Mis manos ardían por tocarla, por tomar su rostro y borrar con mis labios cada lágrima que la vida le había obligado a derramar. Pero no lo hice. Porque el amor que siento por ella no es una jaula… es un lugar seguro. Y si ahora necesita distancia, yo seré esa distancia. Si ahora necesita silencio, yo callaré. Porque prefiero que me mire con duda a que me mire con miedo. Apreté los puños, conteniendo al lobo que me gritaba que la reclamara ahí mismo. Respiré su aroma, guardándolo como una promesa. — No voy a forzarte, Mónica… —mi voz fue apenas un murmullo—. Pero tampoco voy a rendirme. Di un paso atrás, no porque quisiera alejarme… sino para demostrarle que puedo esperar. Ella sigue siendo mi Luna, mi única Luna. Y si el camino hasta su corazón está lleno de espinas, caminaré d

