El regalo

1019 Palabras
++++++++++++++++ El estruendo de los aplausos y el tintineo de los cubiertos contra la porcelana se convirtieron en un zumbido blanco en mis oídos. Sentía la mirada de los pilares sobre mi nuca, esos viejos lobos que no daban nada gratis, que esperaban que cada gota de vino derramada hoy se tradujera en sangre y lealtad mañana. Dante se inclinó hacia mí, rompiendo mi burbuja de ensimismamiento autoritario. Su rostro estaba crispado por una tensión que no lograba disimular ni con el mejor de los whiskies. —Ven —me soltó, su voz era un látigo de urgencia bajo el estruendo de la orquesta—. Tenemos que hablar de algo. Ahora. Lancé una ojeada de soslayo a Clara. Estaba pálida, con la espalda tan recta que parecía que se iba a quebrar si respiraba demasiado hondo. A su lado, Elena mantenía esa compostura regia que tanto me había obsesionado, pero que ahora se sentía como una estatua de hielo frente a la hoguera descontrolada que era mi nueva esposa. —Deja a tu mujer con Elena —ordenó Dante. Me giré hacia Clara. Quise ver en ella a la pieza de ajedrez que había comprado, pero sus ojos, clavados en los míos, tenían una profundidad que me descolocaba. Me acerqué a ella, invadiendo su espacio con la brusquedad de un dueño. Le tomé la barbilla con los dedos, obligándola a sostener mi mirada de acero. —Amor, ya regreso —dije en voz alta para la audiencia, antes de estamparle un beso que supo a posesión y advertencia. Al separarme, pegué mis labios a su oreja, dejando que mi aliento caliente la estremeciera—. Pórtate bien, Clara. No me obligues a recordarte quién manda aquí frente a todos estos buitres. Me levanté sin esperar respuesta, sintiendo el peso del apellido Varonelli en cada fibra de mi traje. Dante y yo caminamos hacia la barra de caoba oscura que presidía un rincón discreto del salón, lejos de los oídos curiosos, pero bajo la vigilancia constante de los escoltas. Dante pidió un trago doble, con las manos temblándole apenas un milímetro. Ese detalle me puso en guardia. Dante no temblaba. —La organización te tiene un regalo, Viktor —comenzó, sin mirarme, concentrado en el ámbar del cristal—. Algo que no debes rechazar. Lo siento, hermano... No esperé que fuera así de pronto. Me tensé. Mi instinto de supervivencia, ese que había forjado en los callejones antes de subir al trono, gritó peligro. —¿Qué pasa, Dante? Suéltalo de una vez —gruñí, apretando el borde de la barra hasta que los nudillos me blanquearon. —Calma, Viktor. Recuerda que mi unión con Elena... bueno, no fue agradable para los pilares. Ellos sospechan de la lealtad cuando el corazón está de por medio. Pero contigo es distinto. Te han aceptado como el Don, pero exigen que la alianza sea consumada bajo sus términos. —¿Bajo sus términos? —repetí, con un sarcasmo que me supo a hiel—. ¿Desde cuándo la Organización se mete en mis sábanas? Dante se giró, y la lástima en sus ojos me dio más asco que su miedo. —Quieren ser espectadores del pacto. Quieren ver cómo el Don reclama lo que es suyo para asegurar la sucesión y la pureza del clan. Dicen que quieren servir a la reina junto a su Don... pero tiene que ser completada en la habitación de cristal de la casa de campo. Me quedé helado. La habitación de cristal. Un lugar rodeado de espejos de doble fondo donde los pilares, esos malditos sedientos de control, observarían cada movimiento, cada gemido. No era una noche de bodas; era un sacrificio público. —¡Ni de broma! —estallé, bajando la voz lo suficiente para que no se convirtiera en un escándalo, pero con una furia que hizo que el barman retrocediera tres pasos—. No voy a exhibir a Clara como si fuera carne de mercado frente a esos malditos viejos. Intenta intervenir, Dante. ¡Eres un pilar! —Lo intenté, Viktor —dijo él, cerrando los ojos con pesadez—. Pero solo así ellos jurarán proteger a la reina y a su familia. Si lo haces, los niños y la abuela serán intocables. Si te niegas... bueno, sabes que los Varonelli no aceptan un “no” por respuesta cuando se trata de tradición. —¿Quiénes irán? —pregunté, sintiendo que las paredes de la mansión se cerraban sobre mí. —Tú irás con ella. Y los pilares estarán tras el cristal. Yo... yo me quedo fuera. Soy un pilar, sí, pero estoy marcado por mi historia con Elena. Tú eres el centro, el poderoso. Yo no puedo entrar en ese juego. —¡Mierda! —golpeé la barra con el puño—. ¡No puede ser! Giré la cabeza y mi vista aterrizó en Clara. Estaba hablando con Elena. Se veía tan frágil, tan ajena a la monstruosidad que acababa de pactarse sobre su cabeza. Un nudo de rabia y algo que se parecía peligrosamente a la protección se me formó en el estómago. —No te puedes negar —insistió Dante, recuperando su tono de frío ejecutor—. En una hora. El convoy está listo para ir a la casa de campo. No te pasará nada, Viktor. Solo tienes que hacer lo que mejor sabes hacer: poseer lo que es tuyo. Miré a mi esposa. Ella levantó la vista y me encontró. Le dediqué una sonrisa torcida, la sonrisa de un hombre que acaba de vender la poca humanidad que le quedaba para salvar el cuello de unos niños que ni siquiera eran suyos. La furia me quemaba por dentro. No por el acto en sí, Clara era mi esposa y pensaba reclamarla de todos modos, sino por la mirada de esos buitres sobre su piel blanca. Iba a llevarla a ese matadero de espejos, iba a consumar este trato de sangre, y mientras lo hiciera, me juré a mí mismo que cada uno de esos malditos pagaría por este “regalo”.
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