El silencio de la sala se volvió denso, una masa física que nos presionaba a ambos. Sus palabras —«Ahora yo soy tu familia»— todavía vibraban en el aire, cargadas de esa posesividad oscura que Viktor exhalaba como si fuera oxígeno. Pero yo no podía dejarlo así. No podía permitir que se erigiera como mi salvador y mi dueño absoluto sin antes escupirle la verdad que me quemaba la garganta. —Tú y yo tenemos que hablar —solté, plantando los pies en el suelo, ignorando que mis manos temblaban ligeramente bajo el peso de su escrutinio. Estoy furiosa, no puedo medir mis palabras, debo decir lo que siento, ya que parece que explotaré. Viktor me sostuvo la mirada. Sus ojos, esos que habían visto lo peor de los muelles de Marsella, se entrecerraron. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia mí

