Terminando, me levanto. Mis damas ajustan el último broche de perlas en mi espalda. Miro hacia la jaula… Alejandro sigue ahí. Su mirada se clava en la mía con una calma tensa que solo nosotros entendemos.
Antes de que pueda preguntar, dos guardias se mueven con eficiencia y abren la reja. Alejandro sale sin mostrar debilidad. Le entregan una prenda nueva y el guardián de la Señora Floraly le indica con frialdad:
—Cámbiate y síguenos.
Él asiente. Se dirige al clóset de agua sin decir una palabra, y en cuestión de segundos regresa. Viste un abrigo color crema, camisa de lino amarilla, y pantalones perfectamente entallados, como si el destino no pensara dejar espacio para la improvisación.
—Vámonos a la sala de actividades. La iglesia ha llegado para unirlos. Síganme.
El trayecto es más corto de lo que esperaba. El palacio, con sus pasillos de mármol pulido y cortinas de terciopelo, parece más pequeño… o tal vez soy yo, que me siento atrapada en una caja de cristal que se cierra lentamente.
No comprendo lo que está ocurriendo. Nadie me habla. Nadie me mira directamente. Me siento más aislada del mundo que cuando estaba encerrada en la iglesia.
Al llegar al salón de actividades, una multitud me espera.
Gente que no reconozco. Nobles con pelucas empolvadas, mujeres con abanicos decorados con oro y encaje, soldados en formación. Al fondo, bajo un arco de flores blancas y emblemas reales bordados en azul y oro, está el pastor de la misma iglesia que me crió… y a su lado, el príncipe.
Está vestido de gala, con una capa azul marino que arrastra ligeramente sobre el suelo y un medallón del escudo real brillando en su pecho. Me sonríe… una sonrisa vacía, de protocolo. De posesión.
Camino hacia él mientras el murmullo cesa. El ambiente se carga de incienso, velas encendidas y música de cuerdas que apenas roza los oídos. Alejandro camina detrás de mí, a la distancia que le fue asignada.
Cuando llego junto al altar, el pastor nos mira a ambos. Su voz resuena en la sala como una sentencia.
—Nos reunimos hoy en presencia del Altísimo y del Reino para sellar este sagrado vínculo entre la Reina Mónica y el Príncipe Felipe. Que su unión traiga paz, sangre real… y obediencia.
Mi corazón late con fuerza. Miro al príncipe, que extiende su mano enguantada hacia mí.
Tomo su mano con dedos temblorosos. Alejandro, desde su lugar detrás de los asistentes, no aparta los ojos de mí.
El pastor continúa:
—¿Prometes, Reina Mónica, cumplir tu deber como esposa del heredero, como madre del linaje, y como símbolo de estabilidad para esta corona?
Trago saliva. Todo el palacio guarda silencio. Solo escucho mis latidos.
—Lo prometo —respondo con voz apenas audible.
—¿Y tú, Príncipe Felipe, juras proteger a tu esposa, guiarla con justicia, y mantener la pureza del trono?
—Lo juro —responde sin dudar, mirando al público, no a mí.
El pastor asiente. Toma una cinta de seda blanca, la envuelve alrededor de nuestras manos unidas y pronuncia las palabras finales:
—En nombre del Reino, la Iglesia, y el cielo que nos observa… están casados.
Un aplauso seco estalla en la sala. Más ritual que celebración. Más política que amor.
Me sueltan la mano y el príncipe me ofrece el brazo, guiándome para salir. Detrás de nosotros, el cortejo comienza a moverse. Las flores caen del techo en forma de lluvia artificial.
Y Alejandro…
Alejandro ya no está a la vista.
El sonido de los pasos sobre el mármol se mezcla con los susurros suaves de las cortesanas. Sujetando el brazo del príncipe, soy guiada hacia una puerta doble tallada en madera oscura. Sobre ella, un emblema real con la flor de lis bordada en oro anuncia la entrada a la cámara nupcial.
No camino. Soy arrastrada con cortesía forzada. No hablo. Apenas respiro.
Dentro, el cuarto ha sido preparado para el ritual. Hay velas encendidas por toda la estancia, pétalos de rosa en el lecho de seda blanca, y a los pies de la cama, una sábana limpia doblada, esperada como prueba. Dos criadas de la Reina se mantienen en la sombra, observando sin disimulo.
El príncipe me suelta el brazo al llegar al centro de la habitación. Sin una palabra, comienza a desvestirse, ayudado por un sirviente que se retira al terminar. Yo permanezco inmóvil, las manos frías, el alma ausente.
Una de las mujeres se acerca a mí y comienza a desatar los lazos de mi vestido. No me mira a los ojos. Actúa con rapidez, sin emoción, como si desvestirme fuera una rutina. Me siento como una muñeca real… un adorno.
Cuando mi cuerpo queda cubierto solo por la camisa de lino, el príncipe sube a la cama y se recuesta con indiferencia. Hace un gesto.
—Sube.
Mis pies me tiemblan. Escucho un carraspeo, y el guardián de protocolo que espera fuera de la habitación asoma la cabeza.
—¿Necesita la corte presenciar el acto, Alteza?
Él inclina la cabeza y se va a remover sus ropas. Pero justo entonces veo entrar a sus padres, los lobos, la Señora con mis damas… y finalmente, a Alejandro.
Philip se mueve sobre mí sin una palabra. No hay ceremonia, no hay ternura. Solo su cuerpo imponiéndose con rudeza.
Debo hacer todo lo posible por no mostrar cuánto me duele. Cierro los ojos, respiro profundo… y pienso en Alejandro, en lugar del príncipe que ahora es mi rey. Siento que mi cuerpo se contrae, mis dedos de los pies se enroscan sin querer, y el calor en mi estómago empieza a crecer. Sus embestidas son más gruesas, más pesadas que las de anoche. Me estira, me rompe, me llena… hasta que todo lo que mi cuerpo pudo contener se desborda.
Caigo sobre su pecho, exhausta. Y él me llena de nuevo, como la noche anterior. Gimo con dificultad. No sé si por dolor, o por rabia. Pero valió la pena.
Justo cuando termina, la puerta intenta abrirse. Philip se levanta sin apuro, me carga hasta el lecho secundario y me cubre con sábanas secas. Se pone los pantalones sin mirar atrás.
No me había fijado en el estado de mi cama… está empapada, y manchada de rojo. Mis ojos se abren con horror. No sabía que todo esto… era mi culpa.
Alejandro abre la puerta, pero se queda junto al marco sin moverse. Lo llamo, con voz débil:
—Alejandro, ven.
Él cierra la puerta tras de sí y camina hasta mi lado izquierdo. Se sienta sin hablar.
Para calmarlo, le acaricio suavemente el antebrazo. Él se relaja al instante. Eso, extrañamente, me calma a mí también.
Un pastor entra con agua, toallas y dos enfermeras. Deseo rodar los ojos, pero me contengo. Ya pasé el examen. Estoy más cerca de mi libertad. Aun así, la expresión del joven que me observa es la de un gallo nervioso a punto de cantar en un corral de bestias.
Él me mira y nota que no me he levantado. Me esfuerzo por estirarme y levantarme. Al hacerlo, mi ropa resbala de mi cuerpo. Algo en mí ha cambiado desde anoche… lo siento en cada parte.
El doctor sonríe al verme desnuda. Mi cara lo deja claro: no estoy contenta con su mirada.
—Enfermeras, preparen el baño de nuestra Reina. Reina Mónica, acérquese para inspeccionarla —me ordena.
Obedezco. Me paro frente a él.
Con manos frías, empieza a moverme el pelo de un lado a otro, examina mi rostro, mis orejas, mis brazos… y luego mis pechos sin pudor. Me gira de lado, luego de espaldas. Separa mis glúteos para revisar, y vuelve a girarme.
Los hombres al fondo se ríen por lo bajo.
Pero sus risas se apagan en cuanto Alejandro gruñe. Un sonido seco, profundo. Sus rostros se transforman. Arreglan sus trajes como si el gruñido les recordara su lugar.
El doctor se detiene, lo mira.
—¿Alejandro, verdad?
Alejandro asiente con la cabeza.
—Excelente. Reina Mónica, usted tiene un perro de obediencia. Eso es raro en nuestro castillo. Quizás, con él, las cosas mejoren… y si no, pues la vida sigue.
Aplaude con entusiasmo fingido.
—Ahora, Reina, ve a bañarte mientras inspecciono lo demás. Terminaremos cuando regreses, para vestirla con la ropa que la Reina le envió.
No pierdo tiempo. Camino con rapidez al baño. El agua estaba perfecta, tibia y aromática. Me lavan por completo, excepto en ciertas zonas que me dan paz.
Pero al salir… tengo más miedo de volver a mi cuarto que de quedarme en el baño.
El doctor se voltea con su sonrisa aún clavada en el rostro. Tras examinar a Alejandro, su incomodidad es evidente. Ya seca, él se acerca, me toma la mano y me lleva frente a un conjunto de ropa cuidadosamente dispuesto.
Veo un traje rosa pálido con bordados dorados. Me ponen el jumper, luego los pantalones interiores, la falda blanca, las medias, y una camisa de algodón también dorada. Encima, una crinolina de madera, y las siete capas de aros de las faldas de gala.
Me aprietan el corset. Respiro apenas.
Me sientan sobre un taburete de madera. Estiran mi cabello, lo recogen con decenas de alfileres dorados, lo decoran con diamantes. Luego, perforan mis orejas con una aguja caliente.
—¿Alejandro… puedes sanarme?
No responde. Solo se inclina y lame mis orejas. El sangrado se detiene de inmediato.
Sonrío al verlo retroceder sin resistencia. Me ponen las botas negras, ajustadas con cintas. Luego, la última capa de la falda: rosada con bordados dorados. Me colocan el corset final, el encaje con cordón. Lo ajustan con fuerza. En el espejo… mis pechos se han elevado tanto que no me reconozco.
Antes del corpiño, me ponen una camisola. Acomodan los volantes, me colocan los anillos, el collar de rosas con detalles dorados. Al terminar, me pongo de pie. Me siento como si llevara sacos de arroz encima… pero me veo como una princesa.
El doctor aplaude, interrumpiendo mis pensamientos. Sonríe, satisfecho.
Dentro de mí… no hay alegría.
Entonces entran el Padre, Madre Luisa y el Apóstol. Me cubro los labios con la mano, conteniéndome. Detrás de ellos vienen mis damas: Erika, Magdalena y Juliana. Con ellas, un joven que no reconozco, pero que claramente viste como noble.
Mis damas toman posiciones a mi derecha. El joven se adelanta y habla con voz clara.
—Como doctor privado del Príncipe, debo asegurarme de que la Reina esté completamente limpia y lista para él. Acuéstese, Reina Mónica.
Se quita los anillos con calma.
Me introduce dos dedos. Me siento expuesta. Violada por segunda vez, esta vez delante de todos. Cuando los retira, muestra un líquido claro… y mi cuerpo se estremece. El escalofrío me atraviesa como una daga.
Alejandro no se mueve de mi lado. Pero sus ojos… sus ojos son ahora completamente negros. Tensos. Salvajes. A punto de romper cadenas invisibles.
El doctor sonríe con crueldad.
—Excelente, Reina Mónica. Está en perfectas condiciones. Ahora, levántese. Vamos a hacer unas pruebas más… y comprobar que no hay marcas indeseadas en su cuerpo.
Se gira para lavar sus manos.
Yo me levanto. Estiro lo poco que llevo encima, solo para buscar la mano de Alejandro. Necesito sentir algo real.
Pero antes de tocarlo, escucho la voz de la Señora… gritar mi nombre.