Subimos por una escalinata de cristal que parecía flotar en el aire, y cada paso nos alejaba de la civilización para internarnos en el santuario de la Organización. Cuando la chica abrió las puertas dobles de la suite nupcial, el impacto visual fue casi obsceno. La habitación era una vasta extensión de opulencia diseñada para el placer y, sobre todo, para el encuadre. Una cama inmensa, de dimensiones casi imperiales, dominaba el espacio, cubierta de sábanas de seda negra que contrastaban con una lluvia de pétalos de rosa roja. Había velas de cera blanca por doquier, su luz vacilante creando sombras largas y sinuosas que danzaban en las paredes. Sobre una mesa de mármol lateral, bandejas de plata rebosaban de frutas exóticas, quesos de la región y botellas de cristal empañadas por el frío, guardando el mejor champán. Era una estampa romántica perfecta, de no ser por el escalofrío que recorría mi espina dorsal al saber que cada ángulo de ese paraíso estaba bajo escrutinio. —Si necesitan algo más, solo tienen que pulsar el intercomunicador —susurró la empleada antes de retirarse con una agilidad fantasmal. La puerta se cerró. Clara se quedó de pie en medio de la habitación, rodeada de pétalos, pareciendo una aparición virginal en un nido de cuervos. Sus ojos recorrieron los grandes espejos que cubrían tres de las cuatro paredes. Eran inmensos, marcos de oro viejo que atrapaban nuestra imagen desde todos los ángulos. Yo sabía lo que había detrás: el vacío, el silencio y las pupilas dilatadas de los hombres que ahora mismo estarían ajustando sus asientos en la sala de observación. —Espérame —le dije, mi voz sonando extrañamente ronca en la amplitud de la suite. Salí de la habitación antes de que ella pudiera objetar. Necesitaba marcar mi territorio antes de empezar la función. En el pasillo, a unos pocos metros, la chica de servicio se disponía a bajar las escaleras, pero fue interceptada por una figura que emergió de las sombras del ala oeste. Oscar. Uno de los pilares más jóvenes y, por ende, uno de los más peligrosos. Tenía una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos, una expresión de camaradería falsa que ocultaba un colmillo afilado. Se ajustó los puños de su camisa y se acercó a mí con la confianza de quien se sabe intocable. —Felicidades, Don —dijo, extendiendo una mano que acepté con una presión que rozaba la agresión—. Ya estamos en nuestros puestos. Los monitores están encendidos, el whisky servido. Es un día histórico, Viktor. —Es un día de negocios, Oscar —respondí, soltando su mano con desprecio—. No te confundas. Oscar soltó una risita seca, echando un vistazo hacia la puerta cerrada de la suite. —Después de esto, no habrá nadie en la Organización que se atreva a poner en duda tu autoridad. Y ella... bueno, después de que los pilares vean cómo la reclamas, será respetada como la Doña. Es el precio del trono, amigo mío. Tú mejor que nadie sabías que esto se hace con todo aquel que asume el título de Don. Dante se libró de este “pequeño trámite” porque su unión con Elena fue... bueno, ya conoces la historia. Un desastre de lealtades divididas que casi nos cuesta una guerra. Él prefirió ceder el mando antes que exponer a su mujer a nuestra mirada. Pero tú... tú eres diferente. Tú eres el centro. El poderoso.
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