La cena había salido mejor de lo que esperaba. Todos teníamos claro nuestros deberes, pero aún así Cecilia insistía en empujar la conversación hacia mí, hacia el por qué no permitía que Manuel me tocara. No era porque él fuera desagradable como los hombres de la iglesia. Al contrario… Manuel era más bello de lo que yo me hubiera permitido imaginar. Su cabello n***o, bien recortado y partido al lado, sus ojos marrones, su piel de bronce que parecía hecha para el sol… y sus músculos que se marcaban sin esfuerzo. Aunque solía estar serio, cuando me miraba me regalaba sonrisas que me hacían perder la concentración. Pero mi mente regresaba al pasado. A esos hombres. A esos recuerdos asquerosos. Yo había prometido no dejar que ningún hombre me tocara jamás, porque para ellos yo no era más qu

