Preparando a la novia

1751 Palabras
+++++++++++++++++++++++++ Después de un sabroso desayuno que apenas pude disfrutar, porque el nudo en mi garganta era más grande que mi apetito, me retiré a mi habitación. Necesitaba limpiar el rastro de la noche anterior, el sudor del pánico, el olor a hospital y el rastro invisible de los dedos de Viktor que todavía sentía quemándome la piel. Me di una ducha extensa. El agua caliente golpeaba mis hombros con la fuerza de una cascada, y por un momento, bajo el vapor que empañaba los azulejos de mármol, permití que mis defensas bajaran. Restregué mi piel con una esponja hasta que quedó roja, queriendo arrancar la sensación de vulnerabilidad, queriendo borrar el hecho de que hoy me convertiría en la propiedad legal de un hombre que amaba a otra. Pero el agua no borra los contratos, ni las deudas de sangre. Al salir, envuelta en una bata de seda blanca que se sentía demasiado suave para la aspereza de mi ánimo, me detuve en seco. En el centro de la habitación, colgado de una percha dorada, estaba el enorme vestido. Mis ojos se abrieron de par en par. Era blanco, sí, pero no era el vestido que yo había elegido y que arruiné. Este era una declaración de guerra textil. El cuerpo era un corsé de encaje francés tan intrincado que parecía tejido por arañas de plata, ajustándose a la cintura con una precisión que amenazaba con cortarme el aliento. La falda era una catarata interminable de tul y seda, con una cola que seguramente necesitaría de un ejército para ser transportada. El velo, una bruma de encaje transparente, descansaba a un lado, esperando para ocultar mis verdaderas intenciones ante el altar. Era majestuoso, imponente y ridículamente caro; era el uniforme de una Doña. Dos chicas jóvenes, vestidas de n***o y con una eficiencia que rayaba en lo robótico, me esperaban junto al tocador. —Buenos días, mademoiselle —dijo una de ellas, haciendo una pequeña inclinación de cabeza—. Somos el equipo de estética enviado por los Varonelli. Yo soy Sophie y ella es Marcelle. Estamos aquí para prepararla para su gran día. Asentí en silencio, sintiendo que mi voz se había quedado atrapada en alguna parte de la ducha. Me senté frente al espejo, dejando que la bata resbalara un poco de mis hombros. Sophie y Marcelle empezaron a trabajar de inmediato. Sus manos se movían con una destreza rítmica, desplegando brochas, sombras de ojos de tonos tierra y labiales que prometían una duración eterna. Me quedé viendo fijamente mi reflejo en el espejo mientras me ponían mascarillas hidratantes y me secaban el cabello. Parecía una muñeca de porcelana siendo restaurada antes de una exhibición. Sin quererlo, la soledad de la habitación empezó a pesarme. —¿Dónde están Gianna y Elena? —pregunté, rompiendo el silencio que solo era interrumpido por el siseo de las lacas para el cabello. —Las señoras se están vistiendo en sus respectivas estancias, mademoiselle —respondió Marcelle mientras empezaba a trabajar en mi peinado, un recogido bajo, elegante y tirante que estiraba mis facciones dándome un aire de soberbia que no sentía—. Me pidieron que le informara que bajarán en cuanto estén listas. —Gracias —murmuré, volviendo a hundirme en mis pensamientos. * Pasó una hora, luego dos. Perdí la noción del tiempo entre el roce de las brochas y el calor de las tenacillas. Cada capa de maquillaje era una capa más de mi nueva armadura. Ocultaron las ojeras del cansancio, el rastro de mi llanto nocturno y la palidez de mi miedo. Cuando terminaron, Sophie retiró la capa protectora y me pidió que me mirara. Me vi, y era otra. Una completa desconocida. La mujer que me devolvía la mirada desde el cristal no era la chica del Hueco que lavaba ropa ajena para alimentar a sus hermanos. Tenía pómulos afilados por el contorno, ojos felinos que ocultaban cualquier rastro de duda y una boca pintada de un color carne tan perfecto que parecía irreal. Era la imagen de la sofisticación fría. Era la mujer que Viktor quería presentar al mundo: una esposa a la altura de su poder, aunque eso será solo en el tiempo que Elena este cerca. —Es hora, mademoiselle —dijo Sophie, extendiendo sobre la cama un conjunto de ropa interior blanca, de encaje calado, tan fina que parecía hecha de aire. Me levanté, dejando caer la bata de seda al suelo. Empecé a ponérmela, sintiendo el roce del encaje contra mi piel, un recordatorio de que hoy cada centímetro de mi cuerpo sería reclamado. Al quedar solo en esa lencería provocativa y elegante, las chicas se acercaron con el vestido. Ayudarme a entrar en esa montaña de seda fue una tarea de ingeniería. Sophie sostenía la falda mientras Marcelle me ayudaba a deslizarme dentro del corsé. Sentí cómo tiraban de las cintas en mi espalda, ajustando la prenda hasta que mi pecho subió y mi cintura se volvió minúscula. Luego vinieron los tacones, unos estilettos blancos de suela roja que me obligaron a erguirme, dándome la altura necesaria para mirar a Viktor a los ojos sin sentirme pequeña. Finalmente, colocaron el velo sobre mi cabeza. La tela cayó sobre mi rostro como una cortina de humo, dándole un aire místico a mi transformación. —Está perfecta —susurró Marcelle, dando un paso atrás para admirar su obra. Me miré una última vez. El vestido blanco resplandecía bajo la luz de la mañana, y yo, envuelta en metros de seda y tul, me sentí lista para enfrentar el juicio final. Ya no había vuelta atrás. La chica pobre había muerto; hoy nacía la doña del Don. —Llamen a mi hermano —dije, con una voz que ahora sonaba firme y decidida—. Quiero que Luca me vea antes de bajar. + La puerta se abrió con un chirrido casi tímido, rompiendo la atmósfera de perfección artificial que las estilistas habían creado a mi alrededor. Por el espejo, vi aparecer la figura de Luca. Llevaba puesto ese traje oscuro que Viktor le había mandado a hacer a medida; se veía tan pequeño y a la vez tan solemne, como un hombrecito atrapado en un mundo de gigantes. Al verme, se detuvo en seco cerca del umbral. Sus ojos se abrieron tanto que creí que se le saltarían las lágrimas, pero no lo hizo. Se quedó allí, boquiabierto, recorriendo con la mirada los metros de seda blanca, el encaje que me cubría como una segunda piel y el velo que me daba un aire fantasmal y sagrado a la vez. —Clara... —susurró, y su voz apenas fue un hilo de aire—. Pareces... pareces una de esas vírgenes de mármol que hay en la catedral. Estás preciosa, hermana. Tan preciosa que me da miedo tocarte y que te rompas. Lo siento, hermana, pero he decidido acompañarte. Me giré con cuidado, sintiendo el peso de la cola del vestido arrastrarse por la alfombra como una marea silenciosa. Le hice una señal para que se acercara. Sophie y Marcelle, captando la intimidad del momento, se retiraron a un rincón, bajando la cabeza. Luca caminó hacia mí, sus zapatos nuevos haciendo un eco seco en el suelo. Cuando llegó a mi lado, no se abrazó a mi cintura como solía hacerlo; se quedó mirándome con una seriedad que me heló la sangre. Tomó mis manos enguantadas entre las suyas, que todavía estaban un poco ásperas por el frío de los muelles. —Escúchame, Clara —dijo, y su tono no era el de un niño de trece años, sino el de alguien que ha entendido el peso del sacrificio—. He ido a ver a la abuela hace un momento. La enfermera dice que sus signos son estables. Está descansando de verdad. Le apreté las manos, buscando en él el anclaje que Viktor me había robado con su beso de anoche. —Lo sé, Luca. El médico dice que pronto... —No, no me refiero a eso —me interrumpió, clavando sus ojos oscuros en los míos con una intensidad feroz—. Te estoy mirando y sé lo que estás pensando. Sé que sientes que te estás vendiendo, que este vestido es una mortaja y que Viktor es el dueño de tu vida. Pero no es así. Me quedé sin aliento. Luca siempre había sido el más perceptivo de todos nosotros. —Tú nos estás salvando, Clara. Pero no solo por el dinero o la casa. Nos estás dando un futuro donde no tengamos que pedir perdón por existir. Y la abuela... ella despertará. Lo sé porque ella no se iría sin verte convertida en lo que eres ahora: una mujer poderosa. Se acercó un paso más, bajando la voz para que solo yo pudiera oírlo, ignorando el lujo que nos rodeaba. —No dejes que él te rompa, hermana. Viktor es el Don, sí. Todos le tienen miedo. Pero él no tiene lo que nosotros tenemos. Él no tiene a nadie por quien morir de verdad, solo tiene negocios y fantasmas. Tú nos tienes a nosotros. No estás sola en ese altar. Yo voy a estar allí, sentado en primera fila, y voy a ser tus ojos cuando sientas que te pierdes. Sentí un nudo en la garganta que amenazaba con arruinar el maquillaje de Sophie. Luca levantó una mano y, con una delicadeza infinita, colocó un pequeño mechón de mi cabello detrás de mi oreja, evitando rozar el tocado. —Cásate con él, Clara. Toma su apellido, toma sus casas y sus diamantes. Úsalos como armas. Pero no le entregues lo que hay aquí dentro —dijo, señalando mi pecho—. Ese lugar es nuestro. Es del Hueco. Es de la familia. Y mientras eso sea nuestro, él nunca habrá ganado del todo. En ese momento, la fuerza de mi hermano me inundó como una ola de calor en medio del invierno. Ya no me sentía como una víctima de contrato. Luca me estaba entregando la bendición que mi abuela no podía darme con palabras. Él era mi recordatorio de que esta guerra tenía un sentido. —Gracias, Luca —murmuré, parpadeando rápido para contener la humedad de mis ojos—. No sé qué haría sin ti. —Sobrevivir —respondió él con una sonrisa triste y valiente. Se dio la vuelta justo cuando llamaron a la puerta. Eran Gianna y Elena. Estaba lista. El apoyo de Luca era la última pieza de mi armadura.
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