-Scarlett Brooks-
«¿Voy a cometer la mayor locura de mi vida a cambio de mi libertad?»
Por supuesto que sí.
No hay ningún tipo de garantía, no hay nada escrito, pero es la única opción que tengo, a menos que quiera pasar el resto de mis días aquí y convertirme en la prostituta favorita del alcaide; eso, ni pensarlo.
Salgo de la oficina mientras todos me miran, guardias y algunas personas más que se encuentran. Se supone que deberían llevarme a recoger mis pertenencias, pero mi oferta era aceptar e irme inmediatamente o rechazar y aceptar mi destino.
Sé que estoy completamente loca, ni siquiera sé el nombre de las dos personas que han pagado por mi libertad, solo sé que se apellidan Ross y que el apellido me suena de algo, aunque no sé exactamente de qué.
Me detengo frente al guardia que me trajo hasta aquí, ese que se ha burlado múltiples veces de mí, que me ha golpeado, que me ha humillado hasta el aburrimiento; el mismo que me trajo y me puso las esposas más apretadas solo por demostrar que podía hacerlo.
—Mendez, quítale las esposas a la señorita Brooks —le dice el alcaide y él se sorprende al escucharlo.
«¿Señorita? ¿Ya no soy una reclusa más? Aparentemente, estas personas tienen más poder del que pensaba si ahora se me trata mejor de un momento a otro», pienso para mí.
El idiota cierra la distancia entre nosotros y la mirada de rabia que me da es suficiente para que por mi mente pase cada maldita cosa que él me ha hecho. Acumulo saliva en mi boca cuando lo tengo a suficiente distancia y lo escupo en la cara, para después reírme, tal y como él lo hizo muchas veces.
La cara del desgraciado se contorsiona de ira y lo veo tomar el garrote que trae en su cinturón para ponerme “en mi lugar”, y no es el único, tres guardias mas se abalanzan sobre mí, pero no me tambalaeo.
—¡Basta! —grita el alcaide—, el que se atreva a tocar un solo cabello de esta mujer quedará despedido y con una sanción económica en su sueldo por el uso de la fuerza indebida en un civil, recuerden que ella ya no es una reclusa.
Arqueo una de mis cejas cuando lo veo tragar grueso y alejarse.
—Pero me escupió, señor. Aún sigue dentro del recinto y está bajo su jurisdicción, merece un castigo —trata de intervenir como niño malcriado.
Giro mi cabeza para notar cómo el alcaide mira a la pareja y estos niegan. Evidentemente no dejarán que me hagan nada, me necesitan bien, porque soy su conejillo de indias.
—Les recuerdo que la única autoridad aquí, soy yo. Así que quítale las esposas para que pueda irse.
Giro mi cabeza con una sonrisa ladina y extiendo mis manos, él es más brusco de lo que debería y yo, por joderle la vida, me quejo.
El alcaide nos guía hacia la salida. Nada les garantiza a estos dos que, simplemente, cuando estemos alejados, no me vaya a escapar, pero ambos parecen demasiado confiados.
Caminamos por el patio delantero de la prisión hasta llegar a la puerta principal. Las rejas se abren y todos avanzan, pero yo me quedo un paso por detrás. Mi corazón late fuerte, me parece irreal que esto me esté pasando a mí, porque desde esa equivocación que me trajo hasta aquí, pensé que incluso Dios me había abandonado.
Doy un paso fuera de la prisión y siento la brisa fría golpear mi cara. Cierro los ojos, disfrutando de ella e inhalo profundo, sintiendo en todo mi cuerpo mi nueva libertad.
—Scarlett, es hora de irnos —habla la señora Ross, de la cual aún no sé su nombre.
Abro los ojos y está una lujosa camioneta, esperando con las puertas abiertas. El alcaide me repasa por última vez con una sonrisa fingida y yo subo detrás de ellos. Las puertas se cierran y veo que todo destila elegancia, una que jamás he conocido. Ellos están sentados delante de mí, fingiendo que no existo, mientras que yo no dejo de mirar por la ventana todo lo que hay a nuestro alrededor.
Poco a poco dejamos el lugar desolado donde se encuentra la cárcel y veo edificios, muchos, apareciendo cada vez más seguido, lo que me da a entender que estamos cerca del centro de la ciudad.
—¿A dónde vamos? —pregunto, mientras los miro.
Es el hombre quien me responde.
—A un lugar seguro, necesitamos que estés bien para iniciar el proceso. Allí estarás cómoda, tendrás a alguien que te cocine una dieta estricta —dice y yo asiento mientras lo escucho.
—Y podrás asearte, cariño, porque lo necesitas —agrega ella, haciendo énfasis en lo que ya sé.
—¿Por qué yo? —Me es inevitable preguntar.
Ambos cruzan una mirada y veo que la expresión del hombre se endurece.
—Creo que no es conveniente hacer más preguntas. Además, ya aceptaste el trato.
«He tocado los límites».
Me doy cuenta y prefiero mantener mi boca cerrada antes de cometer un error que me deje en prisión otra vez, porque realmente no hay nada seguro aún con estas personas.
Llegamos a un edificio y la camioneta entra a un estacionamiento subterráneo. Nos bajamos y noto que el chofer no me quita la mirada de encima, quizá piensa que voy a escaparme…
«Podría hacerlo si quisiera».
Subimos en un ascensor privado al último piso, evidentemente el penthouse, así que me digo a mí misma que estaré rodeada de lujos mientras esté aquí. Mis ojos lo confirman cuando las puertas de metal se abren y ellos entran al lugar, yo me quedo atrás, al igual que el chofer y avanzo, para darme cuenta de que el lugar es más grande de lo que pensaba.
—Pasa, este será tu hogar por las próximas semanas, siéntete cómoda para recorrer todo —me dice él.
Me doy cuenta de que la única entrada es el ascensor por donde llegamos, cosa que me hace más fácil de vigilar.
—Y si en tu mente en algún momento pasó la idea de huir de tus responsabilidades, lamento informarte que contamos con un excelente sistema de seguridad y que Paolo —señala al chofer o al menos eso era lo que pensaba que era—, estará al pendiente de ti en todo momento.
Me le quedo viendo fijamente con una sola pregunta en la mente, porque ya he asumido la realidad, he cambiado esa asquerosa celda por una prisión mucho más elegante.
—¿Podré llamar a alguien? ¿Recibir visitas? —Niega y siento cómo si me hubiesen dado una patada en el estómago.
—Se te facilitará un teléfono que podrá ser rastreado y vigilado, así que sabremos a quién llamas y si planeas algo que pueda arruinar nuestro acuerdo —me advierte.
—No lo haré —afirmo—, me comprometí con ustedes a cumplir con un acuerdo para que me sacaran de la cárcel. Pero creo que deberíamos hablar de los términos, ser más específicos, para yo saber qué puedo o no puedo hacer…
Ambos vuelven a darse esa mirada que sé significa algo más y es ella quien habla esta vez.
—Habrá bastante tiempo para hablar de eso después. En tu habitación encontrarás todo lo que necesites, incluyendo un móvil para llamar a tus familiares. Pero, recuerda, no puedes mencionar absolutamente nada de nuestro acuerdo, a nadie, es confidencial, ¿entendido?
—Entendido —concuerdo.
—Es hora de irnos, aquí se quedarán contigo Paolo y la chef personal que dijimos que tendrías. Habrá una rotación semanal de personal de limpieza para que no tengas que preocuparte por nada, nosotros vendremos lo más pronto posible con noticias —se despiden y los veo marcharse, sin más.
Quedo en medio del lugar, sola, porque quien ahora sé que se llama Paolo, se larga, dejándome sin saber siquiera dónde está mi habitación.
Comienzo a recorrer el lugar encantada con todo lo que veo. Ni en mis sueños más locos imaginé vivir así, aunque fuera por un tiempo, en un lugar como este.
Subo las escaleras y veo una puerta abierta al final de un pasillo, las demás están cerradas así que supongo que esa es la mía. Llego al lugar y veo el celular; efectivamente, es mi habitación. Cierro la puerta con seguro y hago lo que se me dijo, no porque me lo hayan demandado, sino porque deseo hacerlo.
Me quito mi uniforme de reclusa permanente de la prisión y me meto en la ducha. Agradezco cuando el agua caliente comienza a recorrer todo mi cuerpo. Extrañaba tanto esta sensación, ya que en prisión los baños eran escasos y con agua fría. Dejo que el agua se lleve la suciedad y la tensión de mi cuerpo, siento cómo mis músculos se relajan y por un momento, mi mente queda en blanco.
Abro los ojos y tomo el champú, inhalo su aroma y se me eriza la piel. El olor a fresas no se compara con la cosa pegajosa e inolora que nos daban en prisión. Me ducho completa y envuelvo mi cuerpo en una suave toalla para ir en busca de algo que ponerme.
Abro el clóset y veo que hay toda una colección de ropa dispuesta para mí. Me pongo una camiseta ancha para estar cómoda y me siento en la cama, que parece el mismísimo cielo cuando la toco.
Cruzo mis piernas y tomo la pequeña cajita, la abro y saco el móvil. Lo enciendo y marco el número que me sé de memoria, el de la persona que esperé que me llamara, que me visitara en todo este tiempo y jamás lo hizo.
Mi madre.
Es temprano, ella debería estar en casa. Me quedo atenta escuchando, esperando que ella responda, mientras todas las preguntas que se me han metido en la mente y que no han podido ser respondidas porque nunca la vi, salen a flote ahora que sé que podré hablar con ella.
—Hola, ¿con quién hablo?
—Mamá… —susurro, porque la voz se me queda atrapada en la garganta, ya que se me ha formado un nudo y lágrimas comienzan a deslizarse por mis ojos.
—Scarlett, ¿cómo se supone que me estás llamando? Y de un número distinto al de la cárcel.
Escuchar esa frase me devuelve a la realidad. No es que ella haya cambiado de número o no supiese que era yo cuando llamaba, es que ella decidió, simplemente no responder.
—¿Cómo está él?
—¿Qué quieres? ¿Por qué llamas? —Se le nota nerviosa.
—¡Estoy libre, mamá! ¡Salí de la cárcel! —le digo en medio del llanto—. Al fin se hizo justicia.
—Pero… ¿Cómo? Aún te falta demasiado. ¿Te escapaste, Scarlett? ¿Cómo hiciste para salir?
Quisiera contarle, pero la verdad es que no confío demasiado en ella y menos, sabiendo que realmente no se preocupó por mí en este tiempo.
—Eso no importa… dime, ¿cómo está él?
—¿En qué mierda ilegal te metiste ahora, Scarlett? Porque eso es lo que debiste hacer para salir de la cárcel. ¿No te cansas de romper la ley? —comienza a reñirme.
—Sabes bien que soy inocente, mamá —le recuerdo.
—En los videos sales tú, eso es imposible. Casi matas a alguien, Scarlett, no lo niegues —susurra con rabia.
—¡Que no fui yo, mamá! —grito, alterada, porque ella nunca me creyó—, he estado pensando en que quizás tú eres quien me oculta algo. Por algo no fuiste a verme este tiempo, hasta he llegado a pensar en la loca idea de que tengo una hermana idéntica a mí o algo parecido, porque es insólito que alguien sea tan idéntico a mí y yo haya tenido que pagar por eso.
—Deja de decir tonterías, Scarlett y asume tus culpas. —Su voz está llena de decepción.
—Ya pagué lo suficiente sin haber tenido ninguna culpa. —Mi voz se apaga, porque ya no sé qué más decir.
—Eso dices tú… —la escucho y entiendo el porqué nunca fue a verme.
Ella no me cree, no confía en mí, así como yo no lo hago, aunque solo nos tenemos la una a la otra.
—Abuela, ¿con quién hablas? ¿Es mamá?
Lo escucho… a mi pequeño, mi vida, mi único tesoro y siento que no puedo respirar.
Es él, mi bebé. Esa es su voz. Al fin podré hablar con mi hijo.