Arianne
Cuando desperté, el reloj en el mueble al costado de mi cama marcaba las 6pm de la tarde. ya había dormido bastante y aún así los párpados me pesaban y me costaba mucho trabajo moverse.
Retiré las sábanas y el contacto con el piso helado me despertó de golpe. Fui a la cocina y tomé un vaso de leche que vacié en apenas unos segundos. Me abalancé sobre el sillón para prender el televisor y perder el tiempo viendo uno de esos típicos programas sobre la vida salvaje en Animal Planet.
Mis fines de semana eran siempre así: llegar al bar, bailar ante ojos lascivos, irme con un tipo al final de la noche, regresar a mi departamento en la mañana cuando mi compañera ya había desaparecido y dormir durante horas para volver a empezar un ciclo lento pero corto que parecía muy largo.
Llevaba dos horas viendo un documental sobre el apareamiento de la babosa ninja de Borneo Cuando mi celular vibró bajo mi trasero.
En la pantalla se leía el nombre de Roberto y no pude evitar rodar los ojos con hastío.
— ¿Para qué me necesitas? Robertoo chasqueo la lengua en un acto desdeñoso.
- ¿Acaso ya olvidaste quién soy yo, muñequita?— había un tono amenazante en su voz, como si me reclamara por derecho. -Sabes perfectamente cómo me gusta que te dirijas a mi
Con un suspiro de exasperación y la bilis quemándome la garganta, cedí a sus demandas.
-Dime, ¿qué se te ofrece?
-Tienes una cita importante mañana-soltó de pronto.
¿Había escuchado bien? Óscar conocía mis días de trabajo, sabía cómo me administraba y aun así, ¿quería que trabajara mañana que era un día escolar? No, imposible.
-¿Qué? Mañana es lunes. Sabes perfectamente que no trabajo los días hábiles-mi tono de reproche no tardó en aparecer.
Sabía que estaba molesta, pero tratándose de él, estaba segura de que poco le importaba
-Mañana voy a la universidad-añadió, buscando deshacerse de la tarea que me imponía.
-¿Y eso qué?-me interrumpió severo.- Es tu trabajo, debes estar disponible los trescientos sesenta y cinco días del año para mi sin rechistar.
-Tienes más de treinta chicas trabajando para ti. Dile a alguna de las otras. Me niego a trabajar
en días escolares.
Dios, ¿qué pretendía? ¿Sacarme de mis casillas? No era la única prostituta bajo su cargo. ¿Qué tan difícil era conseguir a otra mujer que estuviera complacida por abrir sus piernas por unos cuantos billetes? Había muchas disponibles.
-Él ha pagado por ti. Lo siento corazón, negocios son negocios. No puedo cancelar un trato que ya ha sido cerrado. ¿Tienes idea de los problemas que eso ocasionaria?-recalcó como si fuera lo más obvio del mundo y yo fuese idiota.
Y ahí estaba de nuevo: el imbécil sin escrúpulos que era capaz de venderse con tal de salvar su propio pellejo.
No me quejaba y no me sorprendía. Cuando crecías en las calles, sabías que aquello era la única opción viable: comer o ser comido. Tan simple como eso.
Guardé silencio por unos segundos, dando por cerrada la discusión puesto que él había ganado la discusión
De acuerdo-accedí entre dientes.
-Así me gusta-dijo al fin y una risa seca se escuchó del otro lado de la linea.-Te daré los detalles del lugar donde lo encontrarás cuando llegues al bar. Ah y por cierto, te contrató por tiempo completo.
Mi estómago ardió y la bilis volvió a quemar mi esófago en una mezcla de ira y repugnancia.
-Cerdo-espetó con desdén.
-No te olvides del lugar en el que estás, preciosa. No deberías ser tan altanera-había una clara amenaza en sus palabras.-No eres más que una prostituta Alison, no lo olvides.
Dicho esto, la comunicación se cortó,
Lancé el móvil ofuscada al otro lado del sillón, cerrando los ojos para aminorar el punzar que atacaba mis sienes.
Incluso el resaltaba aquello que era obvio:
No era más que una prostituta. No importaba cuánto me esforzara por llevar una vida normal en la universidad o con mis amigos y compañeros; el fantasma de aquello que hacía tras el arropo de capas de maquillaje, poca ropa y un bar de mala muerte no dejarían de perseguirme jamás.Dicho esto, la comunicación se cortó.
No quedaba más que resistir y aceptar aquello que viniese
Suspiré, ya cansada.
Había tenido malas experiencias con algunos clientes y la incertidumbre que nacía siempre por permitirle el acceso a tu intimidad a un desconocido era siempre un animalillo que me retorcía las entrañas en anticipación.
El tipo de anticipación que tenía su raíz en el miedo.
Esperaba que el dichoso cliente no fuese un imbécil
Una hora después ya tenía a Fernanda de vuelta en el departamento. Era evidente que había trabajado ese día: tenía los ojos hundidos y el cabello hecho un desastre, algunas marcas rojas adornando su cuello.
Dejé los platos sucios en el pequeño lavaplatos para encargarme de ellos después y me coloqué junto a ella en el sofá.
-Día de mucho trabajo hoy, ¿eh?-apuntė, doblando mis rodillas contra mi pecho.
Ella lanzó un suspiro cansado.
-El idiota de Roberto me consiguió un cliente antes de esta noche. El imbécil no dejaba de repetir-masculló con una mueca de asco. Un momento después me miró con la cabeza recargada en el sillón.-Te llamé varias veces y no respondiste, ¿estabas durmiendo?
-Si.
-¿Tuviste mucho trabajo anoche?
Me encogí de hombros.
-El tipo no estaba mal físicamente, pero era un precoz que se corrió más rápido de lo que tardé en quitarme la ropa.
Nos miramos por unos segundos y ambas reímos.
«Gracias al cielo>> pensé mientras reía junto a ella. Al menos no había tenido que soportar la tortura de tenerlo dentro mucho tiempo.
Nuestra relación era así. Nos preocupamos por la otra y no nos importaba hacer preguntas referentes a nuestros clientes. Era una forma de divertirnos, haciendo bromas sobre ellos y burlándose de eso y lo otro.
Era una manera para mitigar el cansancio y el constante acoso de la moral por nuestro oficio.
Después de un rato, la convencí para que fuéramos a reabastecernos al supermercado que teníamos cerca. Debíamos hacerlo siempre en el lapso de tiempo que teníamos libre los fines de semana, porque los otros días ambas teníamos demasiado qué hacer y algo tan mundano como comprar comida se convertía en toda una hazaña casi imposible de realizar.Entramos al supermercado mientras algunas vecinas del edificio nos observaban de manera despectiva. Sabían a qué nos dedicamos.
-Llévame esto-dijo metiendo un montón de chocolates en el carrito junto con un paquete de pastillas anticonceptivas.
Asi es señoritas, teniamos que protegernos si no queríamos terminar preñadas por un idiota sin nombre.
Asentí y continué escogiendo aquello que era más imprescindible: frutas, verduras, cosas de aseo personal, comida instantánea-lease nuestra salvación en una bolsa-. Pocas veces podíamos darnos el gusto de comida casera y cosas innecesarias, como los chocolates.
Sin embargo, en ese momento parecía necesario y a mi no me vendría mal algo dulce tampoco.
Pagamos y nos dirigimos a casa. Las mujeres cruzaban la calle cuando nos veían para que sus maridos no se nos acercaran.
*Si supieran que la mayoría de ellos fueron alguna vez nuestros clientes» resople para mí.-Viejas idiotas-se quejó fer.-Si supieran lo que son sus maridos.
Mi compañera lanzó una mirada desdeñosa a una mujer que cruzaba de acera tirando del brazo de su esposo.
-Déjalas ya, Fernanda.
Me detuve frente a una pequeña plaza donde había una mujer embarazada. Su esposo se acercó a ella y la besó en los labios mientras acariciaba su abultado vientre.
Un nudo se formó en mi garganta y el vacío que llevaba sintiendo desde la mañana aumentó
-Esa vida no es para nosotras, querida, por mucho que quisiéramos-apuntó Tamara tomando mi muñeca y tirando de ella para que siguiera andando.
-Supongo que no, pero algún día seré médico, me especializaré en pediatría y tal vez alguien...
-No si llegan a enterarse de lo que eres-me interrumpió.
Llamé enseguida, las palabras callándome, porque tenía razón.-.
Miré al piso mientras asimilaba la idea; era verdad, después de todo, nadie se enamoraría de una prostituta.
Eran grandes expectativas para alguien tan pequeño
Tomamos un taxi unos minutos después. Debíamos estar en ese maldito bar cuanto antes si queríamos evitar problemas y ya era bastante tarde.
Apenas bajamos, entramos por la puerta trasera del pequeño complejo que teníamos como lugar de trabajo y el olor a alcohol y perfume barato golpeó mi cara. Mis compañeras iban y venían arreglándose el cabello, vistiéndose de la forma más reveladora posible y colocándose zapatillas espantosamente altas.
Saludamos a las chicas y nos dirigimos a uno de los tocadores de atrás para vestirnos-o más bien desnudarnos-. Me coloqué ropa interior de encaje rosado y un vestido demasiado corto para mí gusto
Debíamos estar en ese maldito bar cuanto antes si queríamos evitar problemas y ya era bastante tarde.
Apenas bajamos, entramos por la puerta trasera del pequeño complejo que teníamos como lugar de trabajo y el olor a alcohol y perfume barato golpeó mi cara. Mis compañeras iban y venían arreglándose el cabello, vistiéndose de la forma más reveladora posible y colocándose zapatillas espantosamente altas.
Saludamos a las chicas y nos dirigimos a uno de los tocadores de atrás para vestirnos-o más bien desnudarnos-. Me coloqué ropa interior de encaje rosado y un vestido demasiado corto para mi gusto, un retazo de mi ropa interior quedando a la vista
Coloqué el peor instrumento de tortura jamás inventado en mis pies: tacones de dieciséis centimetros.
Alise mi cabello, las puntas rozando mi cintura y me maquillé: delineador, máscara de pestañas, rubor rosado y labios carmesí.
Esta era yo. Esta era la imagen de una prostituta.
-Deslumbrante como siempre, Arianne-girė mi cabeza al escuchar esa lasciva voz. No había forma de olvidarla, o de escapar de ella.-Roberto-respondí intentando mantener un tono neutral y seguí concentrada en mi maquillaje.
-Nena, debo hablarte del cliente de mañana-se acarició el mentón con barba incipiente en ella. - Debes tratarlo bien-abrí la boca para replicar y me interrumpió levantando un dedo.- Más que bien. No quiero problemas como la ocasión anterior. Sé que es difícil para ti ser dócil algunas veces-hizo el ademán de querer acariciar el rostro y me aleje por inercia, pero no quiero problemas. Ya sabes las consecuencias.
Lo fulminé iracundo a través del espejo. Sabía a lo que se refería: un cliente se había quejado sobre mi comportamiento y mi falta de disposición para complacerlo. Me sorprendió que Óscar se controlara lo suficiente para no asestar un golpe, estaba tan enojado que sus orbes llamaban.
-Quien me contactó dijo que era un dia especial, no lo arruines-sentenció, tajante.
Lo escruta desafiante y después me giré para enfrentar.Lo escruta desafiante y después me giré para enfrentarlo.
-¿A qué te refieres con eso?
-Según el hombre que me llamó, mañana es el cumpleaños de su sobrino. Quiere que tú seas su...regalo-una sonrisa ladina se dibujó en su cara, como si aquello le hiciera gracia y reprimí el intenso impulso de arrancarse de una bofetada.
-¿Dónde?-inquirió entre dientes en su lugar.
-Dijo que vendría por ti aquí alrededor de las nueve de la noche-me miró con el ceño fruncido--Te quiero puntual, ese hombre te contrato por tiempo completo. ¿Sabes cuánto dinero es eso?
Contuve el impulso de rodar los ojos y crucé mis brazos sobre el pecho. Me sentía incómoda con tan poca ropa y su penetrante mirada encima de mi.
-¿Qué edad tiene? Sabes que no me acuesto con menores-Lo único que me faltaba era un niño virgen.
-Veintiséis-respondió con seriedad.
¿Veintiséis y necesitaba una prostituta? ¿Qué clase de hombre de veintiséis años no tenía novia o una chica? Esperaba que no fuera un enfermo o un psicópata. Sería el colmo de mi mala suerte.
-¿Cuánto vas a pagarme por esto?-inquirió tratando de mostrar la actitud firme que no poseía.
Él sonrió como si acabara de encontrar a otro espécimen de su codiciosa especie.
Abominable.
Extrajo la cartera de su bolsillo y no despegó su mirada de mi mientras sacaba el dinero. Una vez me lo tendió, comencé a contarlo.
¡Diablos! ¡Era más de lo que ganaba en un día muy provechoso de trabajo! Y eso considerando que Óscar me daba sólo la mitad de la suma total.
Dios, ¿qué clase de persona paga tanto por una vil prostituta?
-¿Sorprendida, muñeca?-lanzó una risita mordaz y sus callosos dedos tomaron mi barbilla-Espero que lo hagas pasar un buen cumpleaños.
Me solté con brusquedad de su agarre y empuñé el dinero para guardarlo cuando se largara.
-Por supuesto. Yo sé hacer mi trabajo.
Dicho esto, acomodé mi cabello, guardé el dinero en mi bolso y me encaminé a la parte trasera de la tarima.
El espectáculo estaba por comenzar
-¿Lista?-me preguntó Marianne con una suave sonrisa.Asentí y me dirigí al escenario junto a ella.
-Ahora, nuestras más hermosas joyas: Jade y Ámbar-la voz del presentador sonó fuerte por los altavoces y pronto una mezcla de adrenalina y asco invadieron mi cuerpo.
Si, ámbar era yo y jade marianne. Al dueño se le ocurrió para llamar más la atención. Cambia por mis ojos y jade por los de mi compañera.
El foco de luz nos dio de pronto en la cara y luego cesó; subimos a dar un buen espectáculo a viejos ebrios y lujuriosos.
Esta era mi vida y por mucho que lo deseara, no iba a cambiar.
Era una prostituta de veintitrés años, vendía mi cuerpo por billetes y sin importar cuánto lo deseara, era una parte de mí que debía mantener oculta y vivir con ello.