La abuela

1427 Palabras
++++++++ Justo cuando iba a quitarme el vestido, Elena recibe una llamada. Por curiosidad me quedé; no obstante, no pensé que me rompería. Vi cómo su rostro, siempre una máscara de porcelana perfecta, se desmoronaba. Sus ojos se fijaron en los míos con una intensidad que me hizo dejar de respirar. —Elena... ¿qué pasa? —mi voz salió como un graznido, una premonición amarga instalándose en la boca de mi estómago. —Es Viktor —susurró ella, apretando el teléfono contra su oreja—. Clara... tu abuela. Viktor dice que va hacia la Villa ahora mismo. Luca lo llamó gritando... dice que ella sufrió un accidente. Que no despierta. El mundo se inclinó. No fue un desmayo limpio; fue una demolición. Mis rodillas cedieron bajo el peso de los metros de satén y tul, y me desplomé en el suelo alfombrado. El sonido del impacto de mi cuerpo contra el piso fue ahogado por el grito que se me escapó de la garganta, un sonido animal, visceral, que nada tenía que ver con la mujer refinada que intentaban construir. —¡No! ¡Ella no! —sollocé, golpeando el suelo con los puños, ignorando cómo las costuras del vestido de novia crujían ante el maltrato—. ¡Cualquiera menos ella, Dios, por favor! —¡Clara, mírame! —Gianna se arrojó a mi lado, sus manos enjoyadas tratando de sostenerme, pero yo era un manojo de nervios y desesperación. —¡Tengo que irme! —reaccioné, empujándola con una fuerza que no sabía que poseía. El pánico me inyectó una dosis de adrenalina pura, borrando la resaca, el cansancio y la humillación de la noche anterior. Lo único que veía era el rostro arrugado de mi abuela, la única persona que me había amado sin pedirme un contrato a cambio. Me puse en pie a trompicones. No busqué el vestidor. No busqué mi ropa vieja. Salí corriendo hacia la puerta de cristal, arrastrando la cola del vestido como si fuera una mortaja blanca. —¡Mademoiselle, el vestido! ¡No ha pagado! ¡Se va a arruinar! —gritaba la dependienta, su voz aguda perdiéndose en el vacío mientras yo empujaba la puerta de la boutique. Salí a la calle de Marsella como una novia fugitiva de una pesadilla. El sol del mediodía me golpeó, cegándome, mientras mis pies descalzos sentían el cemento caliente y rugoso. Varios hombres; los escoltas de Viktor que nos custodiaban, se pusieron en alerta máxima, desenfundando sus armas por instinto antes de darse cuenta de que la amenaza era yo, corriendo como una loca envuelta en seda cara. —¡Señora, deténgase! —gritó uno de ellos, interceptándome cerca del auto. —¡Quítate de mi camino o juro que Viktor te cortará la lengua! —le rugí, y el hombre retrocedió, sorprendido por la ferocidad en mis ojos. Llegué al auto, forcejeando con la manija. El vestido era una trampa de tela; se enganchaba en mis piernas, me pesaba, me asfixiaba. Estaba sudando; las lágrimas me nublaban la vista. En ese momento, Elena y Gianna aparecieron a mi lado, jadeando, sus rostros marcados por el esfuerzo de seguirme el ritmo. —¡Súbete al auto ahora! —ordenó Elena, su voz de mando de Doña Varonelli cortando el caos de la calle. Gianna me agarró por la cintura y, con un empujón poco elegante pero efectivo, me ayudó a meter toda esa montaña de satén en el asiento trasero. Era una imagen patética: yo, encogida en un rincón del cuero n***o, rodeada de nubes de tela blanca que ya empezaban a mancharse con el polvo de la acera. Elena se deslizó en el asiento junto a mí mientras el motor del auto rugía. —Ya está pagado —dijo ella, lanzándome una bolsa de papel con mis pertenencias—. La dependienta tiene su cheque y los hombres de Viktor tienen órdenes de no detenernos. Toma tus cosas, Clara. Intenta... intenta respirar. Me entregó los jeans desgastados y la camiseta que me había quitado hacía una eternidad. Los apreté contra mi pecho, sintiendo el olor a mi vida real, a mi vida antes de Viktor. —Si ella muere... —empecé, pero mi voz se quebró en un hipo doloroso—. Si ella muere porque yo no estaba allí por estar probándome trapos caros, nunca me lo voy a perdonar, Elena. Nunca. —Viktor está llegando a la Villa —trató de calmarme Gianna—. Él no dejará que nada malo pase. —Ella no es suya —escupí, limpiándome la cara con el dorso de la mano—. Ella es mía. Es lo único que me queda. ++++++++++++++ El rugido del motor del auto era lo único que llenaba el espacio asfixiante entre Elena, Gianna y yo. Mis dedos, entumecidos por el pánico, se hundían en el vestido que ahora me parecía una mortaja. Cada bache del camino hacia la Villa era un latigazo en mi columna. No podía dejar de visualizar a mi abuela, la mujer que me enseñó a rezar y a sobrevivir, tendida en un suelo frío mientras yo me miraba en espejos de oro. —Más rápido —le siseé, aunque la aguja del velocímetro ya rozaba límites suicidas. Elena puso su mano sobre la mía, pero la aparté. No quería consuelo de seda; quería la realidad de mis manos llenas de tierra. Cuando los neumáticos chirriaron sobre la grava de la Villa, ni siquiera esperé a que el vehículo se detuviera por completo. Abrí la puerta de un tirón y salté. Mis pies descalzos golpearon las piedras pequeñas, pero no sentí el dolor físico; el incendio que llevaba dentro era mucho más voraz. Corrí hacia la entrada principal, arrastrando metros de encaje y satén que ahora estaban manchados de barro y grasa de motor. Era una imagen grotesca: una novia de la mafia desmoronándose antes de llegar al altar. Empujé las puertas dobles con una fuerza desesperada. El silencio de la casa me recibió como un golpe. —¡Abuela! ¡Luca! —mi grito rasgó el aire acondicionado de la estancia. Entonces lo vi. Luca estaba sentado en el último escalón de la gran escalera de mármol, con la cabeza entre las manos y los hombros sacudidos por sollozos silenciosos. Tenía la camiseta manchada de algo que parecía agua y cal, y sus rodillas temblaban. Al escucharme, levantó la vista. Sus ojos, rojos y cargados de una culpa que ningún niño de trece años debería cargar, se fijaron en mi atuendo ridículamente lujoso. —¡Clara! —se levantó de un salto y corrió hacia mí. Me arrodillé en el suelo, ignorando el vestido carísimo, que se convertía en un trapo bajo mis piernas, y lo envolví en mis brazos. Luca escondió el rostro en mi cuello, llorando con un hipo desgarrador que me partió el alma en dos. —Es mi culpa, Clara... es toda mi culpa —balbuceó contra mi piel—. La abuela... se cayó saliendo del baño. Me llamó, estoy seguro de que me llamó, pero yo estaba afuera, estaba enojado, no la escuché. Tardé demasiado en entrar. Cuando la encontré, no abría los ojos. No se movía. —Shh, tranquilo, pequeño. Escúchame —le obligué a mirarme, sujetando su rostro sucio entre mis manos—. No es tu culpa. Los accidentes pasan, Luca. Ella se pondrá mejor, es una guerrera, ¿me oyes? Ha sobrevivido a cosas peores que una caída. Ella no te dejaría solo. —Pero no despertaba... —susurró él, y el terror en su voz era una aguja clavada en mi pecho. En ese momento, una sombra imponente se proyectó sobre nosotros desde el pasillo que conducía a las habitaciones de la planta baja. Me tensé por puro instinto, pero cuando levanté la vista, no encontré al monstruo cínico que me había reclamado la noche anterior. Viktor estaba allí. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de su camisa negra remangadas hasta los codos, revelando los tatuajes oscuros que trepaban por sus antebrazos. Su rostro, habitualmente una máscara de piedra tallada en el puerto de Marsella, tenía una expresión extraña, casi solemne. Al ver el desastre que era yo; el vestido roto, los pies sangrando ligeramente por las piedras del camino—, sus ojos acero se suavizaron apenas un milímetro. —Ya basta de llantos —dijo Viktor. Su voz no era dura, pero tenía esa autoridad metálica que cortaba el histerismo de raíz—. Ella está fuera de peligro.
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