Fuera de peligro

1188 Palabras
Me quedé helada, con el corazón suspendido de un hilo. —¿Qué? —mi voz fue un suspiro roto. —El médico personal de la familia está con ella —continuó él, dando un paso hacia nosotros con una calma que me dio ganas de llorar de alivio—. Ha sido una contusión fuerte y tiene la cadera lastimada, pero ha recuperado el conocimiento hace diez minutos. Está estable. He ordenado que traigan equipo de monitoreo desde el hospital privado. Nadie la va a mover de aquí si no es estrictamente necesario. Luca soltó un suspiro tembloroso y volvió a abrazarme, pero mi mirada seguía fija en Viktor. Él se quedó allí, observando la escena con las manos en los bolsillos, como un guardián silencioso de una vida que no le pertenecía, pero que había decidido proteger por un capricho del destino o del contrato. No lo pensé. No medí las consecuencias ni recordé que, hace apenas unas horas, lo odiaba por ser el dueño de mi libertad. Me puse en pie, dejando a Luca con Gianna, que acababa de entrar, y caminé hacia él. Mis pasos eran torpes por el peso de la tela, pero llegué a su altura y, sin decir una palabra, me arrojé a sus brazos. Enterré mi rostro en el hueco de su hombro, aspirando ese aroma a tabaco, whisky y poder que era tan suyo. Sus brazos tardaron un segundo en reaccionar, como si la muestra de afecto fuera un idioma que no terminaba de traducir, pero finalmente se cerraron alrededor de mi cintura con una firmeza que me hizo sentir, por primera vez en mi vida, que el mundo podía dejar de caerse sobre mis hombros. —Gracias —murmuré contra su pecho, mis lágrimas mojando su camisa—. Gracias por venir, gracias por traer a los médicos... gracias, Viktor. Sentí su mano subir por mi espalda, sus dedos rozando los restos del vestido de novia que todavía me cubría. Su tacto era cálido, una brasa en medio del invierno de mi pánico. —No me des las gracias, Clara —gruñó él, su voz vibrando profundamente contra mi oído—. Es mi responsabilidad. Lo que es tuyo es mío por contrato, y no permito que mis propiedades se deterioren. Incluso en un momento así, su sarcasmo defensivo estaba presente, pero esta vez no me dolió. Sabía que era su forma de lidiar con una emoción que no sabía nombrar. Viktor no sabía ser dulce, pero sabía ser eficiente, y en ese instante, su eficiencia era la única religión en la que yo creía. Me separé un poco para mirarlo. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos recorrían mi rostro como si estuviera memorizando cada rastro de mi dolor. —Mírate —dijo él—. Has destrozado un vestido de mucho dinero por una carrera de obstáculos. Dante va a pensar que te he dado caza por todo el jardín. —Me importa un bledo el vestido —respondí, logrando esbozar una sonrisa pequeña y amarga—. Y me importa un bledo lo que piense Dante. Viktor soltó una carcajada seca, un sonido corto que rompió la tensión de la estancia. —A mí también —admitió, y por un segundo, la farsa del Don—. Ve arriba. Lávate esa cara y cámbiate. Luca estará esperándote. Yo me quedaré aquí abajo asegurándome de que el médico no necesite nada más. —Viktor... —lo detuve cuando hizo amago de girarse—. ¿Por qué lo hiciste? Podrías haber enviado a un subordinado. No tenías que venir tú personalmente. Él se detuvo y me miró de soslayo. La luz que entraba por el ventanal subrayó la cicatriz de su mejilla, dándole un aire de peligro que nunca lo abandonaba del todo. —Porque Luca me llamó a mí, Clara —respondió con una seriedad que me heló la sangre—. Y porque en este mundo de ratas y traidores, prefiero ser yo quien sostenga los hilos cuando algo importante está a punto de romperse. Ahora muévete, antes de que cambie de opinión y te cobre el vestido con intereses. + Subí las escaleras sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Gianna y Elena se encargaron de Luca, mientras yo entraba en la habitación de mi abuela. Verla allí, pálida pero respirando, con un gotero en el brazo y el médico ajustando unas máquinas, me devolvió el alma al cuerpo. Me senté a su lado, tomando su mano rugosa, sintiendo el latido débil pero constante de su pulso. —Ya estoy aquí, abuela —susurré. Pasé las siguientes horas en un limbo de alivio y agotamiento. Me quité el vestido de novia con la ayuda de una de las enfermeras que Viktor había contratado. Al verlo hecho un guiñapo en el suelo, me di cuenta de que esa prenda simbolizaba mi entrada al mundo de Viktor: manchada, rota, pero de pie. Me puse ropa vieja que traje aquí, mi ropa antigua, la que me hacía sentir real, y bajé a la cocina a buscar algo de agua. La casa estaba inusualmente silenciosa. Los hijos de Elena y Gianna estaban en el jardín de la mansión principal, lejos de este drama médico. En la sala de estar, vi a Viktor sentado en un sillón, con una Tablet en la mano y un vaso de whisky en la otra. Parecía agotado, pero sus ojos seguían alerta. —¿Cómo está? —preguntó sin levantar la vista. —Duerme —respondí, acercándome—. Viktor... sobre lo de antes... —No lo digas —me cortó, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco—. No quiero sentimentalismos, Clara. Tenemos una boda mañana. Una boda que ahora será más complicada porque tu abuela no podrá asistir. Los invitados harán preguntas. Marsella es un nido de víboras. —¿Eso es lo único que te importa? —le espeté, el sarcasmo volviendo a mi lengua por pura defensa—. ¿Las apariencias? Viktor se levantó, su altura dominando la habitación de inmediato. Caminó hacia mí hasta que nuestras respiraciones se cruzaron. —Me importa que sobrevivas a mañana —dijo, su voz bajando a un susurro peligroso—. Y si no puedes mantener la compostura porque tu abuela se tropezó, te van a devorar viva. Me sujetó del mentón, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos acero no buscaban consuelo; buscaban fuerza. —Hoy has corrido como una loca —continuó él, y su mano bajó hasta mi cuello, donde su pulso latía con fuerza—. Has demostrado que eres vulnerable. —Lo hice por mi familia —respondí, intentando que mi voz no temblara. —Ahora yo soy tu familia —sentenció él, y el peso de sus palabras me dejó sin aire—. Y mi familia no se desmorona. Mañana te pondrás otro vestido, caminarás hacia mí con la cabeza tan alta que parecerá que vas a decapitar a cualquiera que te mire, y sonreirás. Se acercó más, sus labios rozando mi oreja. —Tenemos un trato, no lo olvides.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR