El frío acarició mi cuerpo y una ola de escalofríos recorrió mi columna, despertándome de mi cansado sueño.
Abrí los ojos despacio, encontrándome en una austera y aburrida habitación. Otra vez, habia despertado en ningún lugar. La sábana resbaló por mi pecho y noté que estaba desnuda. La apreté más contra mí para cubrirme mejor.
Froté mi cara un par de veces intentando despabilarme y evitar que mis ojos volvieran a cerrarse. Me ardían horrores y la cabeza me martilleaba a tal punto que sentía que explotaría en cualquier momento. Las arcadas que crecían en mi interior no eran de mucha ayuda tampoco para recuperar mi enfoque. Sentía unas inmensas ganas de devolver todo lo que había comido el día anterior.
Me incorporé lentamente de la cama, trastabillando a medida que daba cada paso; todo me daba vueltas y me sentía desfallecer en cualquier momento
Respiré profundo intentando aminorar las ganas de vomitar y me quedé quieta mientras cerraba los ojos y esperaba a que los síntomas de la resaca aumentaron un poco.
Un sonido proveniente de la cama rompió la tranquilidad que se había instalado en la estancia. Abrí los ojos con lentitud: el suelo estaba regado con botellas vacías de alcohol y condones usados, mi ropa estaba desparramada por el suelo, mezclada con otra que no era mía.
Caminé por la habitación a paso ligero, evitando hacer ruido y me vesti con la ropa que encontré: una falda negra corta, un top n***o y un par de tacones a juego. Por suerte, había ignorado los comentarios de Fernanda y había traído conmigo una campera de cuero obviamente negra.
Nuevamente, el hombre a mi lado se removió en la cama. Su imagen era tranquila, la clase de imagen que proyecta alguien cuando estaba inmerso en un sueño apacible. Las puntas de su cabello castaño caía sobre cara y su piel blanquecina hacía juego con las sábanas blancas.
Su nombre era Andew, o eso creía recordar puesto que me lo había dicho antes de que tomara la segunda botella de tequila.
Sentí otra vez las consecuencias de la resaca y un asco inmenso trepó por mi cuerpo hasta instalarse en mi pecho. Recordar lo que había hecho con ese desconocido sólo hacía las cosas peor.
Caminé por el no muy grande pasillo y bajé por las escaleras aún sintiendo náuseas.
Recordé haber llegado a aquél lugar cerca de las dos de la mañana, completamente ebria con el extraño, quien sin perder tiempo pagó por una habitación en el hotel de lujo.
Tomé el primer taxi que vi y para cuando llegué a mi departamento, ya eran pasadas las dos, la ciudad volvía a su actividad habitual y yo permanecía en mi estado de pasividad continua, como todos los fines de semana.
Me dejé caer en la dura piedra que teníamos por sillón y tan pronto como lo hice, mi bolso comenzó a vibrar.
Observé la pantalla del celular y luego lancé un suspiro.
-Hola-dije demasiado agotada como para hablar.
-Vaya, sí que te dejaron agotada anoche-espetó fernanda soltando una risa que me perforó la cabeza.
Su diversión no me sirvió de ayuda Al contrario, me hizo caer más en la cuenta de que esto no era más que algo repugnante y pérfido,
-Ari, ¿sigues ahí?-preguntó algo más tranquila y preocupada.
-Si...-estaba cansada y mi cabeza estaba a punto explotar.-Me iré a darme una ducha fría y después me meteré en la cama, realmente no tengo ganas de hacer nada. Te veo al rato Fer.-dije y luego colgué el teléfono sin dejarle la posibilidad de que respondiera.
Me metí en la ducha a duras penas. El agua fría caía por mi cuerpo sin que importara que estaba ardiendo, porque tal vez así podría limpiar toda aquella suciedad que me llenaba.
Ser una prostituta no es para nada fácil, mucho menos si tienes un jefe excesivamente codicioso que sería capaz de venderse como carne por unas cuantas monedas extra. O lo que era aún peor, tener que viajar una hora todos los fines de semana para trabajar a un prostíbulo de mala muerte, con un bar aún peor, donde te tratan peor que a un trozo de papel.
Y claro allí nosotras no éramos más que objetos, indefensas, inertes y a mano de cualquier hombre a cambio de unos cuantos billetes.
Y cuando ya estabas enterrada en ese mundo perverso, estando tan inmersa en él, lo único que me quedaba era aprovechar el dinero ganado para pagar mis estudios. Mi carrera. El futuro que tanto anhelo.
Y por mucho que me haya costado aceptarlo, ahora sabía que no ocurriría un milagro y seguiría siendo una prostituta hasta el día en que muriera.
Porque las marcas externas siempre van pero las internas permanecen impresas en un lienzo imborrable.
Y nunca, nada cambiaría ese hecho
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Nota de la autora:
Bienvenidos a esta aventura.
¿Están listos para estremecerse con el pozo de emociones que les despertará esta historia?
Les aseguro que vibrarán con la forma en que los hará sentir.