Al llegar al cuarto de mis hijos —después de pasar por el estudio de Alejandro— los vi felices, descubriendo cada rincón como si fuera un mapa nuevo. “Esto ayudará a Kílliam, Paulo y Pedro”, pensé; y tuve razón: cuando mi mayor vio a Kílliam, fue directo a presentarse. La conexión fue casi instantánea; en cuestión de segundos ya corrían por el pasillo, riendo, como si el dolor se detuviera un momento para dejarles respirar. Aproveché ese respiro. Tomé la mano de Marisa y la llevé al cuarto contiguo: el mío y el de Alejandro. Cerré la puerta con suavidad y me senté. Ella quedó de pie, inquieta, aferrándose a sus propios dedos como si fueran su única ancla. —Tome asiento, Marisa —le pedí—. Antes de estar con los demás, quiero hablar contigo a solas. Obedeció, pero su espalda quedó rígida,

