El Reencuentro

1811 Palabras
Ayer, la cena con Lía había sido maravillosa. Su amistad era un tesoro invaluable en la nueva vida de Astrid. El apoyo de Lía era la prueba de que podía construir relaciones sanas, lejos de la toxicidad de su manada. Esta mañana, se fue a trabajar. La jornada había sido larga, analizando contratos y estrategias legales, un mundo de lógica y estructura que servía como un calmante para su alma de loba. Su hijo, Kai, crecía cada día más hermoso, pero también cada día más parecido a su padre, Elijah: la misma simetría en su rostro, los mechones de cabello oscuro y esos imponentes ojos grises. Era una copia perfecta de Elijah en miniatura. Ver a Kai era el recuerdo vivo de esa noche, pero también de la fuerza que la había obligado a cambiar su vida. Al salir del trabajo, Astrid se sentía exhausta. La fatiga le pesaba. Condujo el camino a casa, prometiéndose una noche tranquila. Sin embargo, al acercarse a su edificio, un coche n***o, grande y ostentoso, mal aparcado en la entrada, la hizo detenerse. Era un vehículo oscuro muy lujoso y le generó desconfianza. Le recordó inmediatamente al Mercedes de aquella noche, pero su lógica de abogada le advirtió que era una coincidencia, que nadie la encontraría. De pronto, un hombre esperaba en la entrada de su apartamento. Alto y con una postura militar, la asustó. Su mente, aletargada, se activó de golpe. Su instinto de loba se despertó al instante, lista para proteger a su hijo. Su cuerpo se puso en modo de ataque, lista para enfrentarse a cualquier amenaza de su antiguo mundo. —Cielo, Astrid, ¿eres tú? —preguntó el hombre. Su voz... era profunda, pero familiar. Astrid se acercó cautelosamente. El hombre se giró. Era Silas, uno de los guardias de confianza de su padre. Sintió alivio y nerviosismo. ¡Pensó que era un maleante o un guerrero de River, y era Silas! Silas siempre fue cariñoso con ella, uno de los pocos de su manada natal que nunca la trató como un estorbo. Siempre la trató con cariño, reforzando su autoestima. —Sí, Silas, soy yo... la misma que viste y calza —dijo Astrid, forzando una sonrisa. Silas la escudriñó de pies a cabeza. El asombro era evidente en su rostro. Sus ojos se abrieron ligeramente, notando la ropa de diseñador y la confianza que emanaba de cada uno de sus gestos. —Estás muy cambiada, Astrid. Ya no eres... —¿La gorda fea de la manada? —terminó Astrid, sin rodeos. El reconocimiento y una profunda tristeza brillaron en los ojos de Silas. Su mandíbula cayó con asombro. Astrid frunció el ceño. —No digas eso. Siempre fuiste una chica muy inteligente y hermosa, Astrid. Nunca dejes que los viejos recuerdos te encadenen. La afirmación de Silas fue confortante para el alma de Astrid, algo que nunca recibió de su padre. —¿A qué has venido, Silas? —preguntó Astrid. —Vine para llevarte donde tu padre. Me costó mucho trabajo hallarte. Eres muy buena escondiéndote. Astrid rodó los ojos. El solo pensamiento de ver a esa gente de nuevo le revolvía el estómago. Su padre, aunque no tan malo como Cyra, nunca le dio su lugar. Siempre cumplía los caprichos de su esposa, y eso la llenaba de rabia. No quería regresar después de haber construido una vida feliz y una carrera en Phoenix. Pero una parte racional sabía que debía cerrar ese capítulo para ser libre. La herida del repudio no sanaría del todo hasta que el lazo espiritual se rompiera de forma oficial. —Está bien, ven, entra —dijo, abriendo la puerta. —No, mejor te espero en el auto. Date prisa, Astrid. Ya sabes cómo es tu padre. Y no solo por él... River también está esperando. El nombre la golpeó como un puñetazo. River. El origen de toda su miseria, el catalizador de su éxito. La idea de enfrentarlo le erizo la piel, pero a la vez, encendió el fuego de su venganza. Se dirigió a su habitación para cambiarse, eligiendo un conjunto que proyectara poder: pantalones ajustados, blusa de seda y maquillaje sutil. No era necesario disfrazarse; solo acentuar la guerrera que se había convertido. Había dejado a su hijo con la niñera y Lía. No quería exponer a Kai a la casa de su padre, y mucho menos que River lo viera. Temía el desprecio por no haber nacido en un matrimonio estable, por ser ella una madre soltera y rechazada. *** Mientras iba con Silas, quien conducía rápido, la mente de Astrid repasaba el protocolo. La razón del encuentro era la separación legal y espiritual de su vínculo con River. En su mundo, la unión de dos lobos no es solo de palabra, sino de espíritu, simbolizada por una cinta atada y guardada en un templo. Para separarse, debían renunciar a ser compañeros y cortar la cinta. River la había rechazado públicamente hacía cinco años, pero nunca formalizaron la ruptura. En su dolor, Astrid se fue sin importarle. River, con una nueva compañera, no podía aceptarla formalmente como Luna mientras estuviera ligado a Astrid. Él necesitaba una separación oficial. El auto se detuvo frente a la majestuosa y odiosa mansión de su padre. Silas le dijo antes de que se bajara: —Buena suerte, Astrid. —Gracias, Silas. Ya espero terminar con esto y seguir con mi vida. Sin más ataduras. —Tranquila. Todo esto toma tiempo. River es un hombre muy especial —Silas bajó la voz—. Y le pareció más conveniente estar ligado a ti todo este tiempo, así estuvieran separados. Silas dudó un momento, y luego le dio la explicación completa. River había usado el vínculo no roto como una herramienta: mientras estuviera casado formalmente con la hija de un Alfa, aseguraba su posición sin tener que casarse con una compañera de menor linaje. La cinta sin cortar era un seguro. —Muy conveniente para él y su manada, diría yo… —espetó Astrid. Él había usado su vínculo como un seguro —. Hasta pronto, Silas. Astrid salió del auto, sintiendo el suelo de su manada natal bajo sus tacones. Cada paso era una manifestación. Al entrar a la casa, la atmósfera estaba cargada. Su padre la esperaba en el gran salón junto a River, quien conversaba con su guardia personal. River levantó la mirada. El sonido de los tacones de Astrid en el mármol fue la única advertencia que tuvo. Se maravilló al verla; el impacto de su transformación fue tan evidente que el aire se hizo más denso. Astrid estaba muy cambiada. Los ojos de River se abrieron con una sorpresa que se convirtió rápidamente en un deseo mal disimulado. No era la misma mujer que había humillado. Su cuerpo, la misma silueta que despreciaba, ahora se movía con gracia y seguridad. Se paró frente a todos con orgullo, con la frente en alto y su mejor sonrisa. —Aquí estoy. Buenas noches a todos —dijo Astrid. Todos se quedaron sorprendidos. Cyra saltó de su asiento. A River se le veía la cara de asombro; sus ojos verdes, que antes la ignoraban, ahora la analizaban con intensidad. Cyra apretó la mandíbula, su asombro estaba mezclado con una envidia tóxica y evidente. La belleza de Astrid era ahora una afrenta personal. River se levantó y se le acercó con un paso lento y deliberado: —Estás tan cambiada, Astrid. No eres ni la sombra que eras cinco años atrás. —La gente cambia, River —replicó Astrid. —Mejor dejémoslos solos, Cyra —dijo su padre, forzando a su esposa a salir. Cyra seguía mirando a Astrid con asombro y envidia. El padre de Astrid no podía mantener la mirada de su hija, avergonzado por su propia pasividad pasada. Una vez solos con el guardia, la tensión era máxima. —¿Qué querías hablar conmigo? Dime rápido, que tengo prisa —espetó Astrid, cruzándose de brazos, estableciendo el límite. Él ignoró su pregunta y dio un paso más cerca. —Estás muy hermosa... Tu cabello, tu figura... —Creo que vine aquí por nuestra separación definitiva, River. No perdamos el tiempo en cumplidos. Vamos al templo para desatar la cinta y terminar con este nefasto encuentro de una vez por todas. El guardia se tensó. River era un Alfa poderoso. Pero el desafío de Astrid lo descolocó. Su mirada engreída no la afectaba; para ella, él era solo un hombre más. Su armadura emocional era impenetrable. —¿Prisa? No sabía que tenías compromisos más importantes que el Alfa de tu manada, Astrid —dijo, intentando ejercer su poder y forzar su sumisión. Pero no funcionó. —No soy de tu manada, River. Y mi único compromiso es con mi vida en Phoenix. Y el reloj corre. —Astrid se acercó un poco más—. ¿O es que te arrepentiste? ¿Ahora que mi aspecto te resulta más... aceptable? El golpe fue directo. La mandíbula de River se contrajo, la herida en su ego era evidente. —Siempre has sido mi compañera, Astrid. Lo que tenías lo tenía cualquiera, pero tu esencia... —No te atrevas a hablar de mi esencia. La rechazaste, River. Lo hiciste delante de todos y lo anunciaste. No vuelvas a confundir la lealtad con el vínculo forzado. Yo soy libre, y tú lo sabes. El ambiente se cargó de electricidad. La confrontación era abierta. La expresión de River era una mezcla de deseo frustrado y rabia herida. Él había perdido el control sobre ella por completo. —Necesitamos ir al templo —dijo Astrid, volviendo al punto—. Y solo cuando esa cinta se corte, seré completamente libre. Así que, vamos. No tengo más que un par de horas antes de que mi niñera tenga que irse. La mención casual de que tenía una vida organizada y que requería una niñera, golpeó a River más que cualquier insulto. Su mente luchaba por procesar la idea de que la "gorda fea" tenía una vida fuera de él y que esa vida incluía un hijo. —¿Niñera? —preguntó, con confusión en su rostro—. ¿Tienes una vida en Phoenix? ¿Un... un compañero? —Una vida. Una muy buena. Ahora, ¿me acompañas a cortar esa estúpida cinta, o prefieres seguir perdiendo el tiempo? River se quedó quieto, estudiándola, intentando encontrar a la vieja Astrid bajo la armadura de la nueva. —Vamos. Pero después, quiero hablar contigo. Sobre esta nueva vida tuya. —Habla con mi padre, River. Yo no tengo nada que decirte —dijo Astrid, y le dio la espalda. La Luna Curvys no caminaba hacia el templo para rogar, sino para reclamar su libertad. Dejó a River en el salón, sintiendo que por fin, después de cinco largos años, ella había ganado la primera batalla.
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