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El murmullo del monitor era mi única compañía, una canción de cuna metálica que marcaba el paso de las horas más amargas de mi vida. Me quedé allí, con la frente apoyada en la mano de mi abuela, sintiendo cómo el frío de la madrugada se filtraba por las rendijas de la ventana de la Villa. Mis párpados pesaban, cargados de la sal de unas lágrimas que ya no tenía fuerzas para retener. El perdón que le pedía no era solo por el contrato, sino por la mujer que estaba naciendo en ese mismo instante: una mujer que ya no reconocería la piedad.
De repente, una presión cálida se posó sobre mi hombro. El sobresalto me recorrió la columna como una descarga eléctrica. Me puse en pie de un salto, con el corazón martilleando contra mis costillas, lista para defenderme de lo que fuera, incluso de las sombras.
Frente a mí estaba Elena. Su rostro, iluminado por la tenue luz azulada de los equipos médicos, se veía extrañamente suave, desprovisto de la altivez que solía llevar como una corona.
—Clara... —susurró, y su voz tenía una nota de cansancio que la hacía parecer más humana—. Ya es temprano. El sol está por salir. Hemos venido por ti.
Me quedé estática, mirando el reloj de pared. No me había dado cuenta de que el tiempo había devorado la noche. El pánico, ese viejo conocido, intentó asomar la cabeza, pero lo aplasté con la misma frialdad con la que Viktor aplastaba a sus enemigos.
—La boda será en un par de horas —continuó ella, dejando que su mano resbalara de mi hombro—. Las maquilladoras y el equipo de peluquería están llegando a la otra ala. No podemos retrasarnos.
Miré a mi abuela, inmóvil bajo las sábanas blancas. El contraste entre la muerte aparente de su cuerpo y el despliegue de vanidad que me esperaba era una broma de mal gusto del destino. Elena siguió mi mirada.
—Ella estará bien, Clara. Los médicos no se moverán de aquí, y los niños también están bajo custodia. He dado órdenes estrictas. —Hizo una pausa, y un destello de duda cruzó sus ojos claros—. Aunque... para serte sincera, no estoy de acuerdo con que esto se haga ahora. Con ella así... es una crueldad innecesaria. Viktor puede ser un déspota, pero esto raya en lo inhumano.
Una risa seca, casi inaudible, escapó de mi garganta. ¿Inhumano? Todo en este palacio lo era.
—Es ahora —dije, enderezando la espalda, sintiendo cómo cada vértebra crujía bajo la tensión—. Sí, quiero casarme. Hoy mismo.
Elena arqueó una ceja, sorprendida por la firmeza de mi tono. No esperaba que la "Pajarilla" tuviera las alas tan afiladas.
—La abuela desea esto tanto como yo —mentí, aunque en el fondo sabía que ella solo querría mi libertad—. Ella verá muchas fotos, Elena. Se las enseñaré cuando despierte. Le contaré cada detalle, le diré que fue hermoso. Ella necesita saber que finalmente estamos a salvo, aunque el precio sea mi apellido.
Me recompuse, sintiendo un dolor punzante en el cuello por la mala postura de la noche. Era un dolor físico, real, que me anclaba a la tierra mientras mi mente volaba hacia el cadalso que me esperaba en la mansión Varonelli.
—Vamos a la cocina a desayunar —ordenó Elena, recuperando su aire de mando—. Necesitas energía. No quiero que te desmayes en el altar frente a media Marsella. Ah... por si te lo preguntas, Viktor se quedó en la mansión. Él no vendrá aquí. La boda se celebrará allí, en el jardín de invierno. Aquí solo estamos nosotras. Bueno, Gianna y yo te vestiremos y te llevaremos cuando sea el momento.
Asentí mecánicamente. El hecho de que Viktor no estuviera cerca me dio un respiro, un pequeño oasis de calma antes de volver a enfrentar su mirada de acero.
*
Caminamos por los pasillos de la Villa…
En la cocina, el olor a café recién hecho y a pan tostado me revolvió el estómago. Gianna ya estaba allí, bebiendo un zumo verde mientras revisaba una lista en su teléfono. Al verme entrar con mi camisa arrugada y los ojos hinchados, soltó un suspiro dramático.
—¡Dios mío, Clara! Pareces una sobreviviente de un naufragio —dijo, aunque sus ojos brillaban con esa chispa de sarcasmo que tanto la caracterizaba—. Elena, tráele cafeína pura. Necesitamos un milagro estético antes de las diez.
—Estaré lista, Gianna —respondí, sentándome a la mesa y aceptando la taza que Elena me tendía—. No te preocupes por mi cara. Para eso pagó Viktor a las mejores maquilladoras de Francia, ¿no? Para que oculten la verdad.
Gianna me miró de hito en hito, evaluando mi nueva actitud.
—Me gusta ese veneno en tu voz —comentó con una sonrisa depredadora—. Te va a hacer falta. Casarse con un Don no es entrar en un cuento de hadas, es entrar en una guerra de trincheras con cubiertos de plata. Come algo. En treinta minutos empieza la transformación.
Masticaba la tostada sin sentirle el gusto a nada, mirando mis manos. Estaban limpias, sí. Pero sabía que después de hoy, nunca volverían a estarlo. Me estaba preparando para la función más importante de mi vida. Iba a ser la novia perfecta, la esposa devota, la reina de contrato. Y mientras el sol empezaba a teñir de oro el jardín de la Villa, me prometí a mí misma que Viktor nunca, jamás, volvería a verme llorar. Si él quería una Doña, le daría una que lo hiciera temblar.
Ahora más que nunca tengo un propósito y es... Casarme, dejar en alto el nombre de Viktor o más bien su hombría. Él no quiere que nadie sepa que tristemente no ha dejado de amar a la mujer de su mejor amigo.
¡Qué triste la vida que llevará Viktor!
Un amor no correspondido.