+VIKTOR+
El peso de la chaqueta del esmoquin me oprimía los hombros como si estuviera hecha de plomo, pero mi rostro permanecía impasible, una máscara de granito tallada por años de violencia y desprecio. Caminábamos por el pasillo de honor del jardín, bajo una lluvia de pétalos blancos que me parecían cenizas de una pira funeraria. A mi lado, sentía el roce constante del vestido de Clara. Podía oler su perfume..
—Sonríe, Pajarilla —masqué entre dientes, manteniendo la vista al frente mientras saludaba con un leve asentimiento a un senador corrupto que nos aplaudía desde la tercera fila—. Marsella está mirando. Si huelen tu pánico, te devorarán antes de que lleguemos al brindis.
Entramos en el salón del banquete, una oda al exceso que gritaba mi nuevo estatus. Las mesas estaban cubiertas de lino n***o y cristalería que brillaba bajo las arañas de luces como diamantes recién cortados. Pero mi mente no estaba en el menú de cinco tiempos ni en el champán que costaba lo que una casa en el puerto. Mi mente estaba en la reunión de anoche.
Aquella sala llena de humo, el olor a whisky rancio y las caras curtidas de los pilares del clan. La organización no acepta vacíos de poder, y Dante... Dante estaba agotado. O quizás, simplemente, estaba roto. Anoche, en un acto que oscilaba entre la hermandad y la traición a sí mismo, Dante me cedió el testigo. Me entregó su poder, su red de contactos y, lo más pesado de todo, su apellido. Varonelli. Ahora yo era el Don oficial. Ya no era el perro de presa, el ejecutor que limpiaba la sangre de los muelles; era el dueño del tablero.
Y este matrimonio... maldita sea. Lo que empezó como una jugada maestra de distracción, un contrato de papel mojado para calmar a la prensa y darme una fachada de hombre de familia mientras seguía anhelando a la mujer de mi mejor amigo, se había transformado en una soga de verdad. Clara no era un simulacro. El anillo que brillaba en su mano era legal, el registro civil estaba firmado con tinta que no se borraría, y la Iglesia acababa de dar su bendición a una farsa que se sentía demasiado real bajo mi piel.
Llegamos a la mesa presidencial. Dante ya estaba allí, sentado junto a Elena. Verlos juntos era como recibir un impacto de bala en el esternón, uno que aprendí a ignorar hace mucho tiempo. Él me miró con una mezcla de alivio. Ella, por su parte, evitó mis ojos, concentrada en alisar un mantel que no tenía ni una sola arruga.
—Felicidades, Don Varonelli —soltó Dante con un sarcasmo que solo yo pude detectar. Se puso en pie y me estrechó la mano. El agarre fue breve, una transferencia de cargas que nos quemaba a ambos—. Te has llevado a la joya más brillante del cielo. Espero que sepas qué hacer con ella cuando se apaguen las luces.
—Sé exactamente qué hacer con lo que me pertenece, Dante —respondí, mi voz bajando una octava, cargada de una amenaza implícita.
Me senté y obligué a Clara a sentarse a mi lado. Ella se movía con una rigidez que me resultaba fascinante. Estaba aterrada, sí, pero había un fuego en sus ojos. Me gustaba esa resistencia. Me recordaba que, aunque la hubiera comprado, todavía tenía que domarla.
—¿Por qué me miras así? —susurró ella, acercándose apenas lo suficiente para que su aliento rozara mi oreja. Sus ojos buscaban respuestas en los míos, pero yo solo le devolví un abismo—. Parece que estás planeando mi funeral en lugar de celebrar nuestra boda.
—Estoy planeando tu futuro, Clara —dije, tomando una copa de vino tinto y observando cómo el líquido manchaba el cristal—. Un futuro donde dejas de preguntar por qué y empiezas a aceptar que tu vida ha cambiado para siempre. Eres una Varonelli. Eso significa que ya no le perteneces a la suciedad del puerto. Me perteneces a mí. Y en este mundo, ser de mi propiedad es la única forma que tienes de seguir respirando.
Le di un sorbo al vino. Era amargo, igual que el sabor que me dejaba en la boca ver a Elena al otro lado de la mesa. Elena, el amor prohibido, la mujer que siempre sería el fantasma en mi cama. Y sin embargo, cuando sentí la mano pequeña de Clara temblar cerca de la mía sobre el mantel, algo oscuro y posesivo se retorció en mis entrañas.
Ella era mi esposa. Mi mujer oficial. La que llevaría mi apellido mientras yo reconstruía Marsella a mi imagen y semejanza.
—Tu hermano Luca no deja de mirarme como si fuera a clavarme un tenedor en el cuello —comenté, desviando la mirada hacia la mesa donde los niños estaban sentados. Parecían manchas de pureza en una habitación llena de pecado—. Tiene agallas. Me gusta. Pero recuérdale que su supervivencia depende de tu obediencia.
Clara se tensó. Su mandíbula se apretó tanto que vi cómo los tendones de su cuello resaltaban.
—No metas a Luca en esto, Viktor. Él es solo un niño. El trato era sobre mí, no sobre sus cabezas.
—El trato, cara mia, cambió anoche —respondí, inclinándome hacia ella, ignorando por completo la conversación que Dante intentaba mantener con un inversor a nuestra izquierda—. Ya no es una farsa para la prensa. Eres mi mujer ante la ley y ante el clan. Y esta noche, cuando los invitados se vayan y nos quedemos solos en esa mansión que tanto te asusta, te demostraré que no hay nada de mentira en lo que siento cuando te toco.
Vi cómo el color subía por su cuello, una mezcla de indignación y algo que ella se negaba a admitir: deseo. Era un juego peligroso. Yo amaba a una mujer que no podía tener, y estaba casado con una que no quería querer, pero que encendía en mí una sed de destrucción que no podía controlar.
—Bebe, Clara —ordené, acercándole mi propia copa a los labios—. Necesitas el alcohol.