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3469 Palabras
Andrey suspiró y volvió a mirar la pantalla que mostraba a Daniela y a Hilary. Mirar a una mujer bella y recibir a cambio una mirada de horror... Andrey prefería evitarlo. Por eso no había salido aún a presentarse. Le daba igual que ella pensara que era un jefe tirano.             Andrey miró el monitor de la computadora y observo que Hilary se encontraba sentada sola ante el escritorio.              Estaba preciosa, con un rizo rubio cayéndole por la frente. Le hizo desear salir, presentarse y apartarle el rizo de la cara. Pulsó el botón del intercomunicador.             ¿Dónde está Daniela? preguntó, con voz seca. Notó que le ofendía, por cómo se enderezó, frunció el ceño y se echó el pelo atrás.             Buenas tardes, señor Vianna, contestó Hilary con tono amable, ignorando la pregunta y dejando claro lo que opinaba de sus malos modales.             ¿Dónde está Daniela?  volvió a repetir Andrey Vianna.             Ha bajado a llevar un informe a administración y a recoger su almuerzo del vestíbulo. Me ha dejado a cargo del teléfono.             El almuerzo. Había olvidado que había pedido comida a su restaurante favorito. Cuando vuelva, dígale que necesito preguntarle algo la observó en el monitor.             Señor Vianna, ella va a estar fuera un mes, y tendrá que dirigirse a mi para cualquier cosa. ¿Por qué no empezar ya? ¿Y si le llevo yo el almuerzo, me presento y me hace la pregunta? Si no sé la respuesta, de seguro que puedo averiguarla.             No será necesario, señorita Rossy. Pídale a Daniela que venga cuando regrese.             Él pensaba retrasar un encuentro cara a cara lo más posible. Tal vez indefinidamente.             Sí, señor Vianna canturreó ella, pero él notó que casi echaba humo por las orejas. Andrey la observó ordenar su escritorio con gestos airados. Después, alzó la vista a la cámara. Él se quedó sin aliento, atrapado por sus ojos azules. Sabía que ella no lo veía, pero se sentía como si lo estuviera traspasando con la mirada.             Hilary lo miraba sin miedo, compasión o asco. Por desgracia, eso no sería igual cuando no hubiera cámaras entre ellos.             Hilary dijo no puedo perder este empleo. Necesito este empleo. Necesito este empleo se lo repetía, ella misma.             Mientras se apretaba las sienes y repetía ese mantra cada vez que el señor Vianna la llamaba a su mesa, pero eso no mejoraba su humor. De hecho, le causaba un horrible dolor de cabeza.             Solo llevaba allí dos días sin Daniela, pero ya estaba deseando que volviera. Era obvio que no era capaz de tratar con el gatito que había dicho su madrina ella pensaba que era lo contrario le parecía una bestia, tirano un hombre mal educado.              De verdad Andrey, era cierto que estaba ocupado y tenía que dirigir un imperio, pero no le mataría ser amistoso o, cuanto menos, educado. O preguntarle qué tal le iba, o darle los buenos días.              Pero se limitaba a darle órdenes a diestra y siniestra: Consígame esto, haga aquello, recoja mi almuerzo, tráeme aquello, nunca un por favor. No sabía cómo lo había soportado todos estos años su madrina, la compadecía, de trabajar con una persona tan irrespetuosa.             Se había hecho a la idea de que nunca entraría en su despacho. Él había rechazado cualquier sugerencia en ese sentido y tampoco había salido.             El señor Vianna siempre se encontraba en el despacho cuando Hilary llegaba y seguía en la oficina de él hasta que ella se iba.             Hilary se preguntaba por qué había tenido que firmar un contrato de confidencialidad cuando solo podría haber dicho de él que era un antipático, egocéntrico y mal educado. Por lo que había oído del resto de los empleados de Software de Sistema Edimar Soluciones de comunicación para oficinas es que el señor Andrey Vianna, eso no era ningún secreto.             Necesito este trabajo.             Hilary leyó los nuevos correos electrónicos y empezó a escribir una carta. Según avanzaba el día, más le costaba concentrarse en el trabajo. El dolor de cabeza empeoraba y empezaba a sentirse mareada. El monitor empezó a parecerle demasiado brillante y cada sonido era como una puñalada que le atravesaba el cerebro. Tenía que irse a casa, tomarse una pastilla y una siesta.             ¿Señor Vianna?             Dijo, tras pulsar el botón del intercomunicador.             ¿Sí? como siempre, fue una respuesta impaciente y seca.             No me encuentro bien.             ¿Le importa si me voy a casa?             ¿Es algo terminal?             No creo que lo sea respondió ella, sorprendida por la brusca respuesta.             ¿Es contagioso?             No, señor. Es una migraña. Los analgésicos que tomo están en casa. Él no contestó, pero un momento después el cajón plateado salió de la pared. Hilary se levantó de la silla y se acercó. Dentro había un envase de ibuprofeno. Eso no iba a servir.             Por lo visto, el señor Vianna no sufría migrañas. Pero la respuesta era clara. No podía irse a casa. Hilary se tomó un par de pastillas. Era mejor que nada.             He pedido comida italiana para almorzar dijo él, como si la conversación anterior no hubiera existido. Estará en el vestíbulo dentro de quince minutos.             A él le daba igual que no se sintiera bien. Ni siquiera se había molestado en pedirle que fuera por su almuerzo, ni en decir “Por favor o gracias”. Y nunca le preguntaba si ella quería pedir algo.             Hilary solo sabía si era un genio en computación, pero en relaciones humanas era el ser más desconsiderado que había en todo el mundo o si, sencillamente con ella, no la consideraba digna de su atención, o había perdido el gusto por las mujeres.             Ponla en el cajón cuando llegue añadió él, como si hubiera alguna otra opción pensó ella.             Sin responder, Hilary se llevó la mano al bolso, sacó un par de dólares y agarró la bolsa de ropa sucia que él había dejado junto a su escritorio esa mañana. Si no podía irse a casa, era mejor hacer cuanto pudiera: bajaría, llevaría la ropa al tinte y compraría un sándwich.             Cuando volvía nuevo a la oficina, se encontró con el repartidor con la bolsa de comida en el mostrador de recepción. La recogió y atravesó los múltiples controles de seguridad para volver a su oficina. Dejó las bolsas de comida en el escritorio y fue a tomarse una taza de té caliente. A mitad de camino, oyó un gruñido por el intercomunicador.             Señorita Rossy ¿Qué paso con mi almuerzo?             En un segundo exclamó ella, agarrando una taza. No había hablado por el intercomunicador, pero si las paredes no estaban insonorizadas, tenía que haberla oído. Le dolía la cabeza, estaba de mal humor y había llegado al límite.             De vuelta al escritorio, agarró la bolsa de papel con la comida de él para meterla en el cajón. Pero se detuvo. Estaba cansada. Como a él no le preocupaba su dolor de cabeza, ella no iba a preocuparse por su estómago vacío. Si quería comida, que saliera a buscarla él mismo.             Hilary colocó la bolsa al borde del escritorio y miró la cámara con una ceja levantada.             Pensó un momento después cuando oyó que él cajón de metal salió hacia fuera. No que va, que venga por la comida sí tiene hambre.             Desenchufó el cable de su teléfono, apagó el monitor y se quitó la rebeca negra.            Se dirigió hacia la cámara más cercana y tapó la lente con la rebeca. La otra cámara no apuntaba a su escritorio, así que sentó ante él y sacó el almuerzo de la bolsa.             Necesitaba el trabajo, pero él también la necesitaba a ella. Si quería su almuerzo, iba a tener que salir a recogerlo. Si quería que ella hiciera algo, tendría que pedírselo con amabilidad. Si no le gustaba podía despedirla, pero dudaba que lo hiciera.             No tenía a nadie que entrevistara a su sustituta. Pasaron cinco minutos. Oía mensajes y apago el computador. Había conseguido que la bestia saliera de su guarida.             Había conseguido su propósito, pero, de repente, se puso nerviosa. Repasó mentalmente lo que Daniela le había dicho: Desfigurado, no reacciones, oculta tu lástima ni compasión.             Se preparó para no reaccionar cuando apareciera.             La puerta se abrió y se le hizo un nudo en el estómago. Esperaba que le gritara, pero él fue hacia la cámara de vigilancia y quitó la chaqueta. Solo vio su perfil y supuso que el otro lado de la cara era el que tenía quemado, porque lo que podía ver era muy agradable. Era alto y fuerte, cuando paso por su lado le gusto la fragancia que él utilizaba.             Le encanto como se vestía lleva un traje color n***o se veía que era caro y se ajustaba de maravilla a sus anchos hombros. El cabello castaño oscuro, casi n***o, le llegaba al cuello de la camisa. La mandíbula fuerte, los pómulos altos y la nariz recta le daban un aire aristocrático.             Era un hombre muy atractivo. Casi parecía una estrella de cine. A Hilary le gustaban los hombres altos, morenos y guapos, y él lo era, cualquier mujer se podría enamorar de él.             Entonces se volvió hacia ella. Hilary intentó mantener una expresión neutra, pero era difícil. Todo el lado izquierdo de su cara estaba cubierto de cicatrices. La piel estaba bastante quemada desde la sien hasta el cuello. La lesión se extendía a la oreja. El ojo, la nariz y la boca estaban bien no había sufrido ningún daño.             Andrey le extendió la mano para ofrecerle la rebeca. Casi se veía la silueta en el rostro, que debía haberse tapado intentando protegerse de algo. De algo horrible, sin duda.             Hilary se quedó pensativa y le aceptó la rebeca, negándose a evitar el contacto ocular. Era difícil, porque tenía unos ojos bellos. Eran verde como la esmeralda y brillaban, así como también por espesas pestañas negras. Hilary podría perderse en esos ojos y no olvidaría jamás mientras, el ruido del teléfono al ser reconectado la hizo volver a la realidad.             Bajó la vista a tiempo para verlo recoger su almuerzo. Después, él la miró con una mezcla de irritación y confusión.             Sin saber qué hacer, Hilary sonrió. Sabía que se había metido en problemas, pero había utilizado su resplandeciente sonrisa más de una vez para suavizar sus errores.             Él no le devolvió la sonrisa. Giró en redondo, volvió a su despacho y cerró de un portazo.             Después, aquello se produjo un auténtico silencio, esperando ella que llegara un regaño por el intercomunicador o un correo electrónico dándole instrucciones para recoger sus cosas. O un mensaje instantáneo, pero solo hubo silencio.             Probablemente sí sabía cómo manejarlo. Daniela no era de las mujeres que permitían que les dieran órdenes. Tal vez necesitaba saber cuáles eran sus límites con ella. Él había impuesto los suyos y ella los respetaría. Por el momento.             Se relajó para almorzar. O al menos lo intentó. Tras dar unos cuantos mordiscos al sándwich, se libró del dolor de cabeza y las náuseas, pero otra cosa la reconcomía. No podía dejar de pensar en esos bellos ojos verdes.             Tras la advertencia de Daniela, había esperado que su rostro estuviera... destrozado.             Pero no era así. Las cicatrices eran terribles, cierto, pero eso solo era una parte de él. El otro lado de su rostro era muy atractivo y era alto y musculoso. Podía imaginarse deslizando las manos por los músculos de sus brazos y apretándose contra su pecho.             El cosquilleo que sintió cuando lo vio de antes se había convertido en otro tipo de cosquilleo. Hilary se removió en la silla e inspiró con fuerza para librarse del deseo.             Tiene que dejar de pensar en eso dijo en voz alta. No lo repetiré y le dio otro mordisco al sándwich e intentó concentrarse en comer en vez de pensar en su jefe.             Si el problema que tuvo en su empleo anterior le había enseñado algo, era que las relaciones en el trabajo eran mala idea. Y con el jefe eran desastrosas. Sobre todo, cuando el jefe estaba casado y nunca lo había mencionado, gracias a Dios no se había acostado con él y seguía siendo virgen a los veinticinco años.             Hilary había sido una ingenua cuando se enamoró de su jefe, Richard. Había bajado la guardia ante el guapo y seductor embustero. Había aprendido una dura lección. Dadas las circunstancias de su empleo actual, no había creído que fuera a tener problemas. Andrey era un gruñón y solitario. Muy lejos de poder convertirse en una fantasía s****l.             Pero lo había visto y todo había cambiado. Daniela le había dicho que Andrey no estaba casado, pero estaba tan lejos de su alcance como cualquier otro jefe.             Disgustada consigo misma, Hilary guardó el resto del sándwich. Si se centraba en el trabajo tal vez olvidaría el aroma de su colonia y la sensual curva de sus labios. O no.             Quizás no tendría que haberlo obligado a salir, pensó que quizá ella se había pasado.             Andrey no tenía que haber salido. Lo sabía, pero lo había hecho de todas formas. Y estaba ante su escritorio, meditabundo. Había pasado una hora y no había tocado el envase de espaguetis al horno. Era su plato preferido, pero había perdido el apetito al salir de su oficina, para ir a buscarlo.             El equipo de seguridad que tenía para mantener la vigilancia en la oficina no le habían hecho justicia. Hilary era devastadora en persona, que no se dejaba amedrantar ni le tenía miedo.             Poseía una confianza que las cámaras no le transmitían. Tampoco transmitía su aroma. Su rebeca le había dejado un perfume floral en las manos. Al acercarse a ella también había captado el leve olor de su lápiz de labios.             Andrey se sintió de repente acalorado, a pesar del aire acondicionado. Se inclinó hacia delante y se quitó la chaqueta, pero eso no lo ayudó mucho. Quería besar y saborear esos labios.             Su cuerpo había reaccionado rápidamente a la proximidad. Se le aceleraba el pulso. Esa reacción le había obligado a volver a su despacho para no hacer el ridículo al observarse como su parte intima se había abultado.             Andrey Hilary pensó que nunca la besaría y la tendría en su cama y menos con esas cicatrices, seguro que, al besarlo se iba a sentir repudio o compasión de él, la única ocasión en el pasado en la que una mujer había parecido interesada, lo había estado en su cuenta bancaria. Una vez conseguido lo que deseaba, se había ido.             Lo cierto era que Andrey tenía suficiente dinero para que las mujeres le quitaran importancia a sus cicatrices. Conocía a gente que aguantaba cosas peores por tener acceso a una tarjeta de crédito sin límite, no importaba si era viejos, feos o desagradables que fueran los hombres si eran ricos.             Pero eso no era lo que Andrey quería, quería más que una mujer lo quisiera por el mismo y no por sus millones con su esposa antes de morir él estaba a punto de divorciarse, por eso se sentía culpable.            Andrey nunca tendría amor y lo sabía, por encontrarse desfigurado, no había logrado conseguir a una mujer que lo quisiera tal como era ahora.             Hilary le había dado esperanzas. No había reaccionado como se temía. Había inspirado con más fuerza, pero después su reacción había cambiado. En vez de mirarle las cicatrices le había mirado a los ojos. Y había visto en sus ojos azules la suavidad y calidez. Y había sonreído.             Sin repudio, ni compasión, sin irritación. Casi había creído ver atracción. Había visto la misma mirada en los ojos de una chica que admiraba a uno de sus hermanos en el instituto.             Andrey dijo que iba a ser para lograr acercarse a Hilary, se sentía culpable de como la había tratado qué hacer a continuación para mejorar su trato con ella. Sentía la tentación de dejar de aparentar grosería e intentar hablarle. Tal vez después pudiera plantearse pedirle que saliera con él. Pero su instinto le advertía que se alejara, aunque su cuerpo le pedía cercanía.             Andrey, mirando el monitor, lamentó su inexperiencia con las mujeres. Los años que Daniela había trabajado para él no lo habían ayudado en ese sentido. Si se había equivocado respecto a la reacción de Hilary, se sentiría como un estúpido cuando ella lo rechazara. Y lo haría. Y eso dificultaría su relación de trabajo. Así que sería mejor callar.             Por lo menos, lo peor había pasado ya Hilary lo había visto. El momento incómodo ya estaba liberado.             El pitido del correo electrónico hizo que se concentrara en el ordenador. Tenía una video conferencia con el equipo ejecutivo en veinte minutos. Ni siquiera los empleados más antiguos y de más confianza veían el rostro de Andrey Vianna, sino una cortina roja de fondo; él se sentaba a un lado. Podría haber convocado una conferencia telefónica, pero le gustaba ver sus rostros en las reuniones; averiguaba más por sus expresiones que por sus voces.             Necesitaba la agenda y los reportes financieros que le había pedido a Hilary que preparara para la reunión. Andrey llevó la mano al botón intercomunicador y titubeó. No tenía ninguna razón para volver al escritorio de Hilary, aparte del deseo de verla de nuevo.             Casi hubiera preferido que lo hubiera mirado con horror para poder concentrarse en el trabajo en vez de ver en el bamboleo de sus caderas cuando se movía.             Quizás había malinterpretado su reacción. Si volvía a salir y evitaba mirarlo, si Evitaba mirarlo a la cara, entonces su mundo volvería a la normalidad. Sí, por eso mismo iba a salir.             Salió de detrás del escritorio y rodeó la máquina de café de camino a la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo, haciendo acopio de valor para salir. Deseaba no haberse equivocado al interpretar su reacción, pero no sabía qué haría si ella se sentía atraída por él.             Temeroso se maldijo, obligándose a salir a la zona de recepción. Hilary se enderezó en el escritorio y lo miró con sorpresa y cierta aprensión. Arrugó la frente. Andrey se preguntó si le daba miedo. No sería la primera vez.             ¿Ocurre algo, señor Vianna? se puso en pie de un salto y se arregló la blusa y la falda. Le pido disculpas por lo de antes, señor. Ha sido poco profesional. Usted puede salir del despacho cuando quiera, mirándolo directamente a los ojos sin señal de sentir ningún repudio a sus cicatrices.             Eso explicaba su expresión. Creía que estaba enfadado. Seguramente había estado preocupándose por si la despedía mientras él pensaba en besarla. Eso solo demostraba lo equivocado que estaba. No iba a despedirla ni, por desgracia, a besarla. Andrey negó con la cabeza.             No hace falta que se disculpe, señorita Rossy. Ella dejó escapar un suave suspiro de alivio y su cuerpo pareció relajarse. Él no pudo evitar fijarse en cada detalle de su cuerpo, desde el movimiento de sus senos al respirar, a la curva de su cuello.             Hilary, por favor dijo ella.             Hilary. Eso le gustó.             Tendría que haber salido antes. Estoy muy ocupado le dijo, aunque la disculpa le sonó pobre.             Tranquilo dijo Hilary mostrándose comprensiva. Llevó la mano a la carpeta y se la entregó, lo miro sonriente. Aquí tiene el informe de la reunión.             Andrey se quedó inmóvil, hipnotizado por la belleza de su sonrisa. Labios llenos y rosados, dientes blancos y brillantes. Parecía sincera, suplicándole que confiara en ella.             Se le iluminaba su rostro al verla, haciéndola sentir más aún más atractiva. Mariana siempre le había dicho que era muy guapo cuando sonreía. Pero nunca había creído ya, sabía que todas las madres les decían a sus hijos las mismas cosas.             Aceptó la carpeta y se la puso bajo el brazo. Sabía que tenía que volver al despacho, pero algo lo mantenía clavado en el sitio. Quería quedarse con ella y buscó alguna excusa.             Andrey se le daba fatal hablar de tonterías, así que ni siquiera lo intentó. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y encontró un dispositivo de memoria USB. Contenía todos los archivos más importantes y lo llevaba consigo dondequiera que iba. Pensó que era justo lo que necesitaba para saber si su nueva secretaria era sincera o solo una buena actriz.             Necesito que imprimas un archivo de aquí mientras estoy en la reunión –le entregó el dispositivo.  Miró a Hilary mientras le entregaba diminuto dispositivo en la palma de su mano.             Tras un leve titubeo, utilizó las largas uñas rosadas para agarrarlo sin rozarle la piel. Intentó contener la desilusión. No le importaba mirarlo, pero no quería tocarlo. Era educada y amistosa con él porque era su jefe. Nada más. No tendría que haber dejado que su mente divagara.             Es un documento que he escrito sobre las últimas innovaciones de nuestro control de bases de datos. Por favor, imprímelo para que pueda leerlo esta tarde.             Sí, señor.   
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