Capítulo 67: Cena con los rangos

1437 Palabras

Al llegar al cuarto de mis hijos —después de pasar por el estudio de Alejandro— los vi felices, descubriendo cada rincón como si fuera un mapa nuevo. “Esto ayudará a Kílliam, Paulo y Pedro”, pensé; y tuve razón: cuando mi mayor vio a Kílliam, fue directo a presentarse. La conexión fue casi instantánea; en cuestión de segundos ya corrían por el pasillo, riendo, como si el dolor se detuviera un momento para dejarles respirar. Aproveché ese respiro. Tomé la mano de Marisa y la llevé al cuarto contiguo: el mío y el de Alejandro. Cerré la puerta con suavidad y me senté. Ella quedó de pie, inquieta, aferrándose a sus propios dedos como si fueran su única ancla. —Tome asiento, Marisa —le pedí—. Antes de estar con los demás, quiero hablar contigo a solas. Obedeció, pero su espalda quedó rígida,

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