Capítulo 4

1608 Palabras
-Scarlett Brooks- Han pasado varios días desde que llegué aquí y parece que estoy en un puto regimiento militar. Cuando me dijeron que el tal Paolo estaría al pendiente de mí, no esperaba que literalmente fuera mi maldito niñero. Pero es eso lo que es. Está pendiente de cada paso que doy y el único momento de privacidad que tengo es cuando estoy en la habitación que duermo. El mismo día que llegué descubrí que no estoy sola con él; aquí también vive Diana, su mujer, quien es la que se encarga de cocinar y lavar la ropa, porque la limpieza profunda la hace un equipo especial, según me explicaron, y han venido ya dos veces esta semana. Diana también ha estado al pendiente de mis medicinas y de mi inyección hormonal, cosa que me parece demasiado loca, pero que tolero, porque al menos es ella y no su marido. Estos días he podido comer cosas deliciosas de las que me privé estando en la cárcel, como las ricas y deliciosas fresas, de las que no podía disfrutar ni estando libre, porque mi hijo es alérgico a ellas. «Mi pequeño…No puedo creer que mi madre no me haya permitido hablar con él», suspiro, devastada con todo lo que tuve que escuchar. Me dijo que no soy una buena influencia para su vida y negó mi derecho a saber de él, a escucharlo, a decirle que lo amo más que a nada. Un nudo se me forma en la garganta al pensar en él, en lo mucho que lo extraño y que lo necesito. «Esto lo hago por ti, mi niño», pienso para mí, intentando contener mi tristeza y convenciéndome que tendré mi momento. Según lo que entendí y si mal no recuerdo, mi vientre solo será el medio por el cual podré traer a ese bebé que necesitan al mundo y nada más, después, seré libre. Necesito volver a ver a mi hijo. Espero que los señores Ross vengan para plantearles la posibilidad de poder salir con mi niñero e ir a verlo, pero ya han pasado dos días en los que no les veo ni la cara. Le pido el celular a Paolo, insisto tanto que accede solo si hago la llamada en su presencia. Me he dicho a mí misma que si voy a tener niñero, pues van a tener que soportar mis niñerías. Marco el número de mi madre y no hay respuesta, vuelvo a insistir y otra vez lo mismo, lo que empieza a preocuparme. Entrego el celular, reacia y camino a la cocina porque ya es medio día, pero detengo mi andar cuando veo que el ascensor se abre y la pareja que me trajo hasta aquí, aparece. —Buenas tardes, Scarlett, tienes quince minutos para estar lista, saldremos —anuncia la mujer, como mandamás, como si yo fuese un maldito objeto. —¿A dónde vamos? —Frunzo el ceño y la veo girar sus ojos con molestia. —Sin preguntas… —me recuerdan y yo, les devuelvo el gesto. Voy hacia mi habitación y me cambio rápido, porque de verdad no quiero problemas con esta gente si quiero pedirles que me dejen ir a ver a mi pequeño. Salgo y me están esperando. Salimos los cuatro que llegamos al departamento y una vez más, subimos a la misma camioneta en silencio. Rodamos por la ciudad y aunque tengo un ventanal en mi habitación, no pongo en duda que salir a la calle me llena de adrenalina. —Scarlett, aquí tenemos el contrato para sellar nuestro acuerdo. Revísalo, no hay demasiado tiempo. Se acuerda que después de la inseminación artificial, debes cumplir con una dieta estricta y tratamiento médico para conservar tu salud, el embarazo debes pasarlo en una de nuestras propiedades donde te proporcionaremos todo. Al término de este se te entregará la suma que allí aparece y podrás ser libre del acuerdo. —El hombre sonríe y yo acepto un folio de al menos unas treinta páginas. Los primeros párrafos me parecen chinos, porque no entiendo nada. Y cuando paso las hojas y creo que voy a entender algo, todo empeora. Habla de leyes, cláusulas constitucionales y penales que me dejan confundida. —Allí, en la quinta hoja aparece el monto que te ofrecemos —interviene la mujer con una sonrisa—, créeme, que harás a personas felices con esto que haces. Voy hasta la quinta hoja y lo veo. «¿Un millón de dólares…?», me ahogo con mi propia saliva cuando mis ojos lo ven. —¿Estás conforme? —presionan y yo asiento, porque con esto puedo comenzar una nueva vida, desde cero con mi hijo. El auto se detiene y me pasan un bolígrafo, mi mirada viaja del objeto a sus rostros. —Si aceptas nuestros términos, firma. Estamos en la clínica y debes firmar antes del procedimiento. —Pero… no he leído las condiciones, quisiera poder asesorarme, preguntar a alguien más... Él aleja el bolígrafo y se estira para quitarme el documento, evidentemente molesto. —Paolo, esta no nos sirve, regresa a la prisión para buscar a otra que sí esté dispuesta a aceptar sin tanto rodeo —le habla al chofer, que enciende el auto otra vez—. Pensé que eras más inteligente, Scarlett, pero buscaré a otra que quiera una oportunidad y no espere ser una prostituta más del alcaide. Mi corazón comienza a latir de forma errática, no puedo perder esta oportunidad, no pueden arrebatármela, no cuando estoy tan cerca de obtener mi libertad y menos sabiendo que si regreso, mi vida será peor que un infierno. —Esperen, yo puedo firmar —hablo con voz temblorosa—, solo quería leer, pero, vale. Acepto, yo firmo. La camioneta se detiene en seco y el hombre frente a mí sonríe. Me pasan los documentos, sé que hay demasiado que aún no he leído, que esto puede ser un error, pero si hay algo de lo que estoy completamente segura, es de que no quiero ni pienso regresar a esa maldita prisión. Tomo con firmeza el bolígrafo, respiro profundo y estampo mi nombre en la línea que corresponde. La camioneta retoma su marcha y ellos guardan los documentos. —Tomaste una buena decisión —habla la mujer. Asiento, porque realmente no estoy segura de ello, pero la verdad es que no hay demasiadas opciones. Volvemos a estacionar y Paolo nos abre la puerta, todos bajan y yo soy la última. Será difícil no encariñarme con alguien que crece en mi vientre, pero debo comprender que no tendrá nada mío, aceptarlo desde el principio será lo mejor para mí. «Además, nadie garantiza que esto sea exitoso en el primer intento». Camino detrás de ellos mientras entramos al edificio que, entiendo, es una pequeña clínica privada. Ellos hablan con la recepcionista que nos hace pasar a un consultorio directamente y nos pide esperar al médico. El médico entra al lugar y habla con los señores Ross, mi presencia parece no importar aquí. Pero quedo asombrada cuando la señora Ross habla de mis registros ginecológicos y menciona que este es mi día más fértil en el mes. «¡Joder! Ni siquiera yo tengo esas cuentas». Sé que en la cárcel saben cuándo es nuestro período porque nos proveen de toallas íntimas, pero jamás pensé que tuvieran un registro. ¿Es así como controlan la natalidad en una cárcel mixta? El doctor apenas nota mi presencia cuando me pide cambiarme y hago caso en silencio. Quedan ellos tres, mientras me repito que esta locura la hago por el futuro de mi hijo y salgo, siguiendo las órdenes de la enfermera recostándome de piernas abiertas. El medico llega con los implementos y agradezco que los Ross no hayan violado mi intimidad entrando aquí. Miro al techo durante el procedimiento, que es bastante rápido e indoloro, y me quedo un rato en la posición que me indican cuando él se va. Me cambio y salgo para escuchar las recomendaciones del médico, los tiempos de espera, los días que debo esperar para realizarme una prueba de embarazo y salgo con la tranquilidad de saber que todo fue un éxito. Una vez en la camioneta y de regreso al departamento, siento que necesito hacer la pregunta que me interesa y que no puedo seguir retrasando. —Necesito saber algo —llamo su atención. —Te escuchamos —habla ella. —Yo… tengo un pequeño… —Lo sé, Dion Brooks, de ocho años. Sabemos todo de ti, Scarlett —me recuerda y de alguna forma siento que esto podrá ser más sencillo. —Bueno, quería saber, ¿cuándo es posible que vaya a verlo? —pregunto, conteniendo el nudo en mi garganta. Ambos se miran y la mujer suelta una pequeña sonrisa. Sostiene la mano del hombre, en un gesto para decir que es ella quien hablará. —Pronto, querida, por ahora no puedes salir del departamento, tienes dieta y entrenamiento estricto que debes seguir y no podemos arriesgarnos a que algo salga mal. —Paolo puede llevarme y estar conmigo —hablo con desesperación—, juro que no intentaré hacer nada malo. Él niega. —Imposible. Esto no es negociable, firmaste un acuerdo que lo dice, si lo rompes, terminas en prisión —asegura y se encoge de hombros. Abro y cierro la boca sin saber qué carajos decir, porque tiene razón. Él puede decir que firmé algo donde dice que debo arrancarme un brazo y resultar verdad, porque no leí ni la tercera parte del contrato. Me recuesto en el asiento, pidiéndole al cielo no haber salido de un infierno para entrar a uno mucho peor.
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