Dejando salir un suspiro suave, Augusta se inclinó un poco hacia los cachorros y les habló con ternura: —Buenos días a ustedes. Las expresiones de los pequeños fueron simplemente adorables al escuchar a mi mate dirigirse a ellos con esa dulzura que solo ella sabía dar. Cada uno respondió a su manera, murmurando sus propios “buenos días”, y yo sentí cómo mi rostro se encendía de orgullo. Era imposible no sentirme el hombre más afortunado al verla comportarse ya como lo que siempre fue: mi Luna. Me moví apenas, buscándola con la mirada, y ella me devolvió esa mirada cargada de cariño. Juro que por un instante estuve a punto de tomar sus labios con toda la pasión contenida… pero me controlé, dejando que el momento siguiera su curso. —Buenos días, Reina Luna Augusta —dije con un cariño que

