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Sentí que el aire en el salón se volvía sólido, una masa de dióxido de carbono, perfume caro y traición que me apretaba la garganta. Miré a Dante una última vez; sus ojos eran dos pozos de culpa, pero no tenía tiempo para su redención.
—Llévatelos —le ordené, mi voz era un siseo gélido que cortó el aire entre nosotros—. Saca a los hermanos de Clara de aquí ahora mismo. Llévalos a la Villa, con su abuela. Y Dante... si un solo cabello de esos niños se dobla, si la seguridad flaquea un milímetro, no me importará que seas un pilar o mi hermano de sangre. Te enterraré bajo el mármol de esta misma mansión.
Dante asintió, una inclinación de cabeza solemne y pesada.
—Tienen mi palabra, Viktor. La seguridad se doblará. Estarán en un búnker de cristal hasta que el sol salga. Ve con ella. Haz lo que tienes que hacer.
Le di la espalda sin esperar confirmación. Crucé el salón con zancadas de depredador, ignorando los saludos, las copas alzadas y las risas hipócritas de los hombres que, en menos de una hora, estarían observando mi intimidad a través de un cristal espía. Al llegar a la mesa presidencial, me senté al lado de Clara con una calma que me costó cada gramo de mi voluntad.
Ella se tensó al sentir mi presencia. Sus dedos, entrelazados con fuerza sobre el mantel, estaban blancos. Me incliné hacia ella, fingiendo una cercanía amorosa para la galería, rozando con mi nariz el lóbulo de su oreja mientras el aroma a gardenias de su tocado me golpeaba los sentidos.
—Nena, escúchame bien y no te muevas —murmuré, mi voz era una caricia de terciopelo que ocultaba cuchillas—. Sé que eres fuerte. Sé que este matrimonio no estaba en tus planes, ni de esta manera, pero las reglas han cambiado.
—¿Qué pasa, Viktor? —preguntó ella, y sentí su aliento entrecortado contra mi mejilla. Intentó girarse para mirarme, pero le puse una mano firme sobre el muslo, bajo el mantel, apretando la tela del vestido para que se quedara inmóvil—. Me estás asustando. Tu cara... pareces un animal acorralado.
—Mírame —ordené, obligándola a conectar sus ojos oscuros con los míos. Vi en ellos el reflejo de la lámpara de cristal y una chispa de sospecha que no pude apagar—. Esto debe hacerse sí o sí. ¿Entiendes? En un momento nos levantaremos de esta mesa. Vamos a salir de aquí con una hermosa sonrisa, como si estuviéramos ansiosos por devorarnos. La organización nos llevará a un sitio... un sitio especial.
La abracé por los hombros, un gesto que desde afuera parecía el de un novio orgulloso, pero que para ella era una jaula. Sentí cómo su corazón galopaba contra sus costillas, un animalito herido tratando de escapar del corsé.
—¿Un sitio? ¿Para qué? —su voz era un susurro roto, cargado de una intuición que me dolió más de lo que quería admitir.
—Para consumar esto, Clara. Para que el mundo sepa que eres mía y que yo soy tuyo. Pero escucha... no demuestres susto. Demuestra amor. Es nuestra boda, maldita sea, y tenemos mil ojos encima que no buscan nuestra felicidad, sino nuestra debilidad. Tus hermanos ya se están yendo a la Villa. Dante los llevará. Estarán con tu abuela, a salvo. Tranquila por ellos.
Me acerqué más, pegando mi frente a la suya. Por un segundo, el ruido de la orquesta desapareció. Solo existíamos nosotros dos, dos náufragos en una balsa de oro rodeada de tiburones.
—Yo te cuido —le prometí, y la verdad de esas palabras me quemó la garganta—. Pero si no hacemos esto exactamente como ellos quieren, sabrán que todo es una mentira. Sabrán que nuestro pacto es solo papel. Y si eso pasa, no nos conviene a ninguno de los dos. Nos destruirán, Clara. A ti, a mí y a todo lo que amas.
Ella tragó grueso, y vi cómo sus facciones se endurecían.
—¿Consumarlo... con ellos mirando? —preguntó, con una inteligencia tan afilada que me dejó sin habla. Había captado el subtexto de mis palabras con una rapidez aterradora.
—Nadie entrará en la habitación, te lo juro —dije, apretando su mano por encima de la mesa mientras los camareros empezaban a llenar las copas para el brindis final—. Pero debemos darles el espectáculo que exigen. Sonríe, maldita sea. Sé mi reina por una noche, aunque mañana volvamos a odiarnos.
En ese momento, el patriarca de los pilares, un viejo decrépito llamado Marcello, se puso en pie con su copa de cristal tallado en alto. El salón quedó en un silencio sepulcral, solo roto por el crujido de las llamas en la chimenea de mármol.
—¡Por el nuevo Don! —rugió el anciano, su voz ronca de tabaco y poder—. ¡Por la nueva Reina! ¡Que la sangre de los Varonelli sea fértil y que esta unión selle el destino de Marsella!
Me puse en pie, arrastrando a Clara conmigo. Ella lo hizo con una gracia sobrenatural, una sonrisa perfecta y gélida pintada en los labios que me hizo sentir un escalofrío de orgullo. Alcé mi copa, mirando fijamente a Marcello, enviándole un mensaje silencioso: Míranos bien, viejo bastardo, porque este es el último regalo que te hago.
—Por el honor —dije con voz firme, chocando mi copa con la de Clara.
Bebimos el champán. El líquido burbujeante supo a cenizas. Clara mantuvo la mirada alta, ignorando la lágrima traicionera que amenazaba con escapar. Me incliné hacia ella una última vez antes de que el convoy de seguridad nos reclamara.
—No te soltaré la mano —le susurré, mientras nos dábamos la vuelta para caminar hacia la salida bajo una lluvia de aplausos que sonaban como disparos—. Ni en esa habitación, ni en este infierno. Prepárate, Clara. La casa de campo nos espera.
Salimos del salón con la rigidez de dos condenados que marchan hacia una ejecución adornada con diamantes. No me despedí de nadie. No hubo apretones de manos finales con los socios, ni miradas de complicidad con Dante. Para el mundo, éramos una pareja consumida por la urgencia del deseo; para mí, éramos dos piezas de ajedrez movidas por una mano invisible y despiadada.
Al cruzar el umbral hacia el exterior. Los hombres de n***o, mis sombras personales, mantenían un perímetro de acero alrededor del Mercedes blindado que aguardaba con el motor ronroneando.
—Volveremos para la fiesta —mentí en voz alta, mi voz proyectándose hacia los pocos invitados que se asomaban por las balconadas—. Solo necesitamos un momento de privacidad.
Clara asintió mecánicamente. Sus ojos, antes llenos de una chispa rebelde, ahora parecían dos pozos de incertidumbre. La ayudé a entrar en el vehículo, lidiando con la inmensa cola del vestido que se sentía como una red pesada. En cuanto la puerta se cerró con ese “clac” hermético y neumático que nos aislaba del universo, el silencio dentro del coche se volvió ensordecedor.
El auto se puso en marcha, deslizándose por el camino de grava de la mansión. A través de los cristales tintados, vi cómo las luces de la propiedad se alejaban, dejando paso a la oscuridad de la carretera que conducía a la casa de campo.
Clara estaba sentada en el extremo opuesto del asiento trasero, pegada a la portezuela. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos parecían querer perforar la piel. Estaba tensa, una cuerda de violín a punto de romperse bajo una presión inhumana. Podía sentir su respiración errática, un pequeño silbido de pánico que intentaba ocultar.
No podía permitir que llegara así. Si los Pilares veían a una víctima asustada, el respeto por la “Reina” moriría antes de nacer. Necesitaban ver fuego. Necesitaban ver una unión que los hiciera sentir que, aunque miraran, nunca serían parte de ello.
Sin previo aviso, me deslicé por el cuero del asiento y la atrapé.