Haciendo todo lo posible por mantenerse en pie, el pastor cubierto de túnicas doradas terminó de vomitar en el suelo, temblando y con el rostro cubierto en sudor frío. Aun inclinado, jadeando como un moribundo, gritó con desesperación—como si aún esperara que su dios lo salvara del juicio de un Alfa furioso. —¡Gran Alfa Alejandro! La reina… la reina está viviendo con la familia Gladys, en el este de España. Vive bajo el nombre de Gladys… o Cassandra. Los niños… fueron escondidos. ¡No por vergüenza, sino para que no fueran atacados! Esas palabras me llenaron de algo que no había sentido en mucho tiempo: paz. Por fin. Por fin tenía un lugar. Un punto en el mapa. Un destino. Una manera de llegar a mi Luna. Pero Alfonzo no dejó que ese momento se cerrara ahí. No con una simple respuesta.

