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Ámame una vez Más

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Descripción

​—No estás a la altura de mis expectativas.

Con esta demoledora frase, Kaiden Koch —el implacable futuro presidente de un imperio corporativo— destrozó el corazón de Rose, empujándola a una noche lluviosa que terminó en un trágico accidente automovilístico.

Rose sobrevivió, pero el impacto le arrebató algo que ninguno de los dos sabía que existía: un embarazo secreto.Rota por la pérdida, la humillación y el rechazo, Rose tomó una decisión inquebrantable: declarar a Kaiden muerto en su vida y marcharse del país para sanar en el más absoluto silencio.​

Dos años después, el pasado regresa para golpear el frío mundo de Kaiden con una fuerza brutal: una invitación a la boda del año. Rose ha vuelto a la alta sociedad. Está más hermosa, más madura, pero con el brillo de sus ojos completamente apagado, lista para casarse con un hombre al que no ama.

Kaiden Koch comprende que no está dispuesto a soportar perderla para siempre, no después de haber cargado con el peso de haberla herido, aún cuando la amaba.

La cuenta regresiva ha comenzado. Y para detener esa boda, el perfecto heredero estará dispuesto a arriesgar su presidencia, su apellido y soportar el escándalo de la élite con tal de que ella vuelva amarlo una vez más.

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No está entre mis prioridades
POV ROSE ​—Lo prometiste, Kaiden… Hace dos horas debiste llegar a hablar con mi padre —el reproche me ardía en el pecho. Había llegado desesperada a buscarlo a su oficina corporativa, con el eco de las quejas de mi propio padre resonando en mi cabeza, criticando la alarmante falta de compromiso de mi novio. ​—Lo siento. En serio lo siento —su voz gruesa y profunda rompió el denso silencio en el que estaba sumergida la imponente oficina. No había calidez en su tono, sólo una cortesía ejecutiva—. No pude asistir antes, Rose, pero te prometo que hablaré con él mañana sin falta. ​Negué con la cabeza, sintiendo cómo una mezcla de molestia y profunda ofensa se instalaba en mi garganta. Ya había perdido la cuenta de las veces que había escuchado exactamente la misma melodía. Siempre era igual: reuniones de último minuto, asuntos urgentes que atender, contratos multimillonarios que cerrar. El patrón era dolorosamente claro: siempre me estaba desplazando. Me dejaba a un lado, relegada a los márgenes de su brillante vida, haciendo promesas que yo ya presentía que no tenía la menor intención de cumplir. ​—No es justo —le dije con la voz ahogada. Había planeado esta noche por días, cuidando cada detalle, y él sencillamente había escogido dejar a mi familia esperando—. ¿Me amas al menos, Kaiden? ¿O solo soy la diversión del momento mientras juegas a ser el heredero perfecto? ​Él sonrió sin la menor gracia. En un parpadeo, sus facciones se endurecieron, despojándose de cualquier rastro del hombre que me abrazaba a escondidas. Frente a mí ya no estaba mi novio; estaba el CEO, el implacable hombre de negocios que no se dejaba intimidar por nada ni por nadie. Cruzó los brazos sobre su impecable traje de diseñador y me enfocó con tanta seriedad que me obligó a dar un paso hacia atrás, intimidada por su repentina hostilidad. ​—¿En serio me estás preguntando eso, Rose? Es increíble que justo tú vengas aquí a complicarme las cosas —aquello salió de su boca impregnado de reproche—. Creí que eras lo suficientemente inteligente para entender mi situación. Lo que intento lograr, el peso que llevo sobre los hombros. ​—Lo entiendo, Kai. Te he apoyado en cada paso… Pero me cuesta creer que no pudieras sacar una sola hora de tu agenda para mí. Llevamos meses saliendo en secreto, escondiéndonos como si estuviéramos cometiendo un crimen, y cada vez que intento que formalicemos nuestra relación, tú encuentras la manera perfecta de cancelar. ¿Qué quieres que piense? ​Kaiden exhaló un suspiro cargado de frustración, impaciente, como si mi dolor fuera una simple rabieta que lo atormentaba. ​—Estoy enfocado, Rose. Sabes perfectamente la brutal presión que mi padre y la junta directiva ejercen sobre mí. Solo intento cumplir con las altas expectativas. Y lo siento mucho, pero en estos precisos momentos, formalizar contigo no es una prioridad en mi vida. ​Sentí como si hubiese clavado un puñal afilado en el centro de mi pecho y lo presionara sin una pizca de compasión. Las palabras dolían, pero justo de él me rompía. Lo miré fijamente mientras mis ojos se llenaban de unas lágrimas calientes que luché con todas mis fuerzas por controlar. ​«En estos momentos no es prioridad». ​Sorbí por la nariz de manera sutil, obligándome a tragarme la humillación colectiva que me inundaba. «No llores, Rose. No llores frente a él», me repetí una y otra vez como un mantra desesperado, agachando la cabeza para evitar que viera cómo me estaba desmoronando. ​—Debiste decirlo desde un principio —solté en un susurro apenas audible—. No debiste hacerme promesas que jamás pensaste cumplir. ​—Quise hacerlo, Rose. De verdad que sí —declaró, dando un paso hacia atrás—. Pero tengo demasiado con lo que lidiar como para necesitar otra presión sobre mí justo ahora. Te estás comportando como una niña inmadura que no puede procesar que estoy en medio de algo crucial para mi carrera. Lo siento mucho, Rose, pero simplemente… no estás a la altura de mis expectativas. ​El mundo pareció detenerse. La opulenta oficina se volvió asfixiante y el aire abandonó mis pulmones por completo. ​—No estoy a la altura de tus expectativas… —repetí en un eco roto, sintiendo el peso de la etiqueta que me acababa de imponer—. ¡Y hasta ahora te das cuenta! ¡Te amo, Kaiden! ¿De verdad crees que merezco que me rompas el corazón de esta manera tan miserable? ​—Nena, yo… —comenzó a decir, dando un paso indeciso hacia mí, quizás un poco arrepentido por la crudeza de su última frase. ​—No digas nada —lo interrumpí de inmediato, levantando una mano temblorosa—. Fuiste sumamente claro. No volveré a ser una molestia en tu impecable vida, Kaiden Koch. Nunca más. ​Giré sobre mis talones, reuniendo cada gramo de orgullo que me quedaba. Crucé el umbral de su oficina con la espalda recta y la barbilla en alto, obligando a mis músculos a sostener una fachada de serenidad absoluta. No iba a darle el gusto a sus secretarias ni al personal de seguridad de ver las lágrimas que ya desbordaban mis pestañas. Caminé por el pasillo de mármol con pasos firmes, el eco de mis tacones resonando como una burla. Mantuve la mirada al frente, fría, vacía, hasta que las puertas del ascensor se cerraron y me aislaron del imperio Koch. ​Solo cuando estuve dentro de mi auto, en la penumbra del estacionamiento subterráneo, la máscara se cayó por completo. ​Apoyé los brazos y la frente contra el volante y me eché a llorar a mares, liberando los sollozos desgarradores que me fracturaron el pecho. El llanto era tan violento que me costaba respirar. Me dolía el cuerpo, me dolía el alma. Sus palabras daban vueltas en mi mente como agujas: Inmadura. No eres una prioridad. No estás a la altura de mis expectativas. Meses de entrega, de amor incondicional, de soportar la sombra del secreto, reducidos a nada por su maldita necesidad de llenar las expectativas de su padre. Me sentía usada, desechada como un accesorio obsoleto que ya no combinaba con su futuro traje de presidente. ​—Basta, Rose —me ordené a mí misma después de interminables minutos de agonía. Alcé la cabeza, limpiándome con furia las lágrimas que empapaban mis mejillas—. Vete de aquí antes de que baje y te vea así. No permitas que se quede con esta imagen lastimera de ti. Jamás. ​Con las manos temblando de forma incontrolable, encendí el motor. El auto rugió y salí del estacionamiento, alejándome de ese edificio que se había convertido en el cementerio de mis ilusiones. Sin embargo, detener el llanto era una batalla perdida. ​Mientras el vehículo se incorporaba a la autopista bajo una lluvia torrencial que comenzaba a azotar la ciudad, los recuerdos me asaltaron sin piedad. Vi al Kaiden que me sonreía en la intimidad; al hombre dulce que me acariciaba el cabello por las noches, que me consentía con promesas de un futuro juntos y que juraba que yo era su único refugio contra el mundo. ¿Cómo era posible que ese mismo hombre me hubiera mirado con tanta frialdad hace unos minutos? ¿En qué momento dejé de ser suficiente para él? ​La carretera se volvió un borrón difuso. Las luces de los otros autos se distorsionaban a través del parabrisas y de mis propios ojos cubiertos de lágrimas. El dolor me nublaba el juicio, bloqueando mis sentidos. Absorta en la devastación de mi mente, mi pie siguió presionando el acelerador. No vi la señal de alto. No vi el enorme vehículo que se aproximaba por el cruce a gran velocidad. ​Solo escuché el ensordecedor rugido de un claxon, seguido por el chirrido violento de unos neumáticos sobre el asfalto mojado. ​Giré la cabeza a la izquierda justo a tiempo para ver dos faros gigantescos cegándome. Luego, un impacto brutal. El sonido del metal retorciéndose y los cristales estallando en mil pedazos llenó el aire. Mi cuerpo fue sacudido con violencia salvaje hacia un lado, y antes de que pudiera emitir un solo grito de dolor, una densa y profunda oscuridad me reclamó por completo. ​El olor a antiséptico y el pitido rítmico y monótono de un monitor médico fue lo primero que me devolvió a la realidad. ​Abrí los ojos con lentitud, sintiendo los párpados pesados como el plomo y una intensa desorientación que me revolvió el estómago. La luz blanca del techo me cegó por unos instantes. Intenté moverme, pero un dolor agudo y punzante en la pierna izquierda me arrancó un gemido ahogado. ​—¿Rose? Oh, gracias a Dios. Mi cielo, estás despertando. ​La voz temblorosa de mi madre inundó la habitación. Vi su rostro demacrado y cubierto de lágrimas aparecer en mi campo de visión mientras tomaba mi mano con desesperación. ​—¿Mamá…? —mi voz sonó rasposa, seca—. ¿Qué… qué pasó? ​—Tuviste un accidente automovilístico terrible, mi amor. Tu auto quedó destrozado —explicó ella, acariciando mi frente con suavidad—. Tienes una fractura severa en la pierna y varios golpes, pero estás viva. El doctor dice que te vas a recuperar con terapia. ​El recuerdo de la oficina de Kaiden, sus palabras hirientes y la forma en que salí huyendo regresaron a mi mente como un golpe directo al estómago. La angustia emocional, sumada al dolor físico, fue demasiada. Los hilos de lágrimas volvieron a deslizarse por mis ojos. Mi madre, al verme llorar con tanta desolación, se inclinó sobre la cama y me abrazó con fuerza, acunándome sin entender que el verdadero daño no me lo había causado el impacto del coche, sino el hombre que amaba. ​En ese momento, la puerta de la habitación se abrió. El médico de cabecera entró con una expresión sombría en el rostro, seguido de cerca por mi padre, Blake. La postura de mi padre era rígida, con la mandíbula apretada y una furia contenida que hacía vibrar el aire de la habitación. ​—Señorita Rose, me alegra ver que ha despertado —habló el doctor, revisando el monitor antes de mirarme con una profunda compasión—. Hemos logrado estabilizarla y la cirugía de su pierna fue un éxito. Sin embargo… debido a la naturaleza del accidente y los estudios de sangre que le realizamos al ingresar, hay algo sumamente delicado que debemos comunicarle. ​Un presentimiento helado me recorrió la espina dorsal. Dejé de respirar, mirando fijamente al médico. Mi madre se separó un poco, tomándome la mano con más fuerza. ​—Usted ingresó al hospital con pocas semanas de gestación, señorita Rose. Estaba embarazada —soltó el doctor, y cada palabra cayó como un bloque de cemento sobre la habitación. Mi madre ahogó un grito, llevándose una mano a la boca, mientras mi padre cerraba los puños con fuerza—. Debido al violento impacto y al trauma que sufrió su cuerpo, lamentablemente el embarazo se interrumpió. Perdió al bebé. Lo lamento mucho.

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