“Ten calma, pues todos los lobos que están en este cuarto son de mi manada. Y me escuchas porque te marqué como mi pareja. Más tarde te lo explico mejor.”
Sus palabras me dejan con más preguntas que respuestas, pero antes de poder pensar en cómo responderle, la Señora Floraly toma mi mejilla con firmeza.
Al mirar sus ojos tan intensos, me quedo quieta. Su expresión me recuerda a cómo las monjas me regañaban en la iglesia, y sus siguientes palabras confirman que mi reacción de miedo no estaba equivocada.
—Él te marcó más fuerte de lo que los otros lobos suelen hacer, y eso me hace preguntar si ha tomado un riesgo esta noche que no le correspondía tomar —dice con voz afilada, dirigiendo la mirada directamente a Alejandro. En ese instante, le lanza una pregunta cargada de juicio.
—¿Has dormido con tu ama después de marcarla?
Siento a mis damas terminar de enjabonarme, sus manos cuidadosas comienzan a vestirme con un delicado vestido azul claro adornado con rosas. Todo mi cuerpo está tenso, como si cada hilo del vestido apretara también mi respiración.
Durante este incómodo silencio, el lobo que protege a la Señora Floraly comienza a olfatear con insistencia, como un perro entre los otros lobos, hasta que no puedo más y le susurro a Alejandro:
—Alejandro, contesta a la Señora Floraly… por favor. Necesito que mis nervios encuentren algo de paz. No quiero más razones para estar así de temblorosa.
En segundos… él responde.
—Tomo mi trabajo con todo respeto y con la confianza de no fallar, Señora Floraly —responde Alejandro, su voz firme, sin espacio para más explicaciones.
Pero sus palabras no le dan calma a Floraly. Su ceño se frunce aún más y, con un tono cargado de ira, lanza una nueva pregunta al cuarto.
—¿Habla la verdad este perro que tengo frente a mí?
Sus ojos recorren el lugar, y se detienen especialmente en su propio guardián, quien respira profundamente para calmarse antes de responder.
—Sí, habla la verdad. Nada ocurrió en este cuarto, Se—
Sus palabras son interrumpidas abruptamente cuando se escuchan golpes en la puerta. Una voz femenina se alza del otro lado:
—La Reina ordena orden.
El cuarto se sumerge en un silencio tenso, roto solo por el ruido de muebles moviéndose alrededor de mi. Estoy confundida. Antes de que pueda decir algo, la Señora Floraly se posiciona delante de mí, cubriéndome.
Alejandro se adelanta para ponerse frente a mí, protector. Mis damas me rodean, y sus lobos se acercan en posición defensiva. Todos se preparan. Entonces, Floraly habla con formalidad:
—Permiso para la entrada de la gran Reina Patricia.
Las puertas se abren con solemnidad. La Reina entra en todo su esplendor, sus lobos flanqueándola como sombras letales. Nadie se atreve a moverse en su presencia.
Observo que esta vez la acompañan dos lobos, y me pregunto por qué en nuestro primer encuentro solo vi uno, o ¿estoy confunde todo lo ocurrido?. Mientras reflexiono, un hombre entra junto a una mujer que, claramente, es su loba. Caminan detrás de la Reina.
Ella no habla. No necesita hacerlo. Es su lobo —uno nuevo, que nunca antes había visto— quien alza la voz con autoridad.
—Todos, afuera. El guardián de la nueva Reina, entra a tu jaula. Ahora.
En cuestión de segundos, todos comienzan a moverse. Cuando Alejandro camina hacia la jaula, instintivamente le tomo la mano. Pero él se aleja con suavidad, hablándome en la mente mientras lo hace.
“Solo haz lo que te pidan. No te lastimarán. Y si lo intentan… los mataré sin pensarlo dos veces.”
Sus palabras me traen una pizca de paz. Sin embargo, el hombre que entró con la loba joven no sale del cuarto. En lugar de eso, toma una silla y se sienta, mientras su loba entra y sale del cuarto trayendo algunos objetos.
El nuevo lobo de la Reina —aún sin haberse presentado con nombre— habla de nuevo.
—Tenemos que asegurarnos de que todo esté bien contigo, y que estés lista para asumir el reinado y sus responsabilidades. El doctor te va a examinar y nos dará su veredicto.
El hombre me dirige una mirada neutral y se acerca, con una bolsa en las manos.
—Dama, si me permites, por favor siéntate en la cama para poder comenzar. Mi guardiana me asistirá en el proceso.
Obedezco. Me siento en la cama, tratando de respirar con calma. En ese momento, escucho el sonido metálico de una jaula cerrarse. Giro la cabeza y lo veo: Alejandro… encerrado. Trago saliva.
Entonces siento un pinchazo. Me sobresalto. El doctor me ha hecho un corte sin avisar, y su loba está al lado de él. Pero lo más impactante ocurre segundos después: el nuevo lobo de la Reina se acerca, toma mi mano aún sangrando… y lame la herida.
Quedo paralizada por la sorpresa.
Él habla con voz clara y fría:
—Tuvo intimidad con su guardián, pero no ha quedado embarazada. Está ovulando, pero no hay peligro.
Da un paso atrás, y un leve suspiro escapa de mí. Me permito al menos ese pequeño alivio… pero entonces, la Reina finalmente habla.
Y sus palabras me toman completamente por sorpresa.
Un estremecimiento de miedo recorre mi cuerpo como un escalofrío helado. Pero mis ojos no se apartan de la Reina mientras camina con paso calculado hacia la jaula donde Alejandro está confinado. Su silueta majestuosa, envuelta en seda bordada con hilos de oro, parece dominar el aire mismo.
Y entonces… habla.
—Bueno, eso es completamente entendible —dice con una sonrisa fina como una cuchilla mientras extiende su mano y acaricia el cabello de Alejandro con descarada familiaridad.
La rabia me sube por el pecho como una llama viva. Su gesto es suave, pero cargado de deseo. Lo mismo que yo siento por él… lo veo reflejado en sus ojos. El mismo fuego. El mismo anhelo. Y no lo soporto.
Mi voz se escapa antes de que pueda detenerla.
—Permiso para hablar a la Reina.
Ella no se gira. No me mira. Pero responde. Su tono es seco, impregnado de fastidio, como si mi existencia le resultara una molestia menor.
—Habla.
Respiro hondo. El corpiño de seda y los nudos del vestido se sienten más apretados de lo normal. Pero lo suelto, con la voz temblando entre respeto y osadía.
—¿Por qué fue adelantada la boda para hoy?
Ahora sí, gira lentamente hacia mí. Su rostro está tenso, sus labios apretados. La irritación se ha transformado en furia contenida.
Y grita.
—¡Eso no es de tu incumbencia! Solo cierra esas piernas hasta que mi hijo consuma el matrimonio contigo y me des un nieto digno de mi sangre.
Sus palabras me hieren más que un golpe. La vergüenza, el dolor y la impotencia me queman por dentro, pero me obligo a mantener la compostura mientras ella lanza una última orden, con el veneno aún en la voz.
—Terminen de arreglarla. Que se acabe este circo de una vez.
Hace un gesto con la cabeza y las puertas se abren de inmediato, como si el aire mismo le obedeciera.
La Reina camina lentamente hacia la salida, sin dignarse a mirarme otra vez, pero deteniéndose justo lo suficiente para observar cómo los últimos retoques son colocados en mi cabello: una corona de perlas tejida con flores de azahar, símbolo de pureza que ya no me pertenece. El rubor en mis mejillas no viene del maquillaje, sino de la humillación. El perfume de rosas se mezcla con la rabia que intento disimular.
Y entonces… se va.
Sentada frente al tocador de mi habitación, con el corsé apretado y la piel aún sensible por todo lo que ha ocurrido, observo en silencio a mis damas mientras aplican el maquillaje con manos temblorosas. El polvo perlado cubre mis mejillas, el perfume floral envuelve el ambiente, y las joyas reales empiezan a adornar mi cuello como si fueran cadenas doradas.
Una de ellas ajusta los zarcillos, otra acomoda los rizos de mi cabello en un peinado alto, perfecto para una reina. Todo en mí está siendo preparado como una ofrenda.
Pero es la voz de la Señora Floraly la que rompe el hechizo momentáneo.
—¿Cómo es que Pablo escapó? ¡Él es el guardián más importante y ahora… ha escapado!
El miedo en su tono hace que el silencio se apodere del cuarto por unos instantes. Las manos de mis damas se detienen. Mis ojos parpadean con lentitud, como si acabara de despertar de un sueño espeso.
Ese nombre… Pablo.
Lo había escuchado antes en los labios de Alejandro. Un aliado, tal vez. Un amigo. O alguien más. Pero también es un nombre que he oído en susurros, en historias entre las sombras, y ahora retumba con urgencia.
Sin embargo, no puedo detenerme en eso. No ahora.
Mientras el rumor de la fuga de Pablo se propaga por el ambiente como una brisa cargada de pólvora, yo solo puedo pensar en una sola cosa:
Cómo sobreviviré esta noche… junto al príncipe.